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NORWALK:
Yo nací en Mayagüez, en Puerto Rico, una ciudad que queda al otro lado de la isla en el barrio La Quinta. Fue lo primero que me contó doña Marina Rivera, que con orgullo me dijo que fue la primera Reina de la Parada de Puerto Rico en Norwalk; cuando aun los latinoamericanos aun no nos apoderábamos de Norwalk y los puertorriqueños eran los primeros hispanos en el área.
En la época en que llegó ella llegó, en 1952, apenas tenía 10 años y recuerda con nostalgia la forma tan burlona como los niños anglosajones los discriminaban porque ella y sus dos hermanos menores no hablaban inglés.
«Yo no se que palabras me decían porque no comprendía y tampoco las quiero recordar, solamente tengo en mi memoria que mis hermanos y yo nos quedamos parados a la hora del recreo», me contó Marina.
Vagamente tengo en mi mente el recuerdo de doña Marina, cuando apenas llegué desde mi país a Norwalk. Ella siempre estaba en la misa de doce de la iglesia de Saint Joseph, pero nunca supe –hasta hoy- porque fue Trabajadora Social del Centro de Saint Joseph, hoy convertido en el South Norwalk Community Center, lugar en el que trabajó por veinte años y del que se fue solamente porque el Centro se incendió.
A medida que conversábamos, nuestra plática iba siendo más amena y hasta me atreví a preguntarle asuntos muy personales, esos que nos conciernen solamente a las mujeres; como si tiene esposo, si aun lo extraña, en dónde están sus hijos, sus padres, hermanos; es decir lo estrictamente privado.
Si me dio gusto en las respuestas, pero también me habló de su trabajo comunitario que fue más allá de las barreras normales de una junta barrial. Doña Marina ostenta el título de ser la primera mujer puertorriqueña en haber sido electa concejal de la ciudad por dos ocasiones.
«Corrí dos períodos porque siempre creí que apoyar con el poder político en nuestra comunidad es de vital importancia», me dijo, porque ella sabe que lo más importante es la lucha hacia el poder tomar decisiones.
Convencida de que estaba descubriendo a una doña de encantos, que va más allá de lo que una mujer ha hecho en su época, si me sorprendió cuando me reveló que inició sus estudios universitarios a los cuarenta años de edad; cuando la media de las mujeres de su época se casaban al momento en que terminaban la secundaria y luego se dedicaban a cuidar la casa y el hogar.
Pero lo que más me gusta de doña Marina, a más de verla hincada a los pies del Santísimo, es su trabajo como Jueza de la Paz, me gusta mucho la forma como lleva a cabo una ceremonia matrimonial civil y cómo le da el toque espléndido al acto.
Hoy por hoy, Marina es trabajadora del Departamento de Finanzas del Norwalk Community College, oficina que se encarga de buscar fondos para que los jóvenes puedan estudiar sin tener que preocuparse por su estrecha economía. |