Yanisha Claudio, de 15 años, de Hartford, cariñosamente envolvió a Jordan, de tres semanas, esperando que no se despierte. “Estuvo llorando hasta las 4 de la mañana”, dijo la cansada estudiante de escuela secundaria.
Ha sido un año duro para Yanisha, cuyo novio rompió con ella luego que una visita de emergencia al hospital confirmó que tenía más de cinco meses de embarazo. Por el momento en su casa, haciendo malabarismos para dividirse en su condición de madre y de estudiante, con la ayuda de un tutor que la ve diariamente, un trabajador social que la visita una vez a la semana y la abuela del bebé, quien fue también una madre adolescente.
“Nunca pensé que me ocurriera esto”, dice Yanisha. “No tengo idea de cómo ser madre”.
Pese a que la tasa de embarazos adolescentes ha bajado nacionalmente y en Connecticut, las estadísticas y entrevistas muestran que el ciclo entre generaciones de menores embarazadas, coloca a las adolescentes hispanas en riesgo de dar a luz una vez o incluso dos, antes de llegar a los veinte años.
Las tasas de embarazo adolescente en Connecticut son 8.5 veces mayores entre hispanas que entre las blancas y casi el doble que entre las muchachas afroamericanas entre 15 y 19 años. De los 2,626 nacimientos de madres adolescentes registrados en el 2009, casi la mitad -1,277- fueron de hispanas, según información del Departamento de Salud Pública.
De 22 nacimientos de adolescentes de 13 y 14 años, más de la mitad -12 muchachas- eran hispanas. Casi el 15% de todos los nacimientos de madres adolescentes en el estado fueron de muchachas que ya eran madres. La tasa fue similar en el 2008, cuando de 2,817 nacimientos, 1,364 fueron de madres adolescentes hispanas. Los hispanos constituyen apenas el 13% de la población del estado.
En Connecticut, el 84% de nacimientos de madres adolescentes (entre 15 y 19 años) en 2009, fue de madres de bajos recursos, inscritas en los planes púbicos subsidiados HUSKY o Medicaid. El número de nacimientos de madres adolescentes en esos programas se mantuvo estable, a diferencia de su reducción a nivel estatal o nacional.
“Necesitamos determinar lo que no estamos haciendo, porque algo anda mal”, dice Cándida Flores, Directora Ejecutiva de Family Life Education, una agencia comunitaria establecida en Hartford, que ayuda a adolescentes embarazadas y madres. Flores, que tuvo su primer hijo a los 15 años, conoce por experiencia propia por todo lo que tiene que pasar una madre adolescente.
“Muchas de las chicas que ayudamos viven en situaciones donde el embarazo adolescente es la norma”, dice Flores. “Muchas de ellas son a su vez hijas de madres adolescentes que todavía luchan con sus propios problemas. Así nos vemos en la situación de tener que ayudar a ambas generaciones de madres”.
Activistas de esta causa esperan que los $6.4 millones en fondos federales dirigidos a adolescentes hispanas y afroamericanas en situación de riesgo en las ciudades de Connecticut más pobres, que incluye a New Haven, Hartford y Bridgeport, harán una diferencia llegando a esas jóvenes en sus hogares, en la escuela y en la comunidad en formas adecuadas a sus culturas e idioma.
Pero muchos expertos opinan que poco cambiara mientras el estado no reúna los recursos financieros y la voluntad política para corregir los males subyacentes de pobreza, violencia domestica, carencias educativas, desempleo, disparidades en los servicios de salud, diferencias culturales y desesperanza que afectan a la juventud hispana.
Algo que complica la situación para los adolescentes hispanos son las barreras idiomáticas y culturales que, según la investigación les ponen en riesgo de procrear. Esto cubre toda la gama que va desde la definición estricta del papel de los géneros, las creencias religiosas que se oponen a la contracepción y al aborto, hasta la tendencia, entre las hispanas, de tener amantes de mayor edad.
“El sistema cultural de creencias es difícil de cambiar porque está enraizado en siglos de tradiciones y costumbres”, dice el Dr. Raúl Pino, Director en funciones del Hartford’s Department of Health and Human Services.
Una comunidad que crece rápidamente y cuyas necesidades son múltiples
Constituyendo el 13% de la población de Connecticut, la comunidad hispana crece a gran velocidad (casi en un 50% en la última década), mientras, al mismo tiempo, ve crecer las desigualdades sociales y de servicios de salud.
Casi un tercio de los jóvenes de 17 años y más jóvenes aún, viven en la pobreza. Cerca de un 22% de los hispanos no disponen de seguro médico y solo cuentan con un acceso limitado a esos servicios. Según el Economic Policy Institute, un grupo de estudio de Washington, D.C, los hispanos de Connecticut tienen la tercera tasa más alta de desempleados entre los hispanos de toda la nación. Datos del Departamento de Educación del Estado, indican que en 2010, un 64% de los hispanos completó el cuarto año de la escuela secundaria.
