|
|
O P I N I O N
Recuerdos
Por Carlos Riveros
Esta semana se celebró el cumpleaños de mi difunta abuela. Los recuerdos, es inevitable, vienen en cantidad, acometen con fiereza. Mi abuela fue muy querida, eso explica la cantidad de gente que se congregó el domingo en la iglesia. Mi familia, que es muy católica, que tiene una fe inquebrantable, organizó una misa en honor a ella. Por supuesto, y como ya dije, la iglesia se llenó. Es que mi abuela fue una de esas personas que tienen la capacidad de ser muy queridas y respetadas.
Recuerdo sus silencios insondables, su mirada profunda y penetrante que te dominaba. Miraba así cuando estaba amarga, enojada por que yo, chiquillo malcriado, no hacía las cosas como me las ordenaba. Felizmente, vi muy pocas veces esas miradas que me llenaban de miedo, no miedo entendido como terror o pánico, no, miedo entendido como mezcla de respeto y obediencia. Cuando miraba así, lo mejor era pedir disculpas y darse media vuelta: no había que hacerla enojar más.
Recuerdo su seriedad. Era ella una persona seria pero no amargada. Aunque rara vez la vi reírse, recuerdo que su sonrisa me daba cierta alegría, sobretodo si se reía de alguna de mis pesadas y tontas bromas. Era como un triunfo para mí, un trofeo esa sonrisa que no era del todo una sonrisa, era apenas un rictus.
Recuerdo mi infancia y la veo a ella. Mi infancia fue dulce gracias a que ella estuvo a mi lado siempre. Si algo tengo que agradecer a esta vida es eso: sus abrazos cálidos, sus miradas tiernas, su defensa incansable. Miro para atrás y veo dos cosas: a mí, muerto de miedo por que no hay luz en la casa, una bomba terrorista se llevó la tranquilidad, refugiado entre sus brazos; a mí, echado en el sofá de la sala, atropellado, magullado, recibiendo los cuidados de ella.
Recuerdo los últimos meses que estuvo entre nosotros. Una penosa enfermedad nos la arrebató de la manera más injusta, más cruel. Si pudiese regresar el tiempo, no dudaría en atenderla mejor, en brindarle más atención, en no ser tan mezquino con mis cariños. Me siento culpable. No me porté como el nieto que ella me enseñó a ser.
Recuerdo el día de su entierro. Es, no lo dudo, el día más triste que me ha tocado vivir. No es fácil perder a un ser que se ama tanto. No es fácil perder a un ser amado y no derramar una sola lágrima. No pude llorar. Estaba seco, vacío, y no precisamente por su muerte. Envidio a mis hermanos que sí pudieron hacerlo. Yo no, yo no fui ni tan valiente ni tan agradecido para ofrecerle, aunque sea, una lágrima en reconocimiento por todo lo que me dejó. Quizá para eso me he sentado a escribir; para, de algún modo, enmendar mi error; para calmar mi atormentado espíritu, para decirle que no se culpe tanto; y, sobretodo, para mantener vivo el recuerdo de mi abuela.
Tengo tres cosas más que decir:
A Dios: No era necesario que te la lleves así. Nosotros sabíamos que estaba de tránsito, ¿por qué, entonces, nos la quitaste de esa forma? El egoísmo es una característica humana, no divina. Disfruta de su compañía, quizá aprendas algo.
A ustedes: Hagamos que su recuerdo sea tan grande como lo fue ella en vida, que sea una flor inmarcesible en nuestros corazones.
A mi abuela: Gracias por todo, abuelita. |