OPINION
Los tres decanos del Cuatro Puertorriqueño


DON NICANOR ZAYAS, 98 AÑOS, DEL BARRRIO PESAS DE CIALES. |
Don Nicanor Zayas
En mis menesteres de folklorista fue el día que más quisiera repetir alguna otra vez en mi vida. Un plátano verde todavía rezumando la mancha fue transformado en un blando mofongo que acompañado por un combo de longaniza y carne frito deglutí de forma voraz al compás de una Medalla. Sentado en la Terraza de Arturito Santiago, insigne improvisador de nuestra décima, discurría la vista por el valle que sirve de alfombra al conjuro de aguas cristalinas que los ríos afluyentes, quebradas y rejoyas derraman por la sinuosa y plateada manga rastrera del Río Grande de Manatí. Aunque el óleo de aquel paisaje hacía merodear por mi mente todas las acuarelas que resaltan en nuestra cordillera, pude finalmente concentrarme en mi entorno.
Me detuve allí a buscar información sobre don Nicanor Zayas para escribir este reportaje cuando de pronto me fui en viaje imaginario. Orlando, mozo y cantinero, me devolvió a la realidad al avisarme que Oti Zayas, hijo del ilustre cuatrista, no tardaría en llegar. Así fue, llegó Oti y empezamos a rebuscar en la prolífica historia musical de don Nicanor Zayas y su familia. En la Terraza de Arturito abundan las fotos históricas entre viejas carátulas de los discos de larga duración que precedieron a los actuales discos compactos. Allí en una esquina prominente encontramos la foto de don Nicanor acompañado nada menos que del otrora mejor celista del mundo, don Pablo Casals. La historia la fuimos a completar a la misma casa del casi centenario músico que de no ser por el cuatro, como él mismo aseveraba en repetidos giros de una memoria que no se quiere ir, no hubiera alcanzado a vivir tanto para contarlo.
El cuadro que la propia naturaleza colgó justo frente al balcón de la humilde casa de dos aguas abarca lo más encumbrado de la Cordillera Central. De frente resalta el Taita. pollo patilargo y pezcuezudo que intenta romper con el pico el cascarón de la bóveda celeste. A la derecha Los Tres Picachos se espantan las nubes de la cara para asomarse cautelosamente a las planicies. El asiento de primera fila en este oronímico teatro lo es la hamaca que cuelga del balcón de don Nicanor Zayas. Allí lo encontramos.
—Yo le debo la vida al cuatro — nos dijo tras el saludo de rigor. De inmediato nos agrega: «Allá en Corea murieron muchos compañeros soldados que mandaban en misiones peligrosas. A mí el cuatro me salvó, nos repite, porque mis manos eran para la música». Misión musical de paz en medio de la guerra, así lo entendimos. Reunida la familia alrededor del Cuatrista Mayor; doña Angélica (esposa), Haydee (hija), Oti (hijo) y el ex Capitán de la Policía Antonio Rivera (yerno), comenzamos a hilvanar la historia de don Nicanor. Confirmé en los discos que escuchamos así como en los videos que vimos de don «Nica» acompañado por Pepe Rodríguez en el segundo cuatro y de su hijo, también Nicanor y virtuoso músico de guitarra, lo que me dijo Oti sobre la habilidad de don Nicanor para golpear las cuerdas de arriba hacia abajo o viceversa con una rapidez inigualable. Esta, según los críticos y conocedores de la música, era la particularidad que lo distinguía como cuatrista.
Don Nicanor nació en el barrio Pozas de Ciales el 3 de julio de 1909. De pequeño se acercó instintivamente el cuatro y, además de su salvavidas, lo hizo el confidente de sus penas y alegrías. Arrancó de sus cuerdas un caudal de composiciones tan bien inspiradas que hoy día el maestro Neftalí Hernández las está llevando al pentagrama para que nunca desaparezcan del parnaso boricua y pasarlas a las nuevas generaciones de cuatristas. Entre estas se destacan Victoria I y Victoria II que compusiera a raíz de la victoria de las tropas americanas en la Guerra de Corea. Pero en su repertorio hay danzas, danzones, fox trotts, mazurkas, pasillos y pasodobles entre tantas otras piezas.
Militar retirado del ejército americano, Don Nicanor se llena de orgullo al decir que perteneció al famoso Regimiento 65 de Infantería. En ocasión de estar destacado en Marsella, Francia, le ocurrió una memorable anécdota que añadió quilates a su historial de cuatrista. Junto a su compañero que le acompañaba en la guitarra fueron a un café teatro donde le habían dicho que tocaban. Al escuchar aquellos guitarristas clásicos de alta escuela musical escondieron los instrumentos. Luego de entablar amistad con los presentes los invitaron a tocar. Todos
quedaron maravillados por la forma y el encordaje del cuatro, pues nunca lo habían visto. La sorpresa fue aún mayor cuando lo escucharon interpretar magistralmente los pasodobles españoles y otras de sus composiciones.
