

Por una promesa que le hizo a la Virgen de Guadalupe, año tras año, Margarito Rivera, se viste de San Juan Diego, y en señal de su fe recorre el trayecto del desfile y de manera estática se queda inmovilizado el tiempo que dure la celebración, para dar la ilusión de estar en estado de éxtasis, tal como lo hizo San Juan Diego cuando la Morena se le presentó en el Tepeyac. |
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WASHINGTON
A lo largo de mi carrera he entrevistado a decenas de personajes, unos más que otros me han impresionado por cientos de factores que determinan sus personalidades y sus logros o exabruptos para la comunidad; pero lo que me transmitió Margarito en esta entrevista no solamente fue un sentimiento de paz sino un verdadero mensaje de fe, la misma que no simplemente la profesa ciegamente, sino a través de un constante aprendizaje en sus seminarios de Teología.
«Hace siete años dejé mi tierra y desde entonces busqué de Dios para darle sentido a mi vida», fueron las palabras iniciales que Margarito Rivera me dijo, cuando conversamos luego de la misa de fiesta en honor a la Virgen de Guadalupe.
De vez en cuando asisto a la parroquia de Saint Joseph en South Norwalk, a veces, porque los feligreses tienen reuniones con el carácter comunitario y en ellas discuten sobre asuntos deportivos, religiosos o civiles; y otras, porque estoy cerca de la estación del tren y uso el parqueo de esta iglesia porque el párroco me lo ofreció de manera gratuita.
«Eres la chica de las noticias y no puedo rehusarme a que lo utilices», me dijo –a manera de broma, hace mucho tiempo atrás el padre Frank, párroco de la iglesia, y como usuario del parqueo, siempre he visto a Margarito Rivera unido directamente con esta parroquia.
A veces lo he encontrado con una Biblia debajo del brazo cerca al parqueo, en otras ocasiones, con una canasta en la mano, juntando los diezmos dominicales, y otras veces, limpiando con una pala y rastrillo el jardín de la iglesia.
«Yo era un joven inmigrante común y corriente, vine de Puebla, México de un lugar que se llama Tepeaca, hace siete años y cada fin de semana me entregaba a las calles para disipar mi soledad», me contó Margarito muy serio y en un tono ceremonioso.
Lejos de causarme pánico, me dio curiosidad por saber que más pasaba por su cabeza, y fue ahí cuando me contó que en octubre de hace siete años, mientras tomó un vaso de cristal para servirse jugo se cortó el dedo, e inmediatamente fue hacia el baño y mientras se enjaguaba la sangre vio la silueta de la Virgen María incrustada en el jabón.
«Me asusté y de manera instintiva me saqué la camisa y envolví el jabón», repuso, e inmediatamente fue hacia donde su amigo Jorge Rojas, y le contó lo sucedido, pero al abrir la camisa para que su compañero viera lo sucedido, los dos advirtieron que en la parte trasera del jabón había una rosa y aun seguía –en la parte delantera- la silueta de la Virgen.
«Todos vieron la imagen y saben que digo la verdad. Desde ahí mi vida cambió radicalmente», me confesó.
«Busco de Dios y con el conocimiento de la Palabra», nuevamente me refutó, mientras yo seguía simplemente escuchándolo porque no sabía cómo impugnarlo, cómo contradecirlo, cómo negarle que lo que miró fue el cúmulo de moléculas. Cuando ante la fe nada es infalible, todo es permitido. Porque como dice el refrán popular: «Cualquier camino de fe conduce a la salvación» y si el de Margarito es éste, ¿Quién soy yo, para impedírselo?.. |