Cómo ser fiel en un mundo infiel, por Lic. Liliana D. González

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Hace tiempo que la fidelidad cuelga de un obituario, está disecada en un museo junto a los dinosaurios. Ya nadie es leal, o por lo menos la lealtad en estos tiempos se ve poco. Al parecer, quedó obsoleta como el viejo Hillman Arrow de mi suegro. En esa reliquia verde plomo de 1971, mi esposo me llevó a pasear un par de veces cuando éramos novios, ¡creo que intentaba sorprenderme!

La opaca carrocería había perdido el esplendoroso brillo de su debut, el motor roncaba como mi secador de pelo y había que bombear el acelerador antes de echarlo a andar. La palanca de cambio era  durísima y no tenía aire acondicionado. Sin embargo, me flechó desde que lo vi, era del tipo deportivo, así que no esperé para subirme, recliné el asiento y encendí el motor. Era la primera vez que conducía un automóvil, eso nunca lo mencioné, al contrario, puse cara de tener la experiencia de Milka Duno (corredora de autos) y me deslicé por la pista. No habían transcurrido mis 15 minutos de osadía cuando mi suegro pasó por el canal izquierdo en su Ford Fairlane 500 y me vio. Hasta ahí llegaron mis clases de manejo en el viejo Hillman.

Ese carro, con más de cuatro décadas, continúa siendo el preferido de mi suegro; él, a diario, antes de ir al mercado levanta el capó, revisa el medidor de aceite, aprieta los bornes, calienta el motor y lo conduce con orgullo. No lo valora por su “gran diseño” ni por su velocidad, la de un morrocoy, sino por ser su primer auto, por el esfuerzo y el trabajo que significó tenerlo.

El precio que pagó Cristo por nosotros fue insuperable. Valemos su sangre. No somos un trozo de hojalata. Somos sus hijos. Nos espera con el alba para hablarnos al corazón, medir nuestro combustible y llenarnos el tanque con su instrucción. Él como buen Padre hala nuestras orejas cuando lo desobedecemos; siempre dispuesto a perdonar nos calienta en su regazo y nos guía por el camino que nos conviene. ¡Ojo!, no el que tú o yo queremos, sino el que Él demarcó desde el principio de los siglos para cumplir sus propósitos en cada uno.

La fidelidad de Dios es eterna. «El cielo y la tierra desaparecerán, pero mis palabras no desaparecerán jamás», afirmó Jesús (Mateo 24:35 NTV). Estoy convencida de que si no somos fieles a Dios, no seremos fieles a nadie. Cuántos se juran fidelidad ante el altar del Señor, firman la declaración frente a un juez civil, sellan la alianza con el intercambio de anillos y, en menos de lo que canta un gallo, se reparten los bienes y los hijos, si los hubo. Desafortunadamente, vivimos en una época donde la gente se compromete de la boca para afuera, traicionando de manera voluntaria la palabra empeñada.

El valor de un ser humano se mide por su fidelidad. Los fieles cumplen sus promesas, aunque cambien las ideas, los sentimientos y las circunstancias. En los tiempos antiguos, cuando no existían los contratos escritos, la palabra tenía el valor de un documento legal. Los acuerdos entre las partes no podían romperse, aunque estuvieran tentados a hacerlo. Eso hacía que las personas tomaran en serio sus compromisos: laborales, estudiantiles, familiares, entre amigos, novios, esposos, ciudadanos, cristianos…

El amor de la gente por ti puede transformarse, pero el amor de Dios no cambia. Su amor por ti es verdadero, inmutable, sólido, sin condición y para siempre. Cuando te comprometes con Cristo, Él se compromete contigo. Ese amor es la fuerza que te mueve a obedecerlo. Antes de empeñar tu palabra, piensa en las consecuencias que te traerá adquirir un compromiso. La Biblia dice que es mejor no prometer que prometer y no cumplir (Eclesiastés 5:5 PDT). Pide dirección a Dios, Él te dará sabiduría para que evites hacer promesas que no puedas cumplir y te ayudará a llevar a cabo aquellas que hagas.

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