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EL PERIÓDICO SEMANAL DIGITAL DE LA VOZ HISPANA DE CONNECTICUT

 
 

OPINION

Palitroque

Por Héctor M. Vallines

El sonido metálico del portón de hierro contra la reja se le quedó grabado en el oído y cada repique en su tímpano le hacía revivir aquel día en que perdió la libertad y lo arrancaron de su familia, de sus amigos y del vecindario. El renovado arrepentimiento que lo invadía a diario le dobló las rodillas ante el Todopoderoso y de ahí le llegó la paz, la calma, la tolerancia, el sosiego y el perdón que lo hicieron dócil. El resto de sus 20 años en prisión los pasó leyendo, anotando y escribiendo sobre la historia de su islita, su pueblo y su barrio. Por fin, después de dos décadas de buen comportamiento lo dejaron libre.
Aquella voz que lo llamó por su apodo le sonaba familiar. Al voltearse y verle la cara pudo darse cuenta de que aquel parapléjico en el sillón de ruedas había sido uno de sus compañeros de ganga en la adolescencia pero no podía precisar su nombre. Trató de ignorarlo pero el sujeto a voz en cuello le volvió a gritar. – “Palitroque e … e”
— ¿ Tú no eres Killer Joe?
— Seguro, mano, ¿cómo puede ser que no te acuerdes?
— Después de 20 años no es fácil. Es más, si no vuelvo a mirar el nombre de la calle hubiera jurado que no estaba en la Park.
— El cambio es grande, panita. Antes con los guardias de plantón que caminaban desde la Main hasta la Zion nos cogían fácil. Ahora el traqueteo es al por mayor. El otro día dos chamacos encapuchados tumbaron a uno allá arriba y nadie vio. ¡Chachooo!, ¿y qué tú me dices de esa Hungerford? ¡Mirahh! ¿Y la Washington? No, noo, esto está cañón. Aquí quitaíto, en baja, me busco yo pa’ la renta, pal carro y pa’ pagar la casa que mandé a hacer allá en mi tierra.
— ¿ Y cómo así?
—Pues, yo cargo el carrito por la mañana y me muevo de una esquina a otra tirando el material. Además tengo seis que venden pa’ mí, tú sabes, chamaquitos que suben y bajan en bicicleta y pregonando: ¡GANCHO, GANCHO! Pero eso sí, cuando traen artistas a los sitios nocturnos de diversión nos vamos en blanco porque el bichote no nos suelta nada a los “pushers” . Ese día el guiso es con otros más grandes.
— Pero, ¿qué diablos es eso de gancho?
— La tecata, chico, la manteca.
Tuvo que retirársele de el lado a Killer Joe. Con todas las fuerzas de su ser tuvo que imponerse a la tentación de aceptar aquel pase que éste le ofrecía con1a mano extendida. Uno de esos calambres que le daban cuando rompió vicio en la cárcel le empezó a correr por el cuerpo como si todavía fuera preso de esa esclavitud.
Caminando la calle en todas las direcciones el único restaurante boricua que encontró fue El Comerío. La joyerías de don Florentino y de Mariano Cortez ya no estaban. Los dueños de negocios eran gente desconocida con otros acentos, otros tratos. El “Así canta Puerto Rico” de las seis de la mañana ya no estaba en la radio. Sólo podía escuchar música payolera con otro tumbao’ y otros ritmos. ¿Qué pasó con los míos? — se preguntaba.
Nadie le quiso dar trabajo aunque él hubiera querido dar lo mejor de sí para demostrar la dedicación y la honestidad que había adquirido a lo largo de su doloroso proceso de rehabilitación. Se encontraba extraño, incómodo como si ya no perteneciera al vecindario de La Sapera que lo vio crecer.
Cuando se encontró a Frankie en el Aquí me Quedo se dio cuenta de que ese era el Restaurant de William Mercado. Primero no lo reconoció porque notó que la mesera no era boricua. Frente a otro que compartía con él la mesa se le ocurrió exclamar:
— ¡Qué mucho ha cambiado todo esto de doña María Sánchez hacia acá!
—¿Quién es esa? le preguntó el individuo para añadir enseguida: — Ahora es que esto va a estar bueno que todos los edificios van a parecerse a los del Viejo San Juan.
Pensó para dentro de sí que la única vez que él fue a San Juan fue cuando lo llevaron al aeropuerto y ni siquiera lo pasaron por la antigua ciudad con calles de adoquines azules y murallas antiguas según la foto que había visto en el libro de Geografía de Puerto Rico. Se me hace, dijo, que a los boricuas como son los más que gastan los quieren tener de laundry y le están poniendo la cascarita para que resbalen. ¿Se darán cuenta?
Se sentía desplazado, como si no perteneciera al nuevo orden demográfico sugestivo de un “collage” del cual no podia ser parte. Nunca encontró su sitio.
A menudo tarareaba la letra de aquella canción que una vez le escuchó al Chamaco Rivera … “Un jibarito cumplía veinte años de prisión / salió en libertad un día a la civilización. / tan diferente encontraba la tierra que él tanto amó / que dijo con alegría vuelvan llévenme a prisión”.
No tardó en volver a escuchar el sonido metálico del portón contra la reja y del candado que lo cerraba.


 

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