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STAMFORD :
Hace varios años cuando se anunció el cierre de la discoteca “Terrace Club”, mi editor me asignó cubrir la historia de ese lugar por considerarlo una pérdida fatal para los amantes de la música latina, es decir, del 99.9 por ciento de la población hispana residente en el sur del Estado; y desde ese momento he visto de cerca la carrera cíclica en el mundo del entretenimiento de Nelson Solís, el actual propietario del centro nocturno The Palms, ubicado en el pleno centro de la ciudad, en la 78 West Park Place.
A simple vista, no se mira un hombre de negocios; sino más bien un miembro más de algún grupo de amigos que está disfrutando de la música, perdido entre decenas de personas que acuden a farrear en su centro nocturno.
Los miércoles en la noche varios líderes de la comunidad se juntan en Las Palmas (The Palms) y es ahí -por un momento- que dejan a un lado la rutina, mientras otros afianzan estrategias de ayuda comunitaria entre sí.
¿Porqué el lugar de Nelson?, le pregunté a uno de los líderes que estuvieron este miércoles en el centro nocturno. Y me respondió: “Sencillo, porque por años él y su grupo de colaboradores te hacen sentir que eres dueño de este territorio”.
Y me lanzó una respuesta a manera de pregunta: ¿”En qué lugar te dejan subirte al escenario y cantar a lo que da tus pulmones”? ¿”En qué lugar ingresas a la cabina de sonido y le dices al hombre que mezcla la música (DJ) que quieres esta u otra canción”?
Y en esas respuestas él tenía la razón, porque a medida que hablaba con Nelson entendía su profunda convicción de no tratar a la gente como clientes sino como amigos, en donde él juega a que los invita a su morada y les deja a cada uno por unos instantes pasearse como Pedro por su casa.
No por algo nació en Chiquimula, una ciudad oriental de Guatemala, en donde todos se conocían entre sí y el sentido del respeto a la propiedad privada, el cariño por los amigos y la solidaridad entre sí; fue una práctica que la ejerció desde niño, cuando acompañaba a sus amigos a pastar y guardar el ganado ó sencillamente a jugar pelota y canicas por largas horas.
“Fui un niño feliz”, me dijo Nelson, el hijo de Vicente y Filomena Solís-Castañeda; y el último de cuatro hermanos; a quien por ser el menor le dieron los mimos y la protección del “hermano chiquito”.
Y esa felicidad logró trasplantarla desde Chiquimula a Norwalk, en donde tiene su familia conformada por su esposa Sandra, a quien trajo directamente desde Guatemala en uno de sus continuos viajes en pos de visitar a su madre y hermanos y de su hija Nilsa, quien a pesar de tener solamente tres años lo vuelve literalmente “loco”.
“Creo en la familia como el motor de la sociedad”, me explicó cuando me contaba los pasos caminados para llegar a convertirse en un exitoso empresario, puesto que ha visto de cerca como muchos hombres se proyectan en la búsqueda del bienestar familiar.
Y en ese crecer paralelo entre la sociedad y la familia, Nelson acaba de estrenarse junto con su socio Nino Mazariegos, en la Cámara de Comercio Hispana; institución que está resurgiendo como el ave fénix y al que todos la están empujando para que logre un sitial sólido y sea una base de la súper- estructura social.
“Soy un bebé en la Cámara, pero definitivamente hay que apoyarla porque es la madre a la que tenemos que todos debemos volver”, me dijo. |