lunes, 06 feb 2012

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La Voz de Conneticut

jSharing - JA Teline III

El árbol

El árbol en medio de la plazoleta había aparecido casi imperceptiblemente, sin que nadie lo notara. Sólo mucho después, al ver esa forma extraña que había adoptado -el de una muchacha doliente-, los vecinos repararon en él. Y aunque despertaba curiosidad, no por eso se salvaba del descuido y los malos tratos. Ya nadie lo recordaba, pero en ese mismo lugar se había perpetrado un crimen atroz que, de vez en cuando, volvía a la memoria del único testigo.
Ramiro trata de llevar una vida normal aunque por dentro un recuerdo lo carcome. Y en noches como ésta, en la que ha bebido un poco más de la cuenta, ese recuerdo se instala en él decidido a no irse. Ramiro decide fumarse un cigarro y va hacia la ventana de su habitación. La noche es todo silencio. Arriba, la luna ilumina todo con un fulgor diferente.

La luna, piensa Ramiro, vieja compañera. Cuántas noches no las ha pasado de esa misma manera, apoyado en su ventana, cigarro en mano, viendo a la luna, pensando, recordando. Esta noche es una más. Pero esta noche escucha que alguien menciona su nombre, una voz extraña que lo llama. Ahora que lo recuerda, ya antes había escuchado esos sonidos, aunque esta noche distinguió su nombre claramente. Voltea para ambos lados y trata de averiguar quién puede ser. Nadie, no ve a nadie. Y sin embargo vuelve a escuchar que lo llaman. Ramiro... Ramiro...

Decidido a descubrir al bromista, sale de su habitación y baja las escaleras a toda prisa. Sale a la calle y casi corriendo cruza la pista. Es tarde en la noche y hace más frío del que imaginaba. Ramiro da unos pasos más, nervioso, tratando de observarlo todo. Pero no descubre a nadie. Trata de calmarse, se siente agotado. Ya no soy el mismo, se dice. Mira un par de veces más para los lados, como para cerciorarse de que nadie le ha tomado el pelo. Luego voltea y se topa cara a cara con una muchacha pálida como la muerte.
- ¡Mierda! - es lo primero que se le escapa a Ramiro. - Oye disculpa, me asustaste - explica después, mientras la muchacha sólo mira. - ¿Estás bien?

Quién es esta loca, piensa Ramiro. Por qué me pasan estas cosas a mí, piensa después. Que se vaya a la mierda, piensa finalmente.
- Bueno, me tengo que ir - le dice, mientras la observa más detenidamente -; buenas noches - agrega alargando las palabras, como si la reconociera de algo-, espera, tú... yo a ti te conozco - el rostro de Ramiro se llena de terror - tú, tú, ¡tú! - casi grita, señalándola con el dedo, retrocediendo unos pasos.
- Yo - habla la muchacha. Su voz es espantosa. - Aún te acuerdas de mí.
- Lo lamento, lo lamento - dice Ramiro, horrorizado. - Lo lamento tanto.
- ¿Qué lamentas? ¿Lo que me pasó? ¿Lo que tú no hiciste por cobarde?
- Lo lamento - repite Ramiro, casi al borde del llanto. - Yo era casi un niño, no pude ayudarte.
- ¡Mientes! No eras un niño. Y sí pudiste ayudarme. Te lo pedí, te lo supliqué. ¿Recuerdas? ¡Recuerda!

Entonces Ramiro se ve más joven, no un niño como dice él pero sí adolescente, diecisiete, dieciocho años. Es pasada la medianoche. Está regresando a casa de alguna juerga, borracho y un poco volado. Sólo tiene que cruzar el terreno baldío, donde a veces algunos muchachos se juntan a jugar fútbol o, en las noches, a beber licor. Al otro extremo ve un tumulto, cuatro o cinco muchachos de pie arengando o azuzando a alguien. Debe ser una pelea, piensa Ramiro, y decide ir a ver.

Ya de cerca se da cuenta que no se trata de una pelea. Los cuatro o cinco hombres están alentando a otro, que está encima de una muchacha. Están borrachos. Ramiro ve el rostro y las piernas bañadas en sangre de la chica, y se asusta. Se queda paralizado. Ella lo ve, apenas puede pedirle ayuda porque vuelven a taparle la boca. Los que están de pie voltean y lo ven.
- Vete, mierda - escucha Ramiro, pero no deja de ver a la muchacha, la angustia en sus ojos, su desesperación.
Uno de ellos se acerca a él amenazante y lanza golpes al aire, como para espantarlo.
- ¡Largo de aquí o te haremos lo mismo que a ella! - le grita otro, y todos se ríen. Ramiro ve una vez más a la chica, quien sin duda le suplica algún tipo de ayuda, pero da media vuelta y se va.
Al día siguiente el vecindario encontró el cuerpo quemado de una mujer. Había sido violada muchas veces. Poco tiempo después la alcaldía, oyendo las quejas de los vecinos, decidió construir una plazoleta. Y después apareció el árbol, aunque nadie recordaba con exactitud cuándo ni quién lo plantó.

- Recuerdas, ¿verdad? - pregunta la muchacha, despertando a Ramiro de lo que era para él una pesadilla.
- Todo, lo recuerdo todo... ¡Perdonáme!
- ¡Jamás! Tú fuiste uno de ellos. Lo permitiste, fuiste cómplice.
- ¡No, no, no! Yo quise ayudarte, pero eran muchos... Por favor, perdóname - suplica Ramiro, sintiendo, extrañamente, que sus pies se van enraízando a la tierra. Ve con horror que se va convirtiendo en árbol.
La muchacha, con una sonrisa maligna en los labios, lo mira con asco y repudio, indiferente a sus ruegos.
- ¡No, por favor! - se arrodilla Ramiro pidiendo perdón o ayuda, las lágrimas cayéndole por el rostro. - Basta, para por favor - le dice, cuando ve que tiene medio cuerpo transformado.
Ella le extiende una mano. Él trata de tomarla, desesperado.
- Perd... - intenta decir, pero no puede culminar la palabra.

Al día siguiente, en medio de la plazoleta hay un tronco seco que tiene la forma de un hombre arrodillado pidiéndole perdón a una mujer. Nadie parece notarlo.

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JUAN DANIEL BRITO

Una colección de textos poéticos y narraciones en la que describe el efecto que tiene en la conciencia del escritor, el ser testigo de un momento en la historia del planeta en que todo parece concluir y cuando las palabras “definitivamente,” e “irreversible,” son rechazadas por las personas a través de múltiples mecanismos de negación; pero siguen presentes cada día a través de los intensos fenómenos sociales, espirituales, y ecológicos que sufre la humanidad.

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