Los principales periódicos y agencias de prensa de Estados Unidos, han dedicado miles de palabras y páginas enteras, incluyendo reportajes especiales y análisis a cargo de especialistas, en torno al incidente creado por el arresto, en su casa, de un profesor universitario negro y la torpeza del presidente Obama al hacer un comentario público sobre el caso.
El revuelo es tal que solamente se puede concebir que los Republicanos estén utilizando hábilmente el incidente, para restar fuerza a la campaña ante el público que ha estado haciendo el presidente norteamericano, para ganarle respaldo popular a su propuesta de modernización del sistema de servicios de salud. De otra manera no se entiende que toda la opinión pública norteamericana (y de otros países) esté tan atenta de este incidente.
Quizás este asunto sea muy importante para una sociedad como la norteamericana, que considera que sigue teniendo sus materias pendientes en el tema de los afroamericanos, pero se entiende menos de parte de la prensa internacional. A menos que efectivamente las cosas no estén en el mundo tan mal como uno insiste en percibirlas. O, a menos que efectivamente, tal y como se desprende de la reacción del presidente Obama, su elección no ha sido suficiente para vencer viejos prejuicios como aquella de que si un blanco intenta abrir una puerta con un martillo es porque se le quedó la llave adentro, y si es un negro, porque es un asaltante.
Otro caso ocurrido esta semana en Estados Unidos es sin embargo mucho más importante, pero sin duda menos atractivo desde el punto de vista mediático: el arresto de más de 40 personas (rabinos, alcaldes, empresarios), acusados entre otras cosas de pertenecer a una red de sobornos, lavado de dinero y tráfico de órganos humanos. Es mucho más importante porque involucra a varias de las comunidades que constituyen el nervio de la sociedad norteamericana, a saber, blancos, judíos y no judíos, afroamericanos e hispanos.
Quizás porque la misma afecta a tantos segmentos de la sociedad, la mayoría de la prensa norteamericana le dedica más espacio al incidente con el profesor negro, que desde cualquier ángulo que se mire, es esencialmente un tema de debate y disquisiciones, sin más. En cambio, el golpe dado por el FBI en Nueva Jersey ya hasta le puso final a las carreras de varios políticos jóvenes y prometedores. Sin dejar de mencionar que hasta se produjo el aparente suicidio de uno de los inculpados.
El caso pone de relieve lo que deviene en una norma, no solo en un estado, como se ha pretendido alegar, cuando se menciona a la tradición de corrupción en los estamentos del poder en Nueva Jersey, sino que ha contaminado a toda la nación. En el mismo Connecticut, hasta el gobernador fue a parar con sus huesos en la cárcel, como ha sido el caso de varios alcaldes, acusados de los más variados delitos, porque hay de todo, «como en la viña del Señor».
Se recuerda que el pasado año explotó el famoso escándalo en torno al gobernador de Chicago y su intento de vender, al mejor postor, la curul senatorial que había ocupado el presidente Obama. Entonces se dijo que eso se correspondía con la historia de tradicional corrupción en ese estado. Pero en realidad, si uno se pone a observar, se da cuenta que donde quiera que se mueven intereses e influencias, detrás viene, rauda y veloz, la corrupción. Y lo penoso es que a veces ni siquiera envuelve grandes beneficios personales. En el caso de Nueva jersey, por ejemplo, hubo un alcalde que no tenía ni un mes en el cargo, que aceptó 10 mil dólares, como si eso fuera suficiente para poner en peligro, de muerte, una carrera recién comenzada.
Dinero hay en movimiento, y mucho, pero entre quienes promueven grandes proyectos inmobiliarios u otros, pero en definitiva lo que reparten son migajas y aparecen zoquetes que las aceptan y se desgracian. Es que se trata de un fenómeno de banalización de la corrupción. Llega alguien y comienza a repartir sobres; los presentes a meterse cada uno el que le toca en los bolsillos y «ni visto, ni conocido». A veces ni siquiera se pide, de una vez, nada a cambio; eso viene después, cuando ya quien cogió el sobre se siente comprometido a devolver favores.
Esa es una de las trampas del poder. Como ya lo dijera Lord Acton, «el poder tiende a corromper». No fue un invento suyo, es una simple y muy antigua constatación. En esta lamentable historia hay de todo, porque si bien Ali Babá fue el informante utilizado para demostrar el tipo de corrupción, también aparecieron 40 ó 44 dispuestos a dejarse tentar. Como en la fábula, sin terminar de manera tan trágica, porque solo van a la cárcel, quien mejor parado termina es el Ali Babá de esta historia, a quien seguramente algunas penas le perdonarán por ayudar al FBI.









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