Los músicos clásicos eran los hermanos Carbonell que además eran finos artesanos de instrumentos. Don Nicanor les pidió que le hicieran un cuatro pero estos no tenían la fórmula ni el molde para hacer un instrumento enterizo en una sola pieza. Es así como ellos sugieren la idea de hacer un laúd con la escala y afinación del cuatro. El experimento resultó en una pieza cultural, histórica y musicalmente valiosísima. Don Nicanor todavía conserva este cuatro/laúd tal como el primer día que se lo entregaron en el 1944. Este es el mismo que él muestra en la foto.
De niño don Nicanor le ponía música de fondo a las películas del cine mudo, amenizaba fiestas en la escuela, participaba en veladas. paradas y parrandas. Su música sonó por las ondas radiales mientras tocaba en el conjunto con Francisco Curet (Farina) desde 1962 a 1970. La luna de miel con el cuatro siguió a lo largo de su juventud y todavía perdura. Su arte de bien combinar los sonidos y el tiempo en el cuatro lo llevó a minar el criollo pentagrama con cientos de composiciones y millones de notas que de poder atribuírsele a cada una de ellas el valor tangible de una moneda de diez centavos llenarían el recodo del río hasta casi emparejarlo con el Puente Mata de Plátano. Sin embargo, este virtuoso músico cialeño proyectó una imagen de envergadura internacional al entablar amistad con don Pablo Casals, mejor cellista del mundo y fundador en Puerto Rico del bien cotizado Festival Casals. Con una hamaca al respaldo y un cigarro entre los dedos el insigne músico catalán se sentaba a escuchar a don Nicanor tocarle el cuatro.
A sus 98 años Don Nicanor continúa siendo un excelente anfitrión y mejor artífice del jocoso golpe jíbaro. Refiriéndose eufemísticamente al panapén, nos dice al despedirnos: «Como en Morovis no hay sopas, la próxima vez que vuelvas vamos a comer «chuletas de gancho». – Yo pongo el bacalao,— le dije, y en eso quedamos a mano dá.

DON ILUMINADO DAVILA, 89 AÑOS, DEL BARRIO MONTELLANO DE MOROVIS. |
Don Iluminado Dávila
El maestro Ladislao Martínez, Ladí, fue el modelo de una escuela clásica de cuatristas que además de cultivar los géneros de nuestra música típica, hicieron lucir el cuatro como instrumento cantante y versátil para arrancar de su diapasón melodías instrumentales como la danza, el bolero, el danzón, la mazurka, la polka, el pasillo, y hasta ritmos de la música norteamericana como el «fox trott» y el «bossa nova». Dicho sea de paso que don Nicanor Zayas también fue un precursor de esa escuela en la que se han destacado cuatristas y compositores como Jaime Peña, Juan Peña Pepe y Balta Rodríguez, Wimbo Rivera, Pascual Meléndez, Serrail Archilla y Nieves Quintero entre otros. A los 89 años don Iluminado Dávila es hoy por hoy el decano de esa escuela. A su edad todavía ejecuta el cuatro en forma melodiosa y sonora sin escapar una nota, sin omitir un acorde. En su memoria musical bullen por saltar al cuatro todos los boleros de don Felipe R. Goyco (don Felo), las danzas de don Angel Mislán y de Morell Campos, los danzones, las mazurkas y todas las composiciones de esa escuela que endulzaron el pentagrama con la miel de sus inspiraciones.
Desde la paradójica altura del Montellano se alcanza a ver a su pueblo de Morovis posado sobre un nido de montañas. La iglesia, su segunda casa, luce erguida sobre las casitas multicolores que la bordean. Como buenos aficionados al deporte de los gallos de pelea anduvimos alrededor de todos los rejones bajo el árbol de mangó donde acampan sus crías y echamos par de botas de «boquilla». Luego nos fuimos al balcón y con el paisaje que pintaba el panorama de fondo, abrió «Nado» su cofre musical. Haló por el cuatro y no hubo una sola pieza que después de tararearla no la trajera al diapasón con toda la fruición, cuidado y limpieza que lo caracteriza como maestro del cuatro puertorriqueño.
