

|
|
BRIDGEPORT:
Estuve trabajando en la promoción artística de varios artistas de mi país, y como es obvio, cuando se trata de artistas cotizados y de renombre internacional los empresarios dan el mejor de los servicios a sus figuras, y entre eso incluyen el servicio de limosinas.
Automotores que por su naturaleza son conducidos de manera mágica por un chofer que sabe el protocolo artístico y que de manera generosa, gentil y simpática realiza el pequeño viaje rumbo al escenario con las estrellas.
Don Félix, como así se llama, uno de los dueños del servicio de limosinas US Open Limousines, de Elmurst, New York, mientras conducía el automotor llevando a la caravana artística, me contó con lujo de detalles la forma como él se relaciona con el mundo de las estrellas y cómo esto le ha dado oportunidad de estar en eventos artísticos de primera línea y de compartir de manera directa el mundo mágico del glamour, las estrellas y la farándula.
«A mi me encanta mi trabajo, he transportado a artistas que jamás en la vida hubiera podido verlos mucho menos compartir una conversación, porque simplemente se ven en las pantallas de cine o la televisión y porque jamás están en la calle o en la tienda del vecino», me dijo alegremente Félix, mientras manejaba su limosina alrededor del Wentfield Park de Bridgeport, en donde está uno de los diamantes dedicado a los peloteros puertorriqueños Roberto Clemente y Gregorio Pacheco.
«Estoy en la limosina, dando un paseo alrededor del parque», dijo muy emocionado David Durrell, conductor de la Sinfónica de Norwalk, quien en ese momento era un músico más de la banda de uno de los artistas transportados por don Félix.
«Ese señor chofer, se pasó», respondió una de las pasajeras que vino desde New York, ocupando uno de los asientos posteriores del vehículo, a tiempo que contó que don Félix, no solamente los transportó sino que además les sirvió de guía turística y les dio una copa de champagne, unas botanas (pedacitos de fruta, verduras y galletas), como parte del servicio.
«Esa es la idea, que cuando suban a la limosina se olviden de su vida y sus problemas y se dejen consentir y mimar, tal como fueran nuestras princesas», me respondió, aunque yo no conté la misma suerte, porque él y yo éramos los únicos que estábamos trabajando y apenas tuve que conformarme con ocupar un pedacito de asiento den un cajón de madera, que quedaba cerca de la máquina de cambios.
«La próxima vez que vaya a New York, le voy a colocar en el asiento izquierdo reservado solamente para las estrellas y no solamente que le voy a dar champagne y botanas, sino que le voy a incluir un jacuzzi», me bromeó don Félix, mientras pacientemente esperaba que los artistas hicieran su presentación en el escenario, para luego volver a transpórtalas rumbo a New York y al aeropuerto Kennedy.
|