

|
|
DANBURY :
“!Me encanta saber que hasta nuestras abuelitas están organizadas!”, dijo públicamente Linda Machucha, la representante a la Asamblea Nacional del Ecuador por Estados Unidos y Canadá, cuando Vicky Wolff –León, aceptó ser oriunda de San José de Costa Rica, pero ser hija adoptiva del Ecuador desde hace unos meses atrás, luego de que se involucrara de lleno en un proyecto pro-inmigrante, tras la resolución del Concejo Municipal de Danbury de apoyar la ley federal 287G, que autoriza a los oficiales de policía convertirse en agentes de inmigración y de ese modo poner a la orden de ICE (Agencia Federal de Inmigración) a cualquier ciudadano extranjero que se presuma cometió un delito.
De ahí que dona Vicky, luego de fundar hace 35 años la iglesia metodista El Camino en Norwalk, y luego mudarse a Bethel, una población cercana a Danbury, decidió involucrarse en la lucha a favor de los inmigrantes a través de una asociación de abuelitas, que la conforman en su mayoría mujeres anglosajonas, defensoras de los derechos de los inmigrantes.
“Tengo dos hijos y un nieto, por tanto soy una Linda Abuelita”, me dijo con una dulzura, que hasta yo me encogí de la emoción. Porque, a pesar de estar en una organización que aparenta frialdad y determinación por enfrentarse de manera directa a los agentes policiales, al alcalde Boughton; en definitiva al Estado local, doña Vicky emana dulzura en un cien por ciento.
A medida que nuestra conversación surgía, con entusiasmo me contaba los por menores de la Asociación de Abuelitas, e incluso, su esposo, Tomás, un anglosajón que se mira más latino que cualquiera de nosotros y mucho más comprometido con la hispanidad que nosotros mismos, me contó que la Asociación de Abuelitas, aunque era un gremio de mujeres bastante informal, no por eso dejaba a un lado el principio de apoyar a los inmigrantes en la dimensión de su dignidad. Palabras que me sorprendieron de sobre manera, por ser venidas de alguien que aparentemente no tiene nada que ver con nuestros asuntos.
Doña Vicky me dijo que cuando construyan la Casa del Migrante en Queens, New York, ella iba a ir por lo menos una vez a la semana a trabajar como voluntaria en ese proyecto. Y lo que me sorprendió, de entre las tantas cosas que tiene su personalidad, fue su gran memoria. Ella me contó que le había gustado la forma en cómo increpé al Embajador del Ecuador sobre la promesa de que la Casa del Migrante no sea simplemente una promesa de los políticos, cuando yo en realidad lo único que estaba ejerciendo es mi derecho a preguntar y por ende asegurándome que públicamente comprometan su palabra a favor de los inmigrantes.
Según me contó doña Vicky, ahora se encuentran en plena campaña pro-inmigrante y en compañía de las abuelitas y del “Señor Wilson”, refiriéndose a Wilson Hernández, conocido por ser un activista extremadamente comprometido con su comunidad, están repartiendo folletos sobre cómo actuar en caso de que los agentes de inmigración irrumpan los hogares, lo paren mientras conduce, y hasta en los puestos de trabajo.
“No mi’jita, nosotros tenemos el compromiso de apoyarnos como hermanos, pero ese trabajo tiene que ser de manera práctica, saliendo a las calles a decirles a todos: Únanse este es el momento que debemos cuidarnos unos a otros”, me dijo. |