En el año 1980, Haffez el Assad, el papá del actual dictador sirio, eliminó a 20 mil opositores “sin eructarlos” y sin quela comunidad internacional pudiera, o quisiera, hacer nada para evitarlo. Claro, era el período en que los dos grandes polos que se repartían el mundo ejercían plena soberanía sobre sus áreas de influencia, sin que la otra parte pudiera hacer gran cosa.
De eso hace más de 30 años y ha corrido tanta agua bajo los puentes (y tanta sangre por las calles) que ese episodio resulta irrepetible. Primero porque el régimen sirio no cuenta realmente con un aliado dispuesto a “jugársela” por él, ¿a cambio de qué? Si al menos fuera un productor importante de petróleo. Su importancia ha sido, y sigue siendo en buena medida, esencialmente geopolítica. Es la razón que explica que al comienzo de la actual tensión en ese país, sus vecinos le expresaran cierta solidaridad a Bashir Al Assad. Pero ese reflejo era más resultado de la incertidumbre por lo desconocido.
Las cosas han evolucionado de tal manera en los últimos 4 meses, que ya, según la ONU, han muerto más de 4mil personas, básicamente víctimas de la represión gubernamental. Y ese dato es el que hizo desaparecerla simpatía solidaria original de los vecinos (incluido Israel) y ha dado paso a un sentimiento fatalista, de que los días de Al Assad están contados.
Hoy existen otras variables. A comenzar por la actitud de Turquía, aliado tradicional de Siria. Hasta se dice que su primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, es (o era) amigo personal Al Assad. Y quizás en honor a esa amistad, la verdad es que los turcos han hecho todo lo posible por tenderle un “pie de amigo” al régimen de Al Assad. Hasta que los efectos de la crisis interna siria comenzaron a afectar directamente a Turquía (comparte una frontera de más de 600 kilómetros con Siria), cuyo futuro liderazgo regional no se puede establecer a partir del respaldo a regímenes claramente impopulares.
Turquía se ha lanzado a fondo contra el régimen sirio y aparece, a los ojos de las masas árabes hartas de gobiernos que bajo el pretexto de la lucha contra el sionismo no vacilan en oprimir a sus propios pueblos, como una posible tabla salvadora y sobre todo, una opción a la hasta ahora inevitable actuación occidental en esos escenarios.
El gobierno turco está prácticamente exigiendo la salida de Al Assad como una alternativa a una intervención de la OTAN en la región que pocos desean que se repita en tan corto tiempo, después de lo ocurrido en Libia. Turquía sabe que si la OTAN vuelve a llevar la “voz cantante” en otro conflicto que involucra al mundo islámico y le pone fin a otra dictadura, eso dará la impresión de que definitivamente ellos no pueden resolver sus propios problemas.
Y es que en Siria se está repitiendo algo parecido a lo que pasó en Libia. Las protestas pacíficas dieron lugar a confrontaciones entre manifestantes y las fuerzas de seguridad. Cuando la oposición consideró que no podía seguir recibiendo golpes sin contestar, comenzaron a responder y lo hicieron de tal manera que lograron hacerse con una de las capitales provinciales más importantes, Bengazi. Desde allí arrancó el proyecto que, con ayuda occidental (francesa especialmente) dio al traste con la dictadura y la vida de Gadafi. Pero para ello fue necesaria una intervención militar extranjera (0ccidental). Ese es el escenario que Turquía y otros prefieren que no se repita en Siria.
En ese país, como en Yemen y más que en Libia, se ha dado un fenómeno particular: la división del ejército con la consecuente repartición de los recursos militares. Aunque el gobierno conserva la estructura armada en su conjunto, el hecho de que militares deserten ostensiblemente y se pongan del lado de la oposición al régimen, da una imagen de que efectivamente Siria entra en un proceso de guerra civil que, por decisión propia (local) o no, ya no se detendrá hasta que Al Assad sea sacado del poder o derrote a la oposición.
Normalmente la ONU (realmente el Consejo de Seguridad) debería intervenir aún fuera en una posición mediadora, pero esa opción choca con ciertas dificultades por la oposición de Rusia. Es que la gran potencia de Europa del Este no comparte para nada la política, muy simpática, para Occidente, de aprovechar situaciones como las presentes para impulsar ya no reformas, sino simplemente cambios de gobierno.
Por el momento pues Rusia en cierta forma asume la defensa del régimen Al Assad, lo que tiene sus riesgos si se toma en consideración el contexto existente en nuestros días en la región. Pero claro, eso no debe extrañar mucho de un país cuya prensa insiste en que al pueblo libio se le impuso una solución desde fuera, lo que puede ser técnicamente cierto pero que obvia un aspecto esencial: los libios querían salir a como diera lugar de Gadafi y su familia. En el caso de Siria, ese sentimiento puede igualmente prevalecer si el costo de que Al Assad se mantenga en el poder es considerado más alto que lidiar con una intervención militar extranjera que les resuelva la primera parte del problema general.
Si esa opción finalmente se impusiera, la parte que le tocaría eventualmente a la OTAN sería menor ya que Turquía advirtió que su ejército podría abrir “corredores de seguridad” dentro del territorio sirio. El gobierno sirio jamás daría su aprobación, de manera que tendría que ser forzosamente una intervención militar extranjera.
¿Qué harían Rusia y quizás China ante esa eventualidad? Realmente muy poco si es Turquía quien lleva la voz cantante, porque aunque no sea un país árabe, tiene el “sello de calidad” requerido: es la principal potencia del mundo musulmán. Al Assad debería pensar muy bien lo que haría de ahora en adelante y calcular cuál de sus potenciales únicas opciones escogerá: la tunecina, o sea, acogerse a un asilo confortable en un país árabe fuerte, o la libia, que incluyó la muerte del líder en una cloaca. Algo para pensar desde el momento en que la jefa de la diplomacia norteamericana, Hillary Clinton, se comenzó a reunir con la oposición a Al Assad.








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