Te escribo para que sepas que, aunque aún tengo dentro mí muchas y muy grandes diferencias contigo, hoy por hoy ya no te guardo rencor. Al menos no el mismo rencor de antes, que, créeme, era mucho.
Sé que mi madre ha vuelto a tu lado y eso, lejos de hacerme sentir mal, me alegra. Me alegra porque sé todo lo que ella te ama. Y si es su decisión regresar a casa contigo, sólo me queda apoyarla.
Lamentablemente el tiempo y la distancia me han hecho ver que entre tú y yo no habrá ya la misma relación que alguna vez hubo. Sería imposible y además, honestamente, no me interesa retomarla o intentar recuperarla. Tú tienes tus ideas y yo las mías, tú actúas de una manera y yo de otra. Está bien así, ya comprendí que cada persona es dueña de sus acciones y de sus propias limitaciones. Tienes la suerte de que no soy quién para juzgarte: ni siquiera tu hijo.
Te pido, eso sí, que no vuelvas a hacer infeliz a mi madre. No la arrastres nuevamente hacia la desesperación. Cuídate mucho de no hacerla llorar o de siquiera intentar ponerle una mano encima. No esperaría ni un sólo día para volar hasta Perú y sacarte la mierda, tarea que por lo demás tengo pendiente.
II
Creo que usted nos debe más que su mutismo. El silencio en el que ha optado por refugiarse más que una forma de sanar la ofensa cometida es una guarida que le permite, además de gozar de una tranquilidad inmerecida, tramar nuevos ataques a pequeñas indefensas. Muy astuto de su parte hacer que el tiempo corra mientras usted permanece con perfil bajo, a la espera de que pase la marea y se lleve toda la decepción y el dolor que le causó a la familia su mal proceder.
Pero créame, en esta ocasión no sucederá según sus cálculos. No habrá tiempo que nos saque de la cabeza el recuerdo de verlo a usted tratando de seducir a una pequeña de ocho, nueve años. Sospecho que no se lo imagina, pero eso fue un golpe durísimo para todos los que lo apreciábamos y lo respetábamos y lo teníamos como un familiar querido.
Este suceso ha dividido a la familia de manera irreconciliable. Su esposa lo apoya y ha hecho oídos sordos de las denuncias y comentarios. Se ha distanciado y encerrado en el mismo mutismo que usted. No deja de sorprenderme. Es cierto que es casi nuestro deber apoyar a los nuestros en momentos difíciles, pero cuando el error es evidente, y, además, de un calibre harto considerable, lo que debemos hacer es tomar parte por la verdad y la justicia. Callar o tomar partido por los seres que amamos a pesar de que éstos han cometido un grave delito sólo nos convierte en cómplices
¿Tiene usted conciencia de lo que ha hecho? ¿Es su silencio producto de la vergüenza también? Es muy probable. Sin embargo, le repito, no con eso sanará las heridas. En realidad, haga lo que haga ya no podrá hacerlo.
Pero al menos sería una muestra de hombría reconocer su error y pedirle disculpas a la familia abiertamente. Creo que es lo que debería hacer. Éso, y buscar ayuda psicológica.
III
Empezaré por, quizá, el motivo principal de mi carta: no soy gay. Aclarados en este punto, paso al siguiente: deja de enamorarme, de seducirme, de coquetearme. No soy gay, pero si lo fuera tampoco serías mi tipo. Eres gordo, fofo, sin gracia. Eres, sí, un gran amigo. No confundas las cosas, no intentes desviarlas porque, sin querer, sin darte cuenta quizá, estás dañando una de las pocas amistades que han sobrevivido a mi forma de ser.
Siendo la gran persona que eres, te mereces alguien que te quiera como eres. No mendigues por amor, ni por atención, ni por un poco de cariño. Quiérete. Te repito: eres una gran persona. Pero serías incluso mucho mejor si caes en cuenta del papelón que haces cada vez que intentas comprar el cariño de tus amigos con regalos o con dinero camuflado como préstamo.
Tal vez la dureza de mi carta te tome por sorpresa. Pero me conoces y sabes que, precisamente porque te tengo confianza, me atrevo a ser todo lo feroz que en realidad soy. Y sabes también que no es por maldad que te digo todas estas cosas. Son simplemente las ganas que tengo de que reacciones y dejes de actuar de una manera a veces denigrante, a veces ridícula.
Te digo todo esto porque, huevón, eres mi amigo y te quiero.
IV
Créame: es muy difícil comenzar esta carta. No sólo porque es usted mi escritor favorito, también porque, amén de la casi veneración que le profeso, es usted un premio Nóbel, ni más ni menos. Sé que su lengua natal es la portuguesa, y aunque he tratado por todos los medios de escribirle en portugués (buscando amigos que conozcan su idioma, usando diferentes traductores en internet), decliné en el intento. Sé que su dominio del español no es menor y que podrá entenderme con claridad.
Primero tendría que agradecerle por todos los libros que ha escrito, pero sobre todo por dos: El evangelio según Jesucristo y Ensayo sobre la ceguera, no necesariamente en ese orden. Usted me salvó la vida. Lo digo en serio. En una época bastante oscura descubrí lo maravilloso de su prosa y mi vida dio un giro inesperado. A partir de ahí he leído todo lo que ha escrito. Todo.
Miento. Aún me falta leer su libro de poemas. A dios no se le puede mentir. Pero sí se le puede pedir favores. Si me animé a escribirle fue, sobre todo, por el deseo de pedirle que lea algo de lo que aquí le envío, y que será, con suerte, algún día, una novela.
Y no acepto un no por respuesta. Léame. Por lo que más quiera. Léame, por el amor de Dios aunque no exista.









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