Don Práxedes
-Don Pra, ¿Cómo le cae que sin la música puertorriqueña aquí no hubiera tradición? Todo lo que se escucha en la radio es al Gran Combo, a Víctor Manuel, Gilber-to Santa Rosa, Cheo Feliciano, Héctor Lavoe, Andrés Jiménez, el Trío Vega-bajeño, Felipe Rodrí-guez y sobre todo a los jíbaros cantando el aguinaldo y el seis de nuestra música típica.
Aunque el Viejo, obrero agrícola de oficio, lleva aquí desde que en Puerto Rico vaciaron los campos en la década del 50, nunca se produjo en él la separación espiritual de su tierra isleña. Todos los días se levanta en Puerto Rico y se viene a dar cuenta de que está aquí cuando se asoma por la ventana.
Con dolor en el alma deja escapar su ya cotidiano lamento, — ¡Ay, coño, las ganas..! Con la mano en el cuadril rodándola hacia “donde los hombres iban a echar el rabo”, según él lo describe, trata de enderezar su encorvada figura. – Se entume uno, caray, pero esta frialdad yo me la quito bailando aunque sea con la escoba—. Y allá va a desempolvar los discos de Baltasar Carrero, Chuíto el de Cayey, Chuíto el de Bayamón, Germán Rosario, Ramito, La Calandria, Miguel Santiago, Mariano Coto, Priscila Flores, Cholo Rosario, don Luis Miranda, y el Indio de Bayamón, entre otros.
No sabe leer, pero por las carátulas de los LP’s sabe quien los canta. Levantó el brazo del tocadiscos, “ensaltó ” tres discos en el “pavilo”. Le dió al botón que dice ‘play’, empezaron a caer y tras los primeros “chirreos” de la aguja sobre el celuloide empezaban a sonar uno tras otro.
El primero era de Germán Rosario… “Adi-ós Nueva York querido, adiós subways y elevados, aquí te dejo mi abrigo, que yo me voy pal’ …trabajo”. – Me voy mañana mismo, — decía, pero el estirón de brazos y piernas seguidos del hondo bostezo le estrilló la “rabailla” y lo dejó pegado a la silla plegadiza de madera que lo sostenía frente a la ventana, cárcel sin rejas que por los últimos 50 años lo ha atrapado desde octubre hasta mayo sin poder ponerse una cota para tirarse abajo. Siguió el de Ramito, “yo no cambio a Puerto Rico por 40 nueva yores (sic)”… Luego el de La Pulguita, Manuel Jiménez, con la glosa de Virgilio Dávila … “ Mamá Borinquén me llama, este país no es el mío, Borinquén es pura flama y aquí me muero del frío”. Este era el dilema de todos los sábados cuando la radio que después de 37 años sacó del aire la música típica de Puerto Rico con la que despertaba todos los días a las seis de la mañana. –Ay quién pudiera algún día volver en la jaca baya— repetía balbuceando la única línea que se aprendió de El Valle de Colores.
Su angustiado rostro enmarcado por la ventana parecía desde afuera un cuadro estático ya desteñido que colgaba de la pared del edificio por muchos años. Su interior era un espíritu joven que reverdecía con la música de su tierra y que día tras día se montaba en el rayo de la imaginación para andar por las aldeas de bohíos, lomas y rejoyas al son del lelolai que escuchaba en el Así Canta Puerto Rico que venía oyendo desde los tiempos de Carmelo Varela y Pedro García en la emisora de Windsor. – Me lo quitaron, coño, esos condenaos argentinos – se decía a sí mismo mientras esperaba la caída del próximo disco.
Mientras empezaba a sonar el Trío Vegabajeño… “ya se oye el murmullo de una brisa suave, son los aires frescos de las navidades”, se oyó el timbre de la puerta. Alargando el bastón oprimió el botón del vibrador electrónico que abre la entrada al edificio. Tras el saludo de rigor el profesor volvió a repetirle la pregunta que le hiciera cuando lo llamó para anunciarle su visita. – Don Pra, ¿cómo le cae que sin la música puertorriqueña aquí no hubiera tradición de navidad?
El profe, folklorista estudioso de la música típica de Puerto Rico, coincidió plenamente con don Práxades sobre la osadía del 840 al quitar la música típica de Puerto Rico de su horario habitual de las seis de la mañana después de más de treinta años.
— Pero don Pra, ¿cómo es que se atreven venir ahora con las parrandas navideñas esas que están transmitiendo por radio? ¿Cómo es que no tienen un locutor puertorriqueño que sea el presentador que eduque sobre nuestro acervo típico navideño que dio margen al surgimiento de nuestra música folclórica?
— Porque los que pagan esos anuncios no se dan cuenta de la ofensa que nos hacen mientras le dan espacio a la música de muchos otros países y esconden la nuestra todo el año. Ese es respeto que nos tienen. Porque para lo único que quieren nuestra música es pa’ buscárselas.
—Don Pra, pero tantos puertorriqueños a ultranza que hay por ahí que dicen ser más boricuas que el coquí. ¿Tendrán conciencia de ese insulto?
— Cristiano, esa puertorriqueñidad yo no la entiendo. El único que pudiera formar la protesta más grande que aquí se haya visto es Pedro García pero no se atreve, tiene miedo.
— Bueno, don Pra, ¿sabe qué? La razón por la que estoy aquí es porque quiero alegrarle el alma con esta noticia. Acaban de abrir una emisora nueva, La Mega, que lo primero que hizo fue poner la música típica otra vez desde las cinco hasta las siete de la mañana. Ahí le dejo ese aguinaldito don Pra. Mañana lo vuelvo a llamar.
Eran las seis de la madrugada y ya don Práxedes había puesto a hervir las borras. El aroma de aquel ripio de color tostado y molido allá en Ciales lo sumió a pique en el neblinal que se levantaba sobre el monte. Desde la ventana, en una maravillosa alucinación, veía los carreteros, la bueyada, el trajín de la zafra, la gruta del pozo dulce y los bohíos guiñando con los rayitos de luz que dejaban escapar los quinqués por las rendijas.
Al sonido del teléfono no esperó la pregunta del profe. –Me han revivido el alma, le dijo. Y con la cacharra del puya en las manos se volvió a la ventana para continuar su viaje imaginario. Saludo, saludo… cantaba la parranda y el resto fue la trabazón de jíbaras y jíbaros bailando emburuqueñaos, la algarabía alegre de las voces que cantaban al ritmo de las notas que bullían del cuatro y la guitarra y el saborear del asopao, la carne guindá, el arroz con gandules, los pasteles y el lechón.
Ese día lo pasó sin dolamas. – Alma sana, cuerpo sano – se la pasó repitiendo todo el día.
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Nota de la redacción: Si usted ha sido víctima de una situación similar a la que aquí se plantea comuníquese con el señor Juan Brito, editor de La Voz Hispana al (216) 216-6891 o con nuestro columnista Héctor M. Vallines Cabrera al (860) 728-0293. |