El era uno de los testigos impotentes a quien también afectaba una inusual inundación…

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Tico Méndez-Quiroz era uno de los testigos impotentes a quien también afectaba una inusual inundación en la isla de Manhattan, Nueva York.  Una tormenta inusitada bautizada como Sessions, nacida en las excesivamente tibias aguas del Atlántico; se había desviado de un modo repentino hacia el Este en una movida que sorprendió a los meteorólogos y expertos en la trayectoria de estos fenómenos; desatando de un modo sorpresivo una lluvia torrencial que duró tres días y dos noches.

  Pero eso no era todo. A Tico y sus amigos le contaron de un oleaje desacostumbrado castigando con fuerza sobrenatural a la estatua de la Libertad ya un poco virada hacia la derecha; y más encima el impacto de persistentes vientos huracanados de 170 millas por hora que hicieron vibrar y oscilar peligrosamente al legendario Empire State e incluso a las torres del gran payaso.

  En un giro extraño hacia el Este y luego en dirección al Norte; el gran remolino de millas de extensión con un ojo casi diminuto, mejor dicho, ojuelo; avanzó directamente como atraído por un magneto hacia los estados de New Jersey y Nueva York; aunque también hizo destrozos colaterales y caprichosos por sobre áreas de Miami, arruinando elegantes casinos, mansiones de artistas, castillos de millonarios jubilados, hoteles para potentados, campos de golf, e incluso en un extraño brinco hacia Orlando; arrasó con el mundo de fantasía de Disneylandia.

  “Por los aires se vio volando a Popeye, un barco de piratas del Caribe capitaneado por Cofresí, los Ghostbusters de la película original, y los castillos fatulos de las monarquías españolas e inglesas,” dijo una señora que pudo escapar providencialmente en la carroza de la Cinderella.   

  Esto escuchaba Tico Méndez que vivía en un cuartito estudio compartido con otros dos estudiantes de la Universidad de Colombia por el que pagaban, ¡Oh los usureros! tres mil billetes al mes. Allí, en ese rincón, estaban aislados en el sexto piso de un macizo edificio de ladrillos construido en el siglo XIX por albañiles italianos.  El agua llegaba hasta el cuarto nivel y desde la ventana Tico y sus amigos podían observar con tristeza, las imágenes apocalípticas producto del paso del huracán Sessions.

 Aunque el terrible efecto de la naturaleza no había cobrado tantas víctimas, quizás 16;  Manhattan se había transformado en la Venecia de los últimos días y la quinta avenida en cuyas aguas flotaban abrigos de pieles finas y ropas elegantísimas de tiendas exclusivas; era el cauce de un río por el que flotaban libros, las puertas enchapadas en oro de los edificios de downtown, muebles de maderas finas, instrumentos musicales, y las barcazas de rescate donde se trasