

“El todos los días patrulla el sector y se estaciona entre la Lowe Street y Ely Avenue, para chequear que todo esté bien” |
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NORWALK
Conozco al oficial César Ramírez desde los primeros años que inmigré a esta ciudad. Lo vi involucrado en la Cruz Roja Internacional cuando hizo un llamado para apoyar a los damnificados del huracán Nitch, más tarde con la tragedia de Katrina, luego con los jornaleros del Puente Lowe; cruzadas que han logrado acaparar las primeras páginas de los periódicos anglosajones e hispanos y recibir el elogio de la comunidad que ve en él a un hombre bueno pero apegado a la ley.
“¡Pues hombre! este trabajo me lo impuse yo solito”, me dice el oficial Ramírez, con su inconfundible acento español, el día en que nos encontramos en un restaurante colombiano para tratar la nueva agenda que tiene estipulada próximamente para los jornaleros del conocido Puente de la calle Lowe, a la altura de South Norwalk, cerca de la estación de trenes.
Pero lo que me impresionó a primera vista, no solamente fue el par de besos que me estampó al estilo europeo, sino su vestuario, porque para esa ocasión guardó en su guardarropa su uniforme policial y a cambio de éste traía un traje sastre azul marino, corbata, zapatos de charol y el cabello engominado.
¿Mira, guapa?, nuevamente me responde, como tratando de captar mi atención, piropo que sin disimulo lo recibí, en el esfuerzo de poner toda mi atención en su charla a los jóvenes de la escuela secundaria Brian McMachon, quienes están manejando un proyecto exclusivamente para apoyar a los obreros del Puente.
“El día en que el jefe del Departamento de Policía me diga: Ya basta, no sigas en esto, ahí se acabará mi trabajo con los jornaleros”, me dijo –aunque en tono muy asustado- porque solamente el pensar que su jefe diga algo semejante, no solamente que desobedecerá, sino que creo; hará una rebelión para impedir “tal barbarie”, como dice.
“El oficial Ramírez ha sido una bendición para los jornaleros del Puente”, me confesó Norma Paulo, esposa de Hugo Sosa, un líder del Puente, quien ve en Ramírez a un hombre deseoso de ayudar pero no solamente con palabras sino con hechos.
“El todos los días patrulla el sector y se estaciona entre la Lowe Street y Ely Avenue, para chequear que todo esté bien”, me dijo Sosa el día de la reunión de jornaleros; y percibí un cálido ambiente familiar entre los jornaleros que estaban presente en la tertulia con el oficial. Hasta podría decir que se trataban como si fueran amigos de toda la vida.
Y es que su presencia les da a los hombres del Puente una cierta tranquilidad porque no solamente ha conseguido impartir el orden y el compañerismo entre los trabajadores, sino que ha logrado que los empleadores paguen salarios atrasados y ha montado talleres informativos con el propósito de explicarles cuales son sus derechos y obligaciones y que materiales deben portar para evitar ser estafados.
“No es verdad el cuento de que los empleadores no les pagan porque los dueños de las obras quedaron insatisfechos”, me explicó el Oficial, porque según él, ningún empleador tiene más de unas horas a un trabajador que no les rinda. “Son empresarios no San Francisco de Asís”, responde y suelta una carcajada, mientras saborea una inmensa sopa de mariscos y me brinda un poquito de un licuado de frutas que en ese momento intentaba tomarlo. |