jueves, 17 may 2012

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La Voz de Conneticut

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Las Malvinas vuelven a la actualidad

Antes y después de la enfermedad de su presidenta, Cristina Kirchner, Argentina ha incrementado su ofensiva en torno a la posesión de Las Malvinas. Ese proceso de agudización tiene lugar a medida que se acerca el 30 aniversario de la aventura militarista de 1982, que se saldó por la pérdida de cerca de 700 soldados (los ingleses perdieron una tercera parte, lo que es bastante tratándose de una potencia militar de primer orden enfrentándose a un país del “segundo mundo”) y por otro efecto, (ese positivo), la caída de la dictadura militar. En Inglaterra fue menos provechoso, porque el episodio ayudó a Margaret Thatcher a reelegirse cómodamente.

 

El caso es que el tema de Las Malvinas tiene un efecto mágico de galvanizar a la opinión pública argentina y si es necesario, distraerla de urgencias mayores. A menos que, por supuesto, Las Malvinas escondan riquezas inéditas. Lo que parece ser el caso, porque además de sus importantes fuentes pesqueras, en Las Malvinas habría importantes yacimientos petrolíferos en su plataforma marina. Eso le abre el apetito a cualquiera, especialmente a quienes están “tan cerca de la mesa sin poder comer”.

Para los ingleses no resulta cómodo (cabe decir los ingleses porque no se puede asegurar que los demás británicos estén a tono con la política extranjera que se decide en Londres) mantener un enclave en una región tan lejana a sus propias costas y reminiscente del viejo colonialismo. Pero tal como ocurre con otro enclave, el famoso Peñón de Gibraltar (más famoso en los folletos turísticos por su población de monos), hay una variable, parcialmente inducida, de oposición a los arreglos entre las potencias, la ocupante y la que desea ocupar.

Esa variable la representan los Malvileños (o Falklandeños, según el nombre de Falkland que le dan los ingleses. La ONU utiliza ambos cuando se refiere al tema), residentes de siempre o de después y quienes (son menos de 4, 000), satisfechos con el arreglo que tienen con Gran Bretaña, se niegan a cambiar de potencia administradora o propietaria del territorio (que componen casi 800 islas, islotes, e islitas).  El arreglo es que Gran Bretaña tiene las islas como Territorio de Ultramar, esta tiene su propio gobierno y la gran potencia se ocupa de su defensa y relaciones exteriores. En la ONU el estatuto de Las Malvinas es de Territorio No-Autónomo, es decir, aún no descolonizado.

Pero el hecho es que, por encima de las formulaciones legales, hay una realidad sobre el terreno, que obstaculiza negociaciones y decisiones.

Eso explica que, según se ha dicho, hace 40 años los ingleses trataran de ceder Las Malvinas en una especie de “alquiler indefinido” a Argentina, pero chocaron la oposición tenaz de los residentes del territorio. Claro, en la época no se tenía certeza de que hubiera posibles yacimientos del oro negro.

A la fuerte y tradicional ofensiva verbal del gobierno argentino, los ingleses suelen responder con la muy británica costumbre de ignorarla.

Pero los cambios que se producen en nuestra región determinan una nueva actitud de los gobiernos, que antes preferían dejar el tema a los interesados. Eso tiene que ver, naturalmente con el surgimiento de nuevos instrumentos regionales unificadores, que obligan, para garantizar la mejor convivencia de los vecinos directos, a dar demostraciones de solidaridad cuando el contrario está bien lejos y no es Estados Unidos.

Influye también cierta imprudencia de los ingleses al hacer navegar barcos de Las Malvinas con una bandera local. Varios países importantes de la región, incluyendo Brasil y Chile, le han negado el permiso a esos barcos a entrar a sus puertos. Esa actitud está motivada no por un tipo de respuesta individual, sino de agrupamiento.

Obedece a un principio elemental, si se aceptan barcos con bandera de Las Malvinas se está reconociendo un estatuto de autonomía que la ONU no ha aceptado. Para todos los países de la región, las islas son territorio ocupado por Gran Bretaña y eso será así, mientras no se llegue a algún tipo de acuerdo entre las partes interesadas, que en principio son Gran Bretaña y Argentina.

Pero lo que “echa jabón en el sancocho” es la decisión de los malvinenses, de no aceptar soluciones que se tomen en su nombre, sin ellos haber participado. En lo que al derecho se refiere, ese camino seria el adecuado. El único problema es que dada la relación ya centenaria entre los malvinenses y la Gran Bretaña (una buena parte son de origen escocés y gales) la tendencia es a sentirse más británicos en lo formal, aunque al estar situados en los confines de la América del sur, ni tan diferentes deberían ser de los propios argentinos o chilenos que pueblan los alrededores.

Para los ingleses, la decisión de los malvinenses de que se les tome en cuenta en una posible negociación es una excelente manera de ganar tiempo (¿otro siglo quizás?). Para Argentina no es de todas maneras alentador porque si se sometiera a votación la decisión de a quién pertenece Las Malvinas y si la opción fuera únicamente Argentina o Gran Bretaña, eso sí prolongaría por otro siglo más el arreglo de la soberanía argentina sobre Las Malvinas.


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