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EL PERIÓDICO SEMANAL DIGITAL DE LA VOZ HISPANA DE CONNECTICUT y MASSACHUSETTS
   
   
 

 

Nelsy Rojas-Supple, nacida en Manizales- Colombia y con más de una década en los Estados Unidos, es la encargada de tratar directamente con la comunidad hispana, a quienes con su dulzura no solamente les da un trato profesional sino cálido y familiar.

 

 

Abriendo cuentas y saldando corazones hispanos


 

«Me encantan las matemáticas y aunque estudié para programar computadoras, me resistí a trabajar en esto porque quise tratar con la gente y no con una fría máquina»

 

NORWALK

Una amiga me contó que estaba muy contenta porque iba a ser «tía» por primera vez, obviamente la felicité y le pregunté cuál de sus hermanas estaba embarazada; y sonriendo por mi aparente ingenuo interrogatorio, me respondió: «Nada más y nada menos que Nelsy, la señora «delgadita» que trabaja en el Banco de América».
Me eché a reír porque obviamente mi amiga es peruana y Nelsy colombiana, así que el parentesco sanguíneo no existe por ningún lado; pero sí la unión espiritual, porque Nelsy es tan amable y cariñosa, con todo aquel que acude al Banco en pos de ayuda para abrir una cuenta de ahorros, pedir asesoría, o un balance de cuenta; que efectivamente todos sus «cliente-amigos» saben que serán «tíos» por primera, décima o veinteava ocasión.
Nelsy, se inició en el mundo de las cuentas bancarias ya desde su natal Manizales, capital del estado de Caldas, en Colombia, pero no sin antes hacer una carrera en ciencias de la informática y todo lo que tenga que ver con números.
«Me encantan las matemáticas y aunque estudié para programar computadoras, me resistí a trabajar en esto porque quise tratar con la gente y no con una fría máquina», me dice Nelsy, en señal del ejemplo que le dejaron sus padres cuando de niños, ella y sus diez hermanos trabajaban en comunidad tanto en la iglesia como en el taller de confecciones de su madre.
«Todos mis hermanos tocan guitarra y como yo soy la última de la familia mi papá me persuadió a que aprendiera el instrumento con el pretexto de que si lo hacía me iba a enseñar a conducir», me confiesa Nelsy, mientras con nostalgia recuerda los años infantiles cuando junto a sus hermanos iba de iglesia en iglesia para cantar y tocar en las novenas de Navidad; además sus tardes en el taller de costura de su madre, en donde su progenitora les ponía a pegar botones y a hilvanar telas; para en compañía de seis trabajadores confeccionar los uniformes del hospital y de los centros de salud de la ciudad.
«Como éramos muchos hermanos mi mamá para cuidarnos trabajaba desde la casa, y mi papá era un agente de bienes raíces; por eso es que nos pudieron dar educación universitaria y no nos faltó el pan de cada día en nuestra mesa», recuerda con orgullo Nelsy, quien hoy espera su primer bebé al lado de su esposo.
Pero más allá de sus nostalgias, también ha visto de cerca los éxitos y tristezas de nuestra gente. Un día, me dijo ella, que vino un señor llorando porque le habían robado de su casa diez mil dólares, porque había creído que por ser indocumentado no tenía derecho ni siquiera a una cuenta de ahorros.
«¡Ay!, yo lloré de la pena junto al señor porque me daba tanta tristeza ver cómo sus ahorros de su vida se le perdieron de un día para el otro», me contó. Pero también ríe cuando me cuenta sobre un hombre que le pidió ayuda para hacer un préstamo para comprar ganado pero en vez de eso terminó comprándose una casa.


 

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