Al parecer, los sucesos del jueves 30-S han demostrado un gobierno que figura ser frágil y que puede ser azotado por menos de mil policías.
Todo es tan confuso, imaginémonos un Presidente que no manda en su propio país, pues fue incapaz de salir del recinto donde él mismo dijo que pocos policías lo tenían “secuestrado”, con nada más que gases lacrimógenos y vetustas pistolas. Hasta la subteniente Karina Gutiérrez Bohórquez y el mayor del Ejército Robert Vargas Borbúa, hija y primo del ex mandatario Lucio Gutiérrez respectivamente, tuvieron su “guión” en el polémico operativo de rescate del presidente de la República, Rafael Correa.
“Hay dos tipos de patriotas: el que ama a su país y el que ama al gobierno de su país. Lógicamente los gobiernos consideran más patriotas a estos últimos.” Jaume Perich.
Sin embargo, para muchos lo mal visto es que el mandatario no valoró bien la situación y puso en riesgo su integridad y la estabilidad del país. Por más buena voluntad y coraje principesco, no es saludable que sea el propio presidente el que intente aplacar una huelga o poner punto final con una lucha social reivindicativa, como la han calificado ciertos sectores. “La forma en que se manejó el tema exasperó los ánimos, la situación se degeneró y estuvo en riesgo la institucionalidad”. Según Ayala Lasso, diplomático ecuatoriano de egregio prestigio.
Después vino, lo que nosotros sabemos: un grupo de policías en “sublevación”, secundados por uno que otro militar que quiso pescar en río revuelto, desconociendo la Suprema Ley del Estado, cuyo texto constitucional, según Art. 159 establece que las Fuerzas Armadas y Policía Nacional serán obediente y no deliberantes, así como manifiesta el total sometimiento de los uniformados al poder Civil y a la Constitución. No obstante, aparecieron exigiendo que se respete sus derechos adquiridos, a esto se sumaron también los reclamos de que se derogue el veto al proyecto de Ley Orgánica de Educación Superior, y a la Ley del Servicio Público, que afectan principios y derechos, como la autonomía universitaria y promueve la remoción de miles de trabajadores del sector público.
Sin embargo para algunos alineados al oficialismo, todo estuvo muy bien montado para ser una simple “sublevación”. Mucha “coincidencia” que, todo sucedió, mientras el Presidente estaba como “rehén” de los policías en el hospital, el Vicepresidente no había regresado al país de su participación en la Asamblea General de la ONU, y el Presidente de la Asamblea Nacional tampoco estaba en el Ecuador. Hubieron “varias acciones coordinadas que querían crear el caos con el pretexto de que se habían quitado beneficios económicos a la policía nacional y a los militares”, algo “falso” según el jefe de Estado que también anunció una “profunda depuración de la Policía Nacional” tras lo que definió como “un intento de golpe de Estado”.
Queda para el análisis si esta “insubordinación policial” o “intento de golpe de estado” fue solo por un reclamo laboral, o realmente hubo afán de derrocar al presidente. Lo que sí está demostrado es que quienes tienen la fuerza en el Ecuador son los militares y esta vez el ejército no quiso tomar el poder político.
Algo que circunda en el país se demostró; que la propia sociedad civil, no tuvieron otra opción que presenciar en su gran mayoría a través del Ecuador TV de control del Gobierno, escenas de movilizaciones a favor del Gobierno e incluso opiniones de personajes políticos apoyando al Régimen y al Presidente, y que ya no tiene capacidad de reacción. Se apagaron todas las señales independientes, y los periodistas se replegaban ante la embestida del Gobierno con decreto firmado a usanza.
Al final, los sarcásticos nigromantes con bola de cristal en mano, dicen que esto ha sido lo mejor que le podría haber pasado al régimen de Correa, que se dará un bañito de popularidad, mientras sacarán portada de las escenas campanudas citando a la muerte, pero que el descontento popular seguirá, por lo tanto resultará una victoria del Rey de Epiro, en un país dividió donde “no habrá perdón ni olvido”.








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