Don Suncho y su Mula Patricia desde Morovis

Por Héctor M. Vallines Cabrera
Dedicatoria:
A don Francisco Rivera Otero,
El Sinsonte Moroveño
Un joven artesano de profundas inquietudes sobre el rescate de tradiciones autóctonas de su pequeño terruño atrapa en su cabalgante imaginación la burra del año viejo que rondaba por el sector Pimiento del barrio Cuchillas colgada de los hombros del jíbaro de turno que se cubría con careta, sombrero de paja y un gabán viejo. Fue en el rancho de tabaco del tío Pepe Colón, al borde del Risco de las Animas, donde la vió por primera vez cuando era niño y corrió «ehpavorío» a esconderse. Luego le llegó el alma al cuerpo al ver el desfile de alegría que discurría tras la burra. Iban los músicos, Germán, Yin Rivera y Junior Rivera entre otros. Sico Rivera, el Sinsonte Moroveño, era el trovero. La potente voz de Angel Rivera remontaba cerros y cañadas con sus cantares navideños. Otilio se ponía nalgas de guano comprimido, pechos de higüera y maquillaje de Floripondia para hacerse un tembleque bailando «la guaca china» por las pesetas que le echaran en la bolsa. Año tras año, el 31 de diciembre este legado de don Sico Rivera al acervo cultural moroveño se fue arraigando a la tradición navideña del barrio Cuchillas.
El tío Pepe Colón fue el pionero de la mula y Año Viejo a quien siempre acompañaba Otilio. En la cadena de suseción le siguió don Luis Rivera (Cholito) y Luego Francisco Rivera (Paquito). De ahí en adelante don Sico Rivera, el Sinsonte de Tribuna del Arte, continuó avivando la llama de la tradición.
Israel Rivera Marrero, hijo de don Sico y doña Rosa, es el artesano a quien nos referimos. Siendo el número doce de una familia de dieciseis, le llegó de la mano de los mayores toda la fuerza de la tradición típica y la atesoró celosamente para ahora devolverla en devoción filial a sus padres y en arte creativo a los que le preceden en la senda criolla de su barrio, su pueblo y su nación. Israel ha trabajado la fotografía, la pintura con acuarela, óleo y acrílico, la caligrafía, y la serigrafía demás de ser considerado uno de los mejores talladores de aves en madera del país. Ha participado exitosamente en exhibiciones fotográficas, exposiciones de pinturas y ferias de artesanía de gran envergadura. Actualmente se desempeña como técnico de fotolitografía en la Universidad de Pueto Rico en Bayamón
En la creación artística de Israel surge el personaje de don Suncho para bajar al Año Viejo de la burra. A su vez la orejuda pollina pasa a ser la mula Patricia. Con don Suncho sobre su lomo Patricia puede cabalgar todo el año sin que se vea fuera de época. Además, don Suncho no pasa el sombrero como Año Viejo, sino que denota, que la mula es artesanía y el personaje es un alma. Ambos se funden en un ser para entretener, educar y llevar mensajes sobre nuestros valores familiares y sobre la sabiduría que radica en la expresión y la picardía jíbara. Como la tradición de la burra se enmarcaba en el ambiente navideño, Patricia se desplaza en esa época del año figureando tras su abultada crin a don Suncho. Ambos gozan de gran popularidad en los últimos días del año. La gran diferencia es que Patricia y don Suncho sobreviven al año nuevo con sus presentaciones.
La híbrida acémila, machorra por decreto divino, dió a luz al parsonaje de don Suncho. ¡Parió la mula! Así dice el jíbaro frente a las cosas que le parecen imposible. El dilema de Israel, el artista, es que era la mula quien le daba la identidad. Le preguntaban: —¿Tú eres el de la mula? «Hay que romper la simbiosis entre la mula y el personaje para que éste cobre vida propia», nos dice Israel. «Don Suncho, agrega el artista, arrastra consigo una tradición. Es el jíbaro con su lenguaje de apócopes, seseos y jotas aspiradas, el que da consejos sabios y paternales tornándose de la rudeza del machete en la mano a la emoción de una lágrima en la mejilla». La mula de por sí no puede subsistir sin el personaje de don Suncho. Este, sin embargo, puede subsisitir sin la mula. Pero,¿cómo romper la simbiosis? He ahí el dilema del artista.
En mi última visita al barrio saltó, machete en mano, al medio del soberao. Joe Torres tocaba el cuatro, Wimbo la guitarra, el Sinsonte tocaba el güiro y Angel cantaba el repertorio de don Felo. Sentí el chicharreo de unas pesadas botas de goma chocando una contra la otra y el planazo que descargó en el brazo del cumpleañero. «Me buah caballo y vengo en la mula», gritó mientras se desplazaba encorbado dando pasos atolondrados. Todas las miradas, y las sonrisas, se concentraron en él. Una vez cautiva la audiencia mandó a tocar a los músicos y cantó en tiempo de Seis Chorreao la primera décima que se aprendió, toda en un solo verso, «Yo me subí a una montaña». Acto seguido concentró su atención en los niños. Los hizo saltar y reir con sus gritos. Luego les echó la bendición dándoles una tierna palmada y pasándoles la mano por la cabeza.
Después de haber entregado este personaje a su progenitor en vida, don Suncho sigue compartiendo experiencias con distintas audiencias por toda la isla. No descarta coger el avión para llegar acá y hacer de las suyas junto a Patricia. Cualquier organización, escuela o iglesia que lo quiera traer puede comunicarse con él a la siguiente dirección de internet: sivorom@hotmail.com. O al teléfono (787) 438-5993.
Allá van don Suncho y Patricia con su coro de le-lo-lai. Abran paso a la tradición encarnada en un jíbaro y su mula que galopan por un ayer cuajado de recuerdos hasta llegar al barrio de hoy. El séquito bulle en aguinaldos de pasión al compás de los músicos y los troveros. La expresión de las ¡Felicidades! trasciende de monte a monte. La trulla termina en la capilla con un abrazo colectivo y con la ceremonia de la presentación de los dones que Pepe Colón y Otilio, ya vestido con la múa grande, sacan de la bolsa para donarlos a una causa benéfica. Después la parranda le cae al primero que se acueste y… ¡que siga la fiesta!
Gracias, don Sico, por este legado que no vamos a dejar extinguir. Dígaselo cantando, Sinsonte Moroveño.
Gracias, don Suncho, por permitir que esta hermosa tradición continúe merodeando en los recuerdos de los que en un tiempo lo fueron, de los que lo son hoy día y de los que, cabalgando en el recuerdo de la mula, siguen siendo niños. ¡Felicidades!
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