Su cuatro pasa de los 40 años, lo hizo él mismo y todavía lo conserva con tanto celo como en los primeros días. Nació don Iluminado el 1 de junio de 1918 en Morovis. De pequeño fue un estudioso del cuatro, su afinación, su melodía y su ejecución. Su fino oído, que aún conserva, lo llevó a ser un perfeccionista de cada nota, cada pieza, cada interpretación. Esto le ganó el respeto del maestro Ladí quien tomaba en cuenta sus sugerencias. Por muchos años el programa radial de Industrias Nativas, con su animador Córdoba Chirino, fue la casa de don Iluminado. Allí compartió con don Felo y Leocadio Vizcarrondo quienes lo acompañaban con las guitarras y Toribio en el güiro. Allí llegó a acompañar a Chuíto el de Bayamón, el dúo de Chavelo y Leocadio, Esperanza Ithier (cantante típica hermana de Rafael Ithier el de El Gran Combo), Víctor Lluveras Ríos y Germán Rosario entre otros muchos. Un dato importante en la historia de nuestro cuatro que trajo a colación don Iluminado al ver los cuatros en las fotos de don Nicanor Zayas y de doña Margó Pantoja es, que según el maestro Ladí, fue un artesano de apellido Soriano el que primero le hizo las «orejas» al cuatro de la forma en que se usan hoy. Ladí tenía ocho años al momento de observar ese importante detalle.
En ocasiones, don Iluminado sustituía a Pascual Meléndez en el conjunto Ladí. Con el Conjunto Típico Moroveño tocó, durante 27 años, distintas actividades del Instituto de Cultura Puertorriqueña en toda la isla. Este conjunto lo componían, además de Don Iluminado, su hijo Junior Dávila, y los hermanos Tony y Joe Torres en la guitarra y segundo cuatro respectivamente. En el 1991 grabó un disco compacto junto al conjunto Cascada de Carmelo Delgado. Acompañado por Wimbo Rivera en el segundo cuatro y de la creación del propio Carmelo introdujeron como primicia dos nuevos estilos que se suman al copioso abanico de géneros en que se puede cantar una décima y un nuevo aguinaldo. Son estos: el Seis Moroveño, el Seis Indígena y el aguinaldo Moroveño.

DOÑA MARGO PANTOJAS, 84 AÑOS, DEL BARRIO CAONILLAS DE UTUADO |
Doña Margó Pantoja
A los doce años esta leyenda viviente del cuatro puertorriqueño aprendió a tocar el cuatro de oído en las parrandas navideñas de la montaña. Empezó acompañando al papá con el güiro. Al oír que el cuatro sonaba distinto quería templar la guitarra como si fuera un cuatro. Para que no le dañara la guitarra su padre finalmente decide comprarle un cuatrito. Desde entonces ha puesto todo su empeño en mantener la tradición de las fiestas navideñas y las promesas de Reyes en la zona de la montaña de Utuado.
De camino hacia la casa de doña Margó me detuve en La Tinajita de Wito e Hiram Rivera a refrescarme y a abundar en el tema obligado de los gallos que allí siempre aflora. Échanos par de peleas de boca como allí se acostumbra y de allí seguí hasta el negocio de Wilbert Maldonado donde siempre se habla de nuestra música. Bordeaba el Lago Caonillas a lo largo de la carretera 140 cuando me aproximé y luego me detuve en la represa para, como siempre, contemplar desde la baranda del puente la hondonada abismal que da la sensación de que aquel vacío se va a tragar a uno. En el cruce de la bandera viré hacia la carretera 613 que también bordea el Caonillas y sigue hasta Tetuán en lo profundo del monte. Justo frente a la Segunda Unidad La Fontaine en el barrio Caonillas entre un lecho de miramelindas y trinitarias está la humilde casa de doña Margó.
Nació el 25 de febrero de 1923. A sus 84 años doña Margó todavía toca el cuatro con agilidad y magistral destreza. Tan reciente como el pasado Día de Reyes la vi tocando frente al altar en la antigua promesa del sector Las Cuevas del Barrio Viví de Utuado. «Venga el otro, venga el otro», decía retando a los troveros que pugnaban por cantar los aguinaldos sin que tuvieran que cambiar los músicos. La circunstancias de ser mujer regida por las antiguas normas morales de la familia rural, el haber vivido en zona entonces aislada por barreras naturales y la difícil situación económica que vivía Puerto Rico para mediados del siglo pasado le pusieron límites a la evolución artística de doña Margó como cuatrista. En lugar de seguir las tendencias que llevaron nuestro cuatro al teatro y otras regiones del mundo ella se mantiene abrazada a las tradiciones de los bailes de campo, graduaciones de la escuela, parrandas y promesas. Sin ella no hay alegría en el barrio.
El cuatro con el que aparece en la foto fue hecho por un artesano utuadeño de nombre Carmelo Martell y hace 45 años que lo tiene. Sus hijas Olga y Migdalia la cuidan como una flor con mucho amor y ternura. |