Convención de Denver produjo lo que se esperaba
La tan manoseada convención de Denver no iba a producir otra cosa. Pero los medios de prensa importante habían creado un ambiente de expectativa, que arrastró a la prensa de todo el mundo en torno a un evento cuyo interés, en todo caso, es esencialmente norteamericano. Claro, siempre era posible, para quienes gustan de la política ficción, que Hillary se resistiera, con su esposo y seguidores, a endosar la candidatura ya ganadora al interior del partido Demócrata.
¡Pamplinas!, como se decía antes, porque si Hillary mantiene sus aspiraciones a la presidencia de Estados Unidos, eso será solamente posible con el partido Demócrata detrás. Lo que quizá nadie le puede regatear, es su derecho a ilusionarse en que Obama pierda las elecciones y pueda entonces ella, con el capital político acumulado, pelearle la reelección a McCain. Pero claro, en este terreno también caemos en la misma política ficción.
Mientras tanto, el candidato Demócrata Barak Obama, ya oficializado en esa posición, en estos días ha perdido algunos puntos en su constante ventaja sobre el Republicano John McCain. Eso sucede al margen de episodios anecdóticos, como que McCain no sabe cuántas casas posee o que un hermano menor de Obama (de padre) no la está pasando muy bien en África, que es donde vive (el padre de Obama tuvo hijos con varias mujeres). La primera encuesta nacional, realizada para la cadena de noticias CNN, reveló un empate entre las dos candidaturas presidenciales. Según el sondeo, el 47% de los adultos entrevistados apoya a Obama, y otro 47% a McCain, cuando falta algo más de dos meses para la elección presidencial.
Ese relativo debilitamiento de la candidatura de Obama en realidad tiene poco que ver con su personalidad. Obedece más bien a otros factores. Quizás el primero de ellos fue la explosiva acogida que tuvo en Europa, entre los gobernantes y, sobre todo, entre la gente de la calle. Es que al norteamericano promedio le revienta que los «arrogantes europeos, que se viven burlando de nosotros, hasta nos quieran decir quien debe ser nuestro presidente».
Pero lo que reviste mayor seriedad es la medida en que el conflicto con Rusia, hasta ahora verbal, preocupa a la gente en Estados Unidos. No por lo que encierra en sí, sino por la manera en que lo maneja cierta propaganda. No de aquella que va dirigida a vastos segmentos de la población, sino la que manejan en escala menores ciertos medios de prensa ideológicamente comprometidos.
El espectro de una nueva Guerra Fría, idea hábilmente manejada en el sentido de que «ese peligro no existe», pero mencionándolo lo suficiente como para que la gente no lo olvide y lo tome en consideración a la hora de expresar su preferencia electoral, es un elemento que juega un papel de primer orden en el reforzamiento de la candidatura Republicana.
Puede que se avecinen momentos difíciles y para eso es mejor tener al frente del país a un gobernante con experiencia y a quien no le tiemble el pulso a la hora de hacer entrar en razón a «esos rusos». Por eso es proporcional el estallido de la crisis por la «guerra de tres días» en Georgia y el crecimiento porcentual de McCain en las encuestas.
Una manera de contrarrestar esa peligrosa derivada fue para Obama escoger a un buen candidato vicepresidencial. Al seleccionar a Joseph Biden, la campaña Demócrata intenta encontrar un equilibrio entre la atractiva pero inquietante frescura del candidato presidencial y la seguridad que ofrece alguien conocido por tres décadas en los pasillos de Washington. Se puede denostar a ese mundillo de la política norteamericana, pero no se debe prescindir del mismo.
Especialmente cuando se trata de un político con las credenciales personales de Biden: creció en un barrio obrero (aunque su padre fue rico, lo perdió todo antes de que el hijo pudiera disfrutar de esas riquezas) y adquirió esa «marca de fábrica» que lo hace particularmente atractivo a una importante franja del electorado al que Obama les resulta distante; no por su raza, sino por sus antecedentes sociales y educativos. Además es católico, otro segmento que hasta ahora ha resultado difícil para el candidato.
Del lado Republicano, hay ahora muchas conjeturas acerca de quién acompañará en la boleta a John McCain, pero quizás ahí es menos importante porque aunque el candidato ha hecho una campaña particularmente pobre, hay factores externos, como los ya señalados, que abonan automáticamente a su favor. Aunque uno de ellos, el de los partidarios de Hillary Clinton descontentos y tentados en votar, no directamente por el candidato Republicano, sino por McCain, tiende a desinflarse en la medida en que los Clinton han manifestado de la manera más contundente posible que apoyan a Obama y dejando entrever que si victoria hay, se deberá en buena parte a ese apoyo.
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