El presidente Obama, ni como congresista ni como presidente estuvo de acuerdo con la aventura militar en Irak. Pero en tanto que presidente de los Estados Unidos, le ha tocado cargar con el costo, material y humano de una operación que se hizo por decisión única del presidente Bush y del primer ministro británico Tony Blair y sin contar, en absoluto, con la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU.
Ese respaldo no se podía conseguir toda vez que la ONU tiene sus organismos especializados y responsables. Uno de esos organismos, el equipo de inspectores encargado de verificar que los países no cuentan con armas de destrucción masiva. Pese al veredicto de ese equipo, que encabezaba el sueco Hans Blix, Bush y Blair lo ignoraron y procedieron al esperado ajuste de cuentas con Saddam Hussein.
La operación se lanzó, con el respaldo de algunos gobiernos, especialmente de la calificada “nueva Europa” (así lo caracterizó Donald Rumsfeld, refiriéndose a las ex repúblicas socialistas de Europa, interesadas en ganarse la buena voluntad norteamericana) y en vísperas del retiro formal de las tropas norteamericanas de Irak cabe echar un vistazo al resultado de esa operación realizada contra la opinión de la comunidad internacional.
Se ha dicho que Blair se unió a Bush temeroso que a partir de los actos terroristas del 11 de septiembre, Estados Unidos podía lanzarse a acciones militares contra otros países, culpables o no de lo que fuera, y perdieran un poco el control y se excedieran en los excesos (porque los excesos, como en toda situación de guerra, son inevitables).
Pero el británico no ha hecho nada por dar fuerza a esa percepción y, al contrario, se pasea por el mundo orgulloso de haber librado a Irak del dictador, aunque el remedio resultara sumamente costoso al paciente, de tal manera que por más de una generación se repetirá la pregunta ¿era esa la única forma disponible de poner fin al régimen dictatorial de Saddam Hussein?
También se ha dicho que los denominados neoconservadores norteamericanos, agrupados en torno a la Casa Blanca de Bush, decidieron que el momento era ideal para iniciar lo que entendían era la oportunidad para dar otra fisonomía a un Medio Oriente que se había tornado incontrolable, donde pululaban los regímenes despóticos y corruptos, no todos con una posición favorable a los Estados Unidos y en los que se anidaban sentimientos tan acerbos hacia los norteamericanos que habían concluido con el atentado terrorista contra las Torres gemelas.
Para los iraquíes, la realidad cotidiana desde 2003 en adelante tiene poco que ver con digresiones acerca de cuáles fueron las razones que tuvieron unos u otros para invadir su país, y si la supuesta defensa de los derechos de la mayoría chiita justificaba que en el proceso murieran tantos iraquíes, chiitas y sunitas. En la medida en que el objetivo de la invasión a Irak era a la par, deshacerse de Saddam Hussein como la de instaurar un régimen de “nuevo tipo” en ese país, el costo en términos inmediatos no tenía mayor importancia puesto que a largo plazo el nuevo Irak se asemejaría al modelo que se imaginaban los neoconservadores. Eso era así con relación a los norteamericanos.
Pero seguirá siendo todavía un misterio de los objetivos a largo alcance de los británicos, a no ser que de parte de Tony Blair y compartes se tratara de continuar abonando a la vieja deuda de gratitud que tienen los ingleses con Estados Unidos por la ayuda (realmente inapreciable) que les prestaran en los momentos más duros de la agresión aérea nazi contra Londres. O que realmente Blair pensara que su presencia podía efectivamente limitar los daños. Sin embargo, los testimonios de la época indican que el entonces premier inglés también tenía sus obsesiones con Saddam Hussein.
A la luz de lo acontecido desde entonces, para los iraquíes la operación de ‘salvamento” lanzada por los gobiernos de Bush y Blair se ha saldado con más de 100 mil víctimas mortales, buena parte de las mismas resultado de las previsibles pugnas interreligiosas. Aún en el caso de que la mayoría de esos muertos no puedan ser cargados directamente a los ejércitos occidentales presentes, pesa enormemente la incapacidad de esas fuerzas ocupantes para prevenir que los chiitas vengaran sobre los sunitas la dureza de la represión de Saddam Hussein contra ellos.
Lo que es más, el resultado de 8 años de ocupación y guerra, una vez olvidadas las veleidades de los neoconservadores acerca del establecimiento de una democracia en Irak, ha sido esencialmente de beneficios para Irán e incluso para Turquía. En el primer caso eso tiene un agravante en la medida en que las relaciones entre Estados Unidos y ese país tiende a complicarse. ¿Qué haría el actual gobierno iraquí si se produjera un conflicto armado entre Irán y Estados Unidos? Difícil situación puesto que el Irak chiita se siente más cerca de Irán que, por ejemplo de la Arabia Saudita sunita. El monarca saudí, por lo demás, en su momento advirtió a su amigo Bush que derrocar a Saddam “resolvía un problema, pero creaba varios”.
En cuanto a Turquía, por el momento Estados Unidos y ese país están del mismo lado, no importa que sean conocidas las ambiciones de relevancia regional turcas. Estas se inscriben en el destino natural y de cualquier manera, el haber sido un aliado leal en sentido general le ofrece patente de corso a los ojos norteamericanos y occidentales. Porque es claro que Occidente debe recurrir a los servicios de terceros a la hora de evitar mayores quebraderos de cabeza en una región que cada vez más toma su propia fisonomía, al margen de los poderes tradicionales. Entretanto, es de temer que en ese país se imponga la terrible lógica de que una guerra no se termina hasta que el derrotado es completamente aplastado y eso puede significar, sino una guerra civil, al menos sufrimiento pendiente para los iraquíes, sean estos los derrotados, es decir los sunitas, o los chiitas vencedores.








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