El gobierno de Obama parece estar apostando sobre dos caballos en sus relaciones con la región. Hay «un policía bueno» que es Obama, quien intenta, a través de tranquilizadores discursos, domeñar la natural y tradicional reserva de América Latina y el Caribe frente a cualquier gobierno estadounidense. John Kerry, en un artículo publicado en el Miami Herald hizo referencia a esa desconfianza y la necesidad que tiene el gobierno norteamericano a «no andarse por las ramas» cuando del futuro de los vecinos hacia el Sur de Estados Unidos está en juego.
Por otro lado está «el policía malo», que viene siendo la secretaria de Estado Hilary Clinton, obviamente partidaria, no de promover o respaldar golpes militares, pero sí de escoger un camino de mayor dureza, sin entrar en contemplaciones por la percepción positiva (generalmente justificada por su solidaridad) que puedan tener en la región por el presidente venezolano Hugo Chávez. Pero ese camino está plagado de peligros, porque mientras más tiempo pasa, más duro se les hace a los golpistas hondureños volver a la posición anterior al golpe.
Tremendas presiones tuvieron que ejercer varios gobiernos latinoamericanos y el Secretario General de la OEA para que Hillary recibiera al presidente constitucional de Honduras, Manuel Zelaya. No tanto esfuerzo le costó al director de una emisora de televisión venezolana, sometido a presiones muy fuertes por parte del gobierno de Chávez. En verdad, la libertad de acción de este empresario está siendo amenazada por su actitud opositora, en medio de una peligrosa tendencia de intolerancia gubernamental frente a la crítica, pero ¡por favor! Zelaya es presidente de un país y el otro es un director de TV hostigado por su gobierno.
En el actual contexto no ha habido otra alternativa que negociar; cada parte poniendo sus exigencias sobre la mesa, por irracionales que puedan ser, pero así es como comienzan las negociaciones. Micheletti y su grupo no pueden pretender que Zelaya no vuelva, a menos que el mismo Zelaya acepte esa condición.
Pero, como en los buenos viejos tiempos, es en Estados Unidos donde quizás está la llave hacia la solución, y donde los Republicanos ejercen una tremenda presión sobre Obama, para que el golpe de Estado en Honduras no sea calificado como tal. Eso permitirá que los golpistas hondureños disfruten de todas las ventajas económicas atinentes a un gobierno legalmente constituido. En esa dirección, los legisladores Republicanos, con el equipo de La Florida a la cabeza, se han estado empleando a fondo a favor de los golpistas hondureños.
La ecuación no es nada complicada: la administración Obama está muy interesada en establecer relaciones de confianza con la región, las condiciones son óptimas, pero esa no es una agenda Republicana. Probablemente tampoco sea la agenda de la secretaria de Estado Hillary Clinton y parte del estamento Demócrata.
Para que sus presiones tengan efecto, los Republicanos a lo mejor en este momento ponen sobre la mesa legislaciones muy importantes para Obama, porque son de orden doméstico y de necesaria urgencia. Puede que le digan, por ejemplo: «escoge a Chávez y sus socios o una buena votación en el plan de salud» o «una rápida confirmación de la jueza hispana Sotomayor». Ese tipo de consideraciones pesa más que el temor a que lo ocurrido en Honduras se repita en otros países de la región donde el experimento democrático ha crecido muy torcido. A lo mejor diciéndose los expertos del gobierno en la región, «eso no tiene porqué ocurrir en otro país».
El embajador de Venezuela en la OEA, Roy Chaderton, al calor del debate sobre el golpe militar en Honduras, hizo una acusación que para muchos fue excesiva. Chaderton dijo que Otto Reich, un cubano de reconocida militancia de derecha y que fue un importante funcionario en la administración Bush, había sido algo así como el «cerebro» del cuartelazo hondureño. En realidad, será difícil saber si Reich fue el artífice de ese golpe, aunque según manifestó en un artículo publicado en el Miami Herald, prácticamente lamenta que no sea cierta la acusación.
Estamos en otros tiempos, y las cosas que se hacían antes ya no se pueden repetir. Entre ellas que funcionarios o ex funcionarios del gobierno de Estados Unidos se dediquen a promover alegremente golpes militares. Pero eso, naturalmente, no descarta que «en el marco de la ley», políticos estadounidenses respalden y apoyen aventuras como la ocurrida en Honduras el pasado 28 de junio. Por eso es tan fino el hilo por el que camina la administración Obama.
Insulza, el de la OEA ya lo dijo, que de no resolverse de manera satisfactoria el caso hondureño es decir, con el reintegro del presidente constitucional, en otros países de la región que prefirió no mencionar, podría ocurrir lo mismo. Chávez que, como dicen los franceses «no dice las cosas de cuatro maneras, sino de una», ya está hablando de un posible golpe contra el guatemalteco Álvaro Colom, quien en semanas pasadas fue acusado del asesinato de un abogado opositor.
Colom al igual que Zelaya, no es santo de la devoción de los mismos círculos en Guatemala que en Honduras dieron el golpe de Estado: empresarios, iglesia católica (el cardenal hondureño, que hasta fue candidato a Papa, «se lanzó al ruedo» en defensa del golpe) y políticos desesperados. Como se ve, en estas cosas no hay misterio. De todas maneras, a Zelaya tampoco es que le convenga mucho los arrestos verbales de Chávez. Hay momentos en que el silencio es oro y este puede ser uno de ellos.









Las Malvinas vuelven a la actualidad
Demandan Consejeros al IME por utilizar electoralmente al Instituto para los Comicios del 2012
El plan de acción de la ONU
¿Cuál será el futuro de las líneas de Nasca?
Ayer y hoy
Los que no pueden esconder su racismo “El pez, se pudre por la cabeza” 


