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STAMFORD:
Por años he visto a Jorge Ortiz tomar el tren desde Stamford hacia Bridgeport, a las 6:38 de la tarde, y a veces lo he encontrado a eso de las nueve de la mañana cruzando el sendero del tren hacia el centro; lleno de bolsas, en donde guarda betún, cepillos y tintes para limpiar zapatos.
Con un inglés mezclado con un español estilo puertorriqueño, Ortiz me contó detalle a detalle todo lo que implica ser el dueño de la esquina de la Main y Bank Street, lugar en que se encuentra ubicada su silla de limpiar zapatos y todos los recuerdos que la calle le ha dejado por ya seis años.
“No se porqué a los periodistas les gusta entrevistarme, frecuentemente siempre lo hacen y hasta los de New York”, me contó Ortiz, orgulloso de su trabajo, de su esquina y de su puertorriqueñidad.
“Lo que sucede es que antes a nosotros no nos daban mucha atención, pero ahora estamos de moda porque somos bien trabajadores”, volvió a contestar, antes de que yo le preguntara nuevamente.
Ortiz, quien es oriundo de Tuado, en Puerto Rico, llegó con su familia a Stamford a la edad de cuatro años y desde ahí vivió en esta ciudad, hasta el día que inició su vida sentimental, en donde se mudó con su esposa a Bridgeport.
“Yo estudié en Stamford High School, quería tomar una carrera universitaria pero empecé a trabajar para ayudar a la “mai” mía”, me narró y súbitamente argumentó: ¡Pero no vaya a creer que no soy nadie, yo fui a la escuela de cocina y estudié por dos años alta cocina!, me contó, pero a su vez, cambió el tono de su voz, cuando me dijo que dejó esta profesión porque sufre de ataques epilépticos, que aunque no son seguidos, en la cocina es difícil volver a trabajar porque se convierte en peligroso.
Y nuevamente se refirió a su oficio actual, que gracias al dueño de la peluquería Montain, en donde coloca su silla de calzado, ha logrado permanecer por años en esta esquina y hasta se ha enfrentado con los policías quienes –en un inicio- creían que se trataba de un negocio disfrazado para surtir drogas.
“Yo me en fogoneé porque me acusaron infamemente, pero les gané el pleito porque nunca probaron nada”, me expuso muy orgulloso, mientras sumaba en una pequeña libreta a cuantos clientes atendió en el día.
“A veces hago hasta once limpiezas y cada una cuesta entre cinco a seis dólares, más la propina”, dijo. Y nuevamente de manera sorpresiva me contó que no solamente limpia zapatos, sino que también lava ventanas.
“Tengo una familia a quien mantener. A mí no me gusta que el Estado me de nada. Entonces yo lavo ventanas y boleo para llevar el pan a la mesa de mi nene y mi señora”, me reafirmó.
Versión que fue corroborada por uno de sus clientes, quien le lleva cada semana por lo menos dos pares de zapatos, y le contrata para que limpie sus cristales una vez al mes. |