lunes, 06 feb 2012

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La Voz de Conneticut

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Vivir en la selva

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Ya no visten con taparrabos ni cazan con cerbatanas. Los indígenas de la Amazonía peruana no responden al estereotipo romántico del buen salvaje porque llevan "jeans" y surcan sus ríos en lanchas con motor y no en canoas. Muchos ya sólo hablan castellano, han olvidado las milenarias lenguas de sus pueblos.

Pero tampoco les ha vencido la modernidad. Sólo así puede explicarse la brutal erupción de cólera y violencia que estalló el pasado 5 de junio en la remota localidad selvática de Bagua, cuando unos indígenas que protestaban por unas concesiones petroleras se encararon a la policía y en los enfrentamientos a tiros y a lanzazos murieron 34 personas, 24 de ellos agentes.

La selva peruana y sus secretos han sido violados en el pasado por los madereros y los buscadores de oro, cuyo relevo tomaron en el siglo XX las compañías petroleras y gasísticas. Las petroleras tienen tal nivel de penetración e influencia que, como dijo hace meses el líder indígena Alberto Pizango, "están destruyendo en pocos años estructuras sociales, costumbres y estrategias de convivencia que tienen miles de años".






LA ATRACCIÓN DE LA VIDA MODERNA.

Perú es el segundo país del mundo con mayor porción de territorio amazónico, tras Brasil. Se calcula que viven en las selvas peruanas unos 400.000 indígenas más o menos aculturizados: cuando más cerca está una ciudad, como Iquitos, Yurimaguas o Pucallpa, más atracción ejerce la vida moderna, mientras que río arriba se conservan mejor las tradiciones, pero también se desconocen los derechos y se vive esclavo de la ignorancia.

Los shawis o chayahuitas (como los llamaron los españoles) son un ejemplo de cómo un pueblo lucha por sobrevivir y por no perder el tren de un Perú que se transforma a toda velocidad, pero tampoco quieren abandonar una forma única de ver el mundo.

Viven río Paranapura arriba desde la ciudad de Yurimaguas. Como todos los pueblos amazónicos, sus poblados de madera y caña se despliegan en las riberas del río, único canal de comunicación con el mundo. Como sus vecinos, han vivido durante siglos de lo que cazaban y pescaban, aunque las aguas y las selvas están tan esquilmadas que cada vez dan menos alimentos.

Ya los shawis no hacen ascos a las sacas de arroz, frijoles y leche en polvo que envía el Estado a través del Programa Nacional de Alimentos y que cada mañana se cocinan en una olla común en el patio de la escuela, constituyendo muchas veces el principal alimento de los niños, tan numerosos que hacen evidente el fracaso de cualquier política de planificación familiar.

Los shawis piden ahora escuelas y centros de salud para curar mejor a sus niños, piden incluso computadoras para sus jóvenes cuando no tienen ni siquiera una red eléctrica.

Pero al mismo tiempo se aferran a su lengua, ahora enseñada en las escuelas por maestros nativos, se pasan el día tomando "masato" (bebida de yuca fermentada gracias a la saliva) y todavía confían en sus brujos y chamanes, únicos capaces de calmar sus demonios con ayuda de la mítica ayahuasca, la raíz alucinógena que fascinó a la "generación beat" siempre ávida de viajes y tránsitos.

PERVIVENICA DE RITOS, CANTOS Y OFRENDAS.

El Estado, tradicionalmente ausente de estas regiones del Amazonas, hace lo que puede por integrarlas, aunque sus políticas no siempre sean del gusto de los antropólogos "puristas". Desde hace pocos años, las familias que no puedan acreditar ingresos mínimos (es decir, casi todas) reciben al mes una ayuda de 100 soles (35 dólares), cantidad nada desdeñable en estas tierras. Para recibir la ayuda, una familia debe demostrar que escolariza a sus hijos, que los lleva al centro de salud y los vacuna, y a veces se les exige incluso que levanten sus fogones del suelo y cocinen así a cierta altura para conseguir una alimentación más higiénica.

Pero el Estado no es la única institución "moderna" en llegar por estos pagos. Los misioneros evangélicos llegaron antes y han ejercido una considerable influencia sobre los shawis y sobre los indígenas amazónicos en general. Estos evangélicos no son como los católicos, presentes en estas tierras desde hace siglos. Los católicos, aquí como en otras partes, construían sus templos e intentaban integrar a los dioses locales con el panteón cristiano, permitiendo la pervivencia de ritos, cantos y ofrendas a la madre tierra y a los ríos.

Los evangélicos y baptistas, de procedencia anglosajona y que se creen realmente investidos de una verdadera "misión" de propagar la palabra de Dios, se propusieron cambiar las costumbres bárbaras, y poco a poco acabaron con los cánticos vernáculos y con las ropas consideradas estrafalarias e indecentes, pero junto a eso horadaron pozos de agua y enseñaron nuevas técnicas agrícolas.

Hoy en día los shawis guardan sus "ropas de nativos" para ponérselas en las ocasiones, y se pintan la cara cuando saben que vienen turistas o delegaciones desde la remota Lima. Siguen hablando su lengua y agradecen, o exigen según los casos, que el Estado proporcione a sus hijos educación en su idioma.

Cuando tienen dolores o fiebres, acuden al chamán para que les calmen con alguna hierba o raíz, pero si se fracturan un brazo corren al centro de salud a entablillarlo.

Todo lo que daba la Pachamama o Madre Tierra, ahora hay que buscarlo río abajo, en la ciudad. Desde allí llegan los clavos y las linternas, el calzado y la ropa, las cervezas y el aceite. El trueque está desapareciendo, el dinero penetra silenciosamente en todos los hogares. Solo falta la televisión. /EFE-REPORTAJES.


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JUAN DANIEL BRITO

Una colección de textos poéticos y narraciones en la que describe el efecto que tiene en la conciencia del escritor, el ser testigo de un momento en la historia del planeta en que todo parece concluir y cuando las palabras “definitivamente,” e “irreversible,” son rechazadas por las personas a través de múltiples mecanismos de negación; pero siguen presentes cada día a través de los intensos fenómenos sociales, espirituales, y ecológicos que sufre la humanidad.