jueves, 09 feb 2012

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La Voz de Conneticut

jSharing - JA Teline III

Discriminación = inferioridad mental

Hace poco, en un bar de Hartford, donde me hallaba mitigando penas de amor, o aclarando algunos nuevos sentimientos traviesos, me encontré con una amiga boricua que, luego de los saludos de rigor, me espetó que le habían dicho que yo era racista o al menos bastante discriminador, debido a mi actitud generalmente reservada y abierta sólo para unos cuantos. Mi reacción, estoy seguro, fue más allá de lo que mi confundida amiga podía esperar: no fue un “De ninguna manera” o un “¡Qué ocurrencia!”, sino un indignado y poco elegante: ¿Quién mierda dijo eso?”

Pasada la irritación inicial, le expliqué, ya con una sonrisa amistosa, que mi actitud obedecía más a una característica de mi personalidad que a estúpidas ideas sobre superioridad racial. Entre todos los defectos que tengo no se halla el del racismo o la discriminación. Pero el comentario de mi amiga me hizo recordar una nefasta anécdota que pasé cuando joven, y que incluí en una novela corta que escribí hace unos años atrás. Se las cuento tal cual la escribí, para que se indignen o se rían:

Luego de mucho insistir, me convenciste para que te acompañara a llamar a tus padres, a los que imaginabas medio preocupados y totalmente molestos por no haberlos llamado no bien pisaste tierras cusqueñas, tal y como les habías prometido en Lima, e ir, como paseando, así como quien mata la tarde, a visitar a tu tía, que aquí entre nos, negro, tiene una casa regia, bien amoblada y con todos los lujos, pero un genio de bull-dog. Efectivamente su casa era linda, y tal como lo dijiste, tu tía no era precisamente un pan dulce, pude entender el porqué nunca me habías hablado de ella, era harto amargada y no hacía el menos esfuerzo por disimularlo, ninguna comparación con su esposo, todo un caballero, de quien sí guardo un recuerdo grato, y tu prima Camila, veintiañera de ojos pícaros y lengüita loca (ya te contaré por qué). Pasé una tarde poco feliz en casa de tu tía (y déjame decirte aquí entre nos, Gitana, que tu tía no sólo tenía el genio de bull-dog, también tenía la cara de bull-dog, una muestra de lo cruel que puede llegar a ser la naturaleza a veces), a pesar de los chistes de tu tío, quien era todo un comediante y se lanzaba chiste tras chiste, y yo me reía de lo lindo, pero luego veía la cara de tu tía y entonces ya no me daba tanta risa, y a pesar, también, de esas miradas furtivas que nos dábamos tu prima y yo, así como quien no quiere la cosa, y puedo apostar dinero a que nadie se dio cuenta de esas miradas que nos lanzábamos y en las que nos revelábamos las crecientes ganas que nos teníamos el uno al otro; realmente una tarde para el olvido, y tú bien sabes porqué, no es necesario que te recuerde lo malcriada y grosera que fue tu tía conmigo por el simple hecho de ser ¡negro! Porque tu tía no sólo era amargada (y fea), era también racista, odiaba a los negros, y me lo hizo saber sin ninguna muestra aparente de remordimiento, al menos la hipocresía no estaba entre sus características -algo hay que decir en favor de tu tía-; fue la suya una cuchillada artera, que nos dejó a todos sorprendidos porque quién esperaba que dijera que yo no le había caído bien desde que me vio, y no es nada contra ti, hijito, pero a la gente de color la prefiero bien lejos de mi casa. Pude haber intentado una defensa tipo señora, en esta época globalizada, discriminar a una persona por su color de piel, credo, o simplemente por su sexualidad, es una clara muestra de ignorancia y de la más absurda intransigencia; un hombre es bueno o malo no por su color de piel sino por los valores morales que rigen su vida, un ser humano es respetable no por su raza o nacionalidad sino por sus acciones y por sus logros, pero al parecer esto es muy difícil de comprender para personas que piensan que la piel blanca es un distintivo de superioridad; la cultura, el respeto y la decencia, no son atributos que se otorgan arbitrariamente, son triunfos a los que puede aspirar todo hombre sin importar que sea blanco, negro o amarillo; a mí me tocó ser negro y estoy orgulloso de serlo, pero más orgulloso estoy de ser un hombre con principios; felizmente, y tras largos años de lucha, quedan pocas personas que, como usted, señora, rechazan a los negros por ser negros, como si ello limitara nuestras capacidades, sea motivo de vergüenza, o signifique un grave defecto físico. Pero no lo hice, hubiese sido darle demasiada importancia a algo que no valía la pena, y si bien es cierto que por dentro estaba enojadísimo, traté de guardar calma, el que se pica pierde dicen, y me despedí, impasible, de tu tío y de Camila, deseando secretamente que tu tía contraiga una enfermedad irreversible. Después supe, por intermedio de Camila, que tú, Gitana, sí le dijiste sus cuatro verdades a tu tía, frases de grueso calibre, y saliste de ahí llorando, enojada y avergonzada por lo sucedido. Discúlpame, negrito, jamás imaginé que esto podía suceder; pero se pasó de estúpida mi tía, ¿no crees?, cómo es posible que te haya tratado así por ser negro, tan ricos que son los negros. Era mejor olvidarse del asunto, borrar el casete, para qué amargarse por minucias si la vida es tan fugaz que cuando menos lo esperas, pum, tienes ochenta años encima y te das cuenta que perdiste tus años mozos y que en cualquier momento chau, buenas noches los pastores, te están velando y llorando tu entierro. Mejor olvidarse e ir a la discoteca Kamikaze (y que a tu tía un burro se la cache).


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Invocación a los Regresos

JUAN DANIEL BRITO

Una colección de textos poéticos y narraciones en la que describe el efecto que tiene en la conciencia del escritor, el ser testigo de un momento en la historia del planeta en que todo parece concluir y cuando las palabras “definitivamente,” e “irreversible,” son rechazadas por las personas a través de múltiples mecanismos de negación; pero siguen presentes cada día a través de los intensos fenómenos sociales, espirituales, y ecológicos que sufre la humanidad.

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