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STAMFORD:
Hace varios años atrás ni siquiera recuerdo que fue lo que le pregunté, en una de mis tantas idas a la Biblioteca Pública de Stamford, a Walter Dionisio, y él con una voz engolada me sorprendió inmediatamente.
Fascinada hasta el extremo, le pregunté si trabajaba en alguna estación de radio y me respondió muy divertidamente que no, que fue “artista de televisión”.
Y efectivamente, como tanto me gustó su voz, volví a la biblioteca y luego de intercambiar varias ideas, me contó que era actor de profesión, que trabajó en Broadway y que vivió por muchos años en Canadá, en donde también se dedicó a los escenarios.
Y en la “Tertulia” de esa tarde, me contó que era oriundo de El Salvador, un país sumido en años de pobreza extrema por la guerra civil, causante de que miles de sus compatriotas –a igual que él- se vieran obligados a huir del suelo que los vio nacer.
“Desde que tengo seis años recuerdo que quise ser actor, pero en mi país las condiciones sociales y económicas no se prestaban”, me contó Walter, refiriéndose al estereotipo con el que ubican a los actores, a quienes en muchas ocasiones los consideran sin oficio y buenos para nada.
Pero fue cuando ingresó a la Universidad de El Salvador, cuando verdaderamente pudo liberarse de esos prejuicios e ingresó abiertamente a estudiar arte dramático, para luego refugiarse en Estados Unidos y desde el off/off de Broadway hacer teatro, “pero con conciencia y criterio social”, me indicó.
Un par de años atrás, los medios de comunicación informamos sobre la puesta en escena de la obra La Molinera de Arco, aunque en esa época, el periódico en el que colaboraba no patrocinó la obra teatral, por tratarse de un acontecimiento histórico, por ser el estreno de una obra con talento ciento por ciento hispano, cubrimos escuetamente el estreno. Que por cierto recibió elogios por parte de los críticos de arte y no se pudo dejar de mencionar a su director y adoptador del guión, Walter Dionisio.
Poco tiempo después de eso, Walter estaba involucrado en otro proyecto, a ese sus amigos “los Rafaeles” y él le bautizaron con el nombre de La Tertulia, un movimiento de intelectuales que a través del arte y el estudio social buscan la redención del pensamiento.
“A veces estamos tan alienados de tantos mensajes que no solamente atentan nuestra vida sino nuestra dignidad”, me dijo Walter, al respecto de La Tertulia, justamente fundada como un tamiz para cernir lo bueno, lo malo, lo trivial, lo trascendente, lo sublime, lo vulgar. Y en sus palabras: “Lo que redime, lo eterno”.
Walter, por ahora, a más de pertenecer al Sistema de Bibliotecas, colabora con el grupo de teatro Raíces, el mismo que está montando una nueva pieza teatral titulada, Aquí no pasa nada, del escritor Darío Fo.
Y volviéndome a sorprender, con su acostumbrado tono de voz, me dijo que no olvide de mencionar a sus alumnos del teatro, “a quienes amo profundamente”, expresó y empezó a decir uno a uno sus nombres: Leslie Padilla, Milena Cardona, Pamela Andrade, José de León, Juan Manuel Sanabria, Gregorio Medrano y Mario Galeano. |