OPINIÓN
Dudas en lo Obscuro
Por Héctor M. Vallines
Si le atribuimos el razonamiento a un guineo y le añadimos el menos común de los sentidos, a ese guineo nunca se le ocurriría dejar el racimo para irse a vivir en monolandia. De igual forma un esquimal no dejaría el Polo Norte para irse a vivir a cualquier país del trópico donde el calor lo avacore. Esto, por que nadie que razone va a escoger el sitio más deplorable, hostil y amenazante para hacerlo su patria elegida. Monolandia y el trópico son al mono y al esquimal lo que gringolandia es a los que detestan la patria americana. Ahora bien, ¿cómo es que pueden los ultra anti-norteamericanos dejar a Puerto Rico para vivir bajo la estadidad en el país que más critican y más odian mientras dedican todas las fuerzas de su ser a que la isla no sea un estado? Seguiremos viendo la misma columna bajo cincuenta títulos diferentes sin que encontremos una explicación lógica, que pase el escrutinio de la razón.
En Puerto Rico no existe el ostracismo, ni la expatriación por razones de sedición o disidencia. Es decir, los que han venido aquí a vivir en un estado de la unión lo han hecho libre y voluntariamente sin que nadie les haya puesto un cañón en la frente. Y que no nos digan que al momento de recoger los bártulos el boricua no busca lo mejor para él. ¿Vivirán los compra patria el conflicto de tener que dejar su nación para venirse a vivir en el sistema que más reniegan? Sí, en la democracia todo el mundo tiene derecho a escoger su propio destino pero, ¿por qué escoger el que más aborrecen? Si la pena de expatriarlos a los Estados Unidos le fuera impuesta a los independentistas de la isla que tienen el calzón puesto en su sitio dirían como Filiberto: “¡Primero muerto!”.
El que ha venido aquí libre y voluntariamente ha sido por que esto es un sistema de oportunidades en el que la movilidad social y económica pone el cielo como límite cuando venimos a desempeñarnos con tesón. Aquí no están tan distantes las marcas en la escala de la auto-realización cuando nos proponemos evolucionar individual o colectivamente. Aquí la ley de probabilidades no es de uno en mil millones cuando nos arrollamos las mangas y nos raspamos el sudor del entrecejo para alcanzar una meta. Muchos de los anti-estadistas que viven aquí bajo la estadidad, aunque la renieguen, son excelentes productos de este sistema que, aunque lleno de fallas, es nuestro vino amén de que en ocasiones nos resulte más o menos amargo. Para dramatizar más el paradógico conflicto que viven estos enajenados vemos que ellos mismos son un buen ejemplo del progreso que se alcanza bajo la estadidad. ¿Sería capaz alguno de ellos de rechazar las oportunidades educativas que aquí se les ofrecen a sus hijos para irlos a matricular en en la Segunda Unidad de Caín Alto? ¿Entregarían sus jugosos salarios y pensiones por irse a cazar moscas a su utópica república?
El que habiendo sido indepen-dentista en Puerto Rico y se contagió con el odio hacia los Estados Unidos para luego escoger a este país como su patria elegida vive un conflicto interno de proporciones patológicas. El haberle dado a esta nación lo que debieron haberle dado a Puerto Rico los trastorna. El vivir la contradicción de venir a la casa del “amo esclavizante” mientras, en sus elocubraciones ficticias, quieren separar a la isla de lo malo; que para ellos ha sido bueno, los perturba. De ahí que el déficit de puertorri-queñidad, que se mide por lo que estos pseudo indepen-dentistas han dejado de hacer por Puerto Rico, se manifieste en gritos, quejas, protestas y demostraciones que más que solidaridad con su patria reflejan un corrosivo sentido de culpa. O esta nación se echó hormigas en el seno o los intrépidos Jonases encontraron una mejor vida dentro de la ballena. (Continúa en la próxima edición) |