Los estudios muestran que los padres adolescentes son más proclives a abandonar la escuela y vivir en la pobreza, mientras que los bebés de padres adolescentes corren mayor riesgo de perder peso y de morir en la infancia.
“Todos los indicadores para los hispanos de Connecticut apuntan a una comunidad en crisis”, dice Werner Oyanadel, director en funciones de la Comisión Estatal de Asuntos Latinos y Puertorriqueños (Latino and Puerto Rican Affairs Commission).
En términos de cuestión relativa a la salud pública, las adolescentes embarazadas les costaron en 2008 a los contribuyentes del estado al menos $137 millones en gastos de cuidado de la salud, bienestar infantil, encarcelamiento e impuestos dejados de percibir debido a menores ingresos y gastos, según informe del National Campaign to Prevent Teen and Unplanned Pregnancy (Campaña nacional para prevenir el embarazo adolescente y no planificado).
“A la gente que no cree que debemos concentrarnos en las adolescentes embarazadas porque no es lo correcto, que piensen dos veces porque es la sociedad que de una u otra manera paga”, dice Pino.
La cambiante comunidad hispana de Connecticut plantea nuevos retos a las organizaciones barriales que a veces sirve de familia de reemplazo a los recién llegados. Aunque antes la comunidad hispana estaba compuesta casi exclusivamente de boricuas, ahora ha crecido en los últimos 10 años e incluye inmigrantes de México (actualmente el segundo grupo hispano), la República Dominicana, Guatemala, Ecuador, Perú, Colombia y otros países.
Las investigaciones muestran que la conducta y situación de salud varía de acuerdo con los diferentes grupos de la comunidad hispana y del tiempo que tienen viviendo en los Estados Unidos.
Aunque todos hablan español, cada subgrupo “llega con sus propias creencias y costumbres” acerca de la sexualidad, dice Flores. Los más vulnerables son los indocumentados. “Muchas de esas familias viven aisladas. Los niños no tienen una figura adulta que les guíe. Tienen miedo o no saben cómo acceder a los recursos disponibles”. Su agencia aplica un criterio alternativo.
“Muchas chicas se hacen invisibles una vez que tienen su bebé. La gente les dice que deben ser buenas madres, pero ¿qué significa eso?, se pregunta Flores. “Ellas deben entender que no son malas madres y que todavía sus cerebros adolescentes se están desarrollando”.
Los muchachos también necesitan que se ocupen de ellos. El programa FatherWorks Program en el centro Village for Families & Children in Hartford, ayuda a padres entre 15 y 24 años, a comprender la “cultura de la conquista” que lleva a algunos varones a “tener una arriesgada conducta sexual” que culmina en embarazos con múltiples mujeres, dice Aldwin Allen, Director del programa. La agenci cuenta con una subvención federal para llevar a cabo un estudio longitudinal del programa. “Necesitamos crear un entorno seguro para tener estas conversaciones con los hombres”, agregó.
Autoestima y autovaloración
El Departamento de Servicios Sociales (DSS) gasta unos $2 millones anuales en programas de prevención del embarazo adolescente en 13 comunidades donde el número de madres adolescentes sobrepasa el promedio estatal.
“Estos programas ayudan a los adolescentes a desarrollar su propia autoestima y autovaloración para así poder tomar mejores decisiones y observarse desde fuera de la comunidad”, dice LoriBeth Young, principal analista de planificación en el Bureau of Aging, Community and Social Work Services del DSS.
“Los adolescentes que viven en el limitado entorno de las comunidades, a menudo tienen dificultades para verse fuera de las pocas cuadras en que viven, a menos que se les muestre que es posible. No se ven ellos mismos con un futuro brillante”.
Jessica Valentín, de 28 años y madre de cuatro niños, tuvo tres de ellos antes de cumplir los 20 años. Hoy, Jessica trabaja como asistente de enfermera certificada y es una antigua colaboradora del programa M.O.M.S. ofrecido por el Hospital for Central Connecticut de New Britain, el mismo programa que la orientó cuando ella se convirtió en madre adolescente.
“Este programa me ayudó a crecer como una mujer fuerte e independiente, capaz de cuidar a mis hijos y orientarles por el camino que espero sea el correcto, para que no se vayan a equivocar al elegir el propio”, dice ella. “Las adolescentes salen embarazadas por muchas razones. Mi madre fue la principal porque era una madre soltera criando a cinco hijos, de manera que siempre estaba fuera, trabajando. Yo estaba sola y buscando amor y cuidado cuando encontré al padre de mis hijos. No entendía las consecuencias de mis actos”.
Jessica dice que los padres “necesitan ser más abierto y comenzar a educar a sus hijos temprano para que así puedan pensar por sí mismos”, aunque las conversaciones puedan ser difíciles. “A veces las chicas salen embarazadas porque son violadas, pero la gente no habla del abuso”, dice ella.
