A la Liga Árabe (LA) le fue relativamente bien en la operación libia, porque su decisión de pedir la intervención militar de la OTAN no surgió del seno de ese grupo sino de la propia OTAN, una vez las potencias occidentales decidieron que el tiempo de Gadafi había terminado.
Su presencia en Siria, en condición de observadora, es sin duda un intento de dar una personalidad propia a la LA, de manera que la gente no la perciba, como hace ahora, de instrumento regional al servicio de la OTAN o de los característicos impopulares regímenes de la región.
El intento se desprende igualmente del protagonismo de Qatar dentro de la organización y en todo el Medio Oriente. Qatar, además de dirigir la Liga Árabe, preside igualmente la 66 Asamblea general de la ONU. Y, como se recuerda, su participación militar junto a la OTAN, fue decisiva en el derrocamiento de Gadafi.
En Libia las cosas estaban claras en la medida en que a Gadafi se “las tenían guardadas” desde la época en que sus provocaciones incluyeron la organización o patrocinio financiero de actividades terroristas. El hombre se “recicló”, tratando de ganar tiempo. Y la verdad es que su conversión le permitió mantenerse unos años más en el poder y con vida. Pero Gadafi de hecho estaba bastante lejos del núcleo neurálgico regional.
En otras palabras, Gadafi era prescindible y su desaparición solo cambia las coordenadas libias. Eso solo es interesante si las cosas escapan completamente de control y algún grupo integrista se queda con el poder tras la lucha de facciones que ahora tiene lugar en ese país.
En Siria la situación es diferente, por su cercanía con Israel e Irán, dos puntos altamente volátiles y por la base social de que se había dotado el régimen de la minoría alauita de los Assad. Pero el régimen ha perdido la sangre fría frente a la evidencia de que su fortaleza no era tan real como se suponía. Las protestas iniciales podían ser suprimidas con relativa facilidad, mientras el ejército no se resquebrajara y eso ya ha ocurrido.
De esa manera se comienzan a sentar las bases de una guerra civil que sin duda tendrá un importante componente internacional. Sobre ese particular, el gobierno sirio ha estado insistiendo que Al Qaida y sus cuadros están operando en Siria, citando como evidencia la ocurrencia de letales actos suicidas, que tienen generalmente el sello del grupo terrorista y no se corresponden con la tradición local.
Pero también acusa el gobierno sirio particularmente a los Estados Unidos, de estar presionando a la Liga Árabe, tratando de “internacionalizar” el problema sirio. En estos días, cuando se dice “internacionalizar”, es lo mismo que decir “OTANizar y ONUnizar” una situación.
Sea esto cierto o no, es importante destacar que la nueva doctrina de defensa norteamericana, enunciada hace unos días por el presidente Obama y su ministro de Defensa, Leon Panetta, implica que esa gran potencia, al tiempo que reduce sus gastos militares, inaguantables para una sociedad atemorizada por los efectos de la crisis económica, garantiza que su ejército pueda librar más de una guerra.
Pero naturalmente esas guerras no pueden tener la dimensión de Irak y Afganistán, pero sí pueden tener la alcanzada por la intervención reducida norteamericana en Libia, utilizando más a fondo a la OTAN, pero garantizando, como en ese caso, que la “voz cantante”, en términos militares, la siga teniendo Estados Unidos.
El hecho de que el actual jefe de la Liga Árabe se haya reunido con el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon (quien como se sabe, es un incondicional aliado y defensor de las acciones de la OTAN) para “pedirle ayuda”, abona en ese sentido. Claro, el aval de la ONU tiene que pasar por el Consejo de Seguridad, donde Rusia y China tienen el privilegio del veto, pero nunca está de más contar con el respaldo al ejecutivo de la ONU.
De todas maneras, es difícil no prever que la OTAN intervenga finalmente en Siria. La Liga Árabe con toda y la voluntad qatarí, de seguir desarrollándose como la potencia regional imprescindible, puede desempeñar un rol más activo que si los sauditas mantuvieran el liderazgo. El activismo qatarí llega hasta el punto de permitir que el Talibán abra una oficina en su territorio.
La ventaja para Qatar es que no aparece como aliado del Talibán (que sí lo era, por dogmatismo religioso, el reino saudita) sino como facilitador de un arreglo negociado en una guerra que Estados Unidos y la OTAN no pueden ganar. Tampoco el Talibán puede ganar esa guerra, pero como se ha llegado al punto de tranque, lo mejor es negociar. Eso lo ha entendido Qatar, y seguramente todas las partes le agradecen la iniciativa.
Como se ve pues, problemas no faltan, pero al mismo tiempo (lo que es ideal en un año de elecciones en Estados Unidos) se comienza a vislumbrar en Afganistán una solución que probablemente es la preferida de todas las opiniones públicas concernidas. Pero como la vida está repleta de problemas y soluciones, si se arregla lo de Afganistán, nadie sabe todavía lo que pasará si al final efectivamente se “internacionaliza” la crisis político- militar en Siria.








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