lunes, 06 feb 2012

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La Voz de Conneticut

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Golpistas hondureños amenazan cimientos democracia continental

A Fidel Castro, a la altura del año 1960, se le comenzó a acusar de «haber engañado a todo el mundo» por «haber escondido que era comunista». A partir de entonces comenzaron a tejerse las más variadas leyendas, «el comunista es Raúl», «El Che es quien lo ha metido en eso», «Fidel era un agente encubierto de Moscú», en fin, circularon todas las versiones posibles.

En realidad, el «comunismo» de Fidel llegó de las manos de la intolerancia estadounidense: Fidel o se alineaba con los «rojos» (Moscú y Pekín) o se lo tragaban la United Fruit y demás. Igualito como habían hecho menos de una década antes con Jacobo Arbenz en Guatemala.

Quien sí parece haber engañado a algunos es el presidente de Honduras, Manuel Zelaya. Este líder es un terrateniente, empresario, jefe de un partido conservador, gracias al cual llegó a la presidencia, luego de haber sido ministro sin sorpresas de un gobierno tan conservador como se esperaba que sería el suyo.

Dos años después de haber sido electo presidente, Zelaya «se destapó» como izquierdista, para sorpresa aparente del propio Chávez y de los dirigentes cubanos, inscribiendo a su país en el ALBA que, como se sabe, es la alternativa bolivariana (chavista) a los acuerdos comerciales tradicionales. No solamente eso, el hombre comenzó a pronunciar discursos «antiimperialistas» y a fustigar a Estados Unidos, y a promover reformas que aunque en principio justas, también tenían su dosis de irrazonables.

Una vez descubierta su vocación «redentora», Zelaya se da cuenta de que su llegada al poder no fue resultado de un movimiento revolucionario, ni siquiera de líneas programáticas progresistas. En ese sentido, su sorpresivo viraje dejó fuera de balance a quienes hasta ese momento habían sido sus aliados, incluyendo a sectores de los mandos militares. Pero para el presidente hondureño se trataba igualmente de priorizar sus alianzas en función de las ventajas que generaran para su país, que es pobre. Cada gobernante tiene sus problemas y su manera de tratar de resolverlos.

En ese contexto, se produce el llamado de Zelaya a la famosa «encuesta» o «consulta», que el nombre no importa. Como su propuesta no era simpática para sus opositores, se pensaba que Zelaya contaba más que con su esposa, hijos y algunos fieles para lanzarse a desafiar a los estamentos del poder, entre los cuales el ejército. Aparentemente no era el caso ya sabemos lo que pasó al presidente hondureño.

Pero si algo torpe fue Zelaya lo de sus opositores rompe marcas. Solo le ganan los indigentes opositores venezolanos a Chávez. Haciendo gala de indecorosa desesperación y de una pasmosa falta de imaginación no solamente cogen al presidente en piyama y lo lanzan en la pista de un aeropuerto extranjero, sino que hasta leen «su renuncia», lo destituyen en ausencia, le acusan ahora de narcotraficante, y es posible que hasta su nietecita sea encauzada por algún delito. Por último, el grupo de golpistas le acusa de haber «violado la ley». ¡Como si fuera legal atropellar a un presidente y expulsarlo a patadas de su país!

No faltan uno que otro articulista o editorialista, sobre todo en la prensa norteamericana (¡Ay esas viejas obsesiones! Antes con Fidel Castro y ahora con Chávez) para, aunque condenando el golpe, «cargarle tanto el dado» a Zelaya que a final de cuentas viene siendo el único culpable del atropello de que han sido víctima él, Honduras y toda la región. El Wall Street Journal llega más lejos y dice que el atropello a Zelaya, fue un acción legal ordenada por la Corte Suprema. Claro, como nunca han sufrido ellos dictaduras militares, que les importa que en una república bananera la gente se mate.

El golpe a Zelaya se parece bastante el que le dieron en septiembre de 1963 a Juan Bosch en República Dominicana: un grupo de «notables» se asocia con el ejército y deciden derrocarlo, enviarlo al exterior y luego acusarlo de corrupto y de cualquiera otra de las acusaciones en boga en aquellos años de Guerra Fría. Ya se sabe lo que pasó menos de dos años después de aquella aberrante aventura, una guerra civil, miles de muertos una intervención militar extranjera.

El recurso a las supuestas ilegalidades incurridas por Zelaya es una falacia; a él le queda apenas medio año para terminar su gestión y la constitución de Honduras establece claramente el método para deshacerse de un presidente que no cumple adecuadamente sus funciones: se elige a otra persona. Por lo demás, el ascenso de Zelaya a la presidencia de la república no se produjo por la puerta de atrás ni protegido por la oscuridad de la noche. Ese es el recurso que le quedó a quienes complotaron para derrocarle y así violar las leyes, la constitución e intentar retrotraer a nuestra región a los días aciagos de las asonadas militares.

Esta disyuntiva es ideal para que Estados Unidos recupere la sintonía con América Latina y el Caribe. Ni un solo gobierno de la región ha avanzado atenuante alguno para los aventureros golpistas hondureños. La unidad de toda la América, desde el norte hasta el sur, debe ser una sola para frenar las apetencias desbocadas del grupo avieso que ha intentado darle una estocada a nuestra joven democracia continental.


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JUAN DANIEL BRITO

Una colección de textos poéticos y narraciones en la que describe el efecto que tiene en la conciencia del escritor, el ser testigo de un momento en la historia del planeta en que todo parece concluir y cuando las palabras “definitivamente,” e “irreversible,” son rechazadas por las personas a través de múltiples mecanismos de negación; pero siguen presentes cada día a través de los intensos fenómenos sociales, espirituales, y ecológicos que sufre la humanidad.

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