Los programas sociales comunitarios siguen siendo las maneras más efectivas de llegar a los adolescentes, dice la Dra. Leticia Marulanda, Directora de programas del Hispanic Health Council in Hartford. Ella hace notar iniciativas que se llevan a cabo ahora que destacan información basada en la evidencia e intensos servicios personalizados dirigidos a los adolescentes en sus hogares, en clínicas establecidas en escuelas y en organizaciones comunitarias. Estas iniciativas exigen entrenamiento transcultural de trabajadores sociales, educadores y otros.
En Hartford, un esfuerzo con $4.5 millones en fondos federales y conocido como “Breaking the Cycle” (Rompiendo el ciclo) tiene como objetivo reducir el embarazo adolescente en un 10 por ciento. Otros $1.9 millones de fondos federales para el programa Support Pregnant and Parenting Teens (apoyo a madres y padres adolescentes), está dirigido a chicos y chicas en las cinco ciudades de Connecticut con la mayor tasa de embarazo adolescente y abandono de la escuela secundaria, a saber, Bridgeport, Hartford, New Britain, New Haven y Waterbury. En esas ciudades se produce la mitad de las madres adolescentes.
“Estamos cambiando el mensaje dirigido a los jóvenes, y en lugar del clásico ‘se han portado mal y tienen que redimirse’ por uno más positivo e incluyente, con respaldo que ayuda a los adolescentes y sus niños a avanzar en medio de este crucial período de sus vidas”, dice Grace Damio, Directora de investigaciones y servicios del Hispanic Health Council, que provee formación transcultural y creó un portal de Internet para madres y padres adolescentes.
Marulanda dice que el alto número de nacimientos entre los hispanos se debe en parte a creencias religiosas y culturales que desestimulan los abortos. ‘Las hispanas tienden a mantener el embarazo y por eso el número de nacimientos entre ellas es mayor”.
Jennifer Colón, que trabaja como visitante con la red Nurturing Families Network (NFN), dice que las adolescentes como Yanisha Claudio son “de las dichosas” porque tienen el respaldo de la familia. “Conocemos de casos en que los niños son víctimas de abuso y negligencia obligando al estado a intervenir”, dice ella.
Las adolescentes representan la mitad de las madres en NFN, un sistema estatal que provee visitas a los hogares, educación y apoyo a las madres primerizas, en situación de alto riesgo y a sus niños, durante cinco años. Algunas escuelas tienen programas de apoyo para madres adolescentes, que incluyen servicio de guardería.
En la escuela Wilbur Cross High School de New Haven, las adolescentes pueden asistir a clases parentales y a una clínica mientras sus niños van a una guardería certificada que da seguimiento a las etapas del desarrollo. El día comienza temprano en el Elizabeth Celotto Child Care Center, a medida que llegan las adolescentes con bebés y niños en un brazo y asientos de carros y bolsos de libros en el otro.
“Me siento maravillada de estas jóvenes”, dice Lorraine DeLuz, Directora del centro. El año pasado todas (excepto una) se graduaron y más de la mitad fueron aceptadas en centros universitarios y en programas de especialización.
Maria Damiani, Directora de salud infantil y materna (Maternal Child and Family Health and Wellness) del New Haven Health Department, considera las clínicas de salud establecidas en escuelas como el vehículo ideal para proveer información reproductiva y servicios a alas adolescentes. “Las clínicas de salud establecidas en escuelas proveen un cuidado alternativo de parte de enfermeras que conocen a los niños. Es un entorno seguro y saludable en el que las estudiantes pueden hablar abiertamente sobre lo que pasa en sus vidas”.
Esperanza a través de la intervención temprana
RoseAnne Bilodeau, Directora ejecutiva de Pathways/Senderos Center en New Britain, ve esperanza en el “ejército de feministas” entre las hispanas del programa de prevención del embarazo adolescente. “Es notable ver lo que pasa cuando las chicas que vienen de un entorno difícil creen que es posible hacer algo con sus vidas y comienzan a darle curso a esa energía”, dice Bilodeau.
Entre las que han encontrado su voz está Alondra Vásquez, una chica del octavo grado del programa Pathways. “Honestamente, pensaba que tendría un bebé a los 14 o 15 años porque eso es lo que se hace”, dijo Vásquez. “Tanto los chicos como las chicas presionan mucho con el sexo, pero sobre todo los chicos, que te dicen que te pegarán o te dejarán a menos que tengas sexo”. El aprendizaje acerca de las realidades de devenir sexualmente activa a una edad temprana le hizo cambiar su forma de pensar.
“Ahora pienso que esperaré hasta que tenga un buen trabajo y pueda ocuparme de mi bebé”, dice ella.
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Magaly Olivero es una periodista independiente que trabaja para el Conn. Health Investigative Team. Para leer acerca de los programas que se ofrecen a las adolescentes, visitar: www.c-hit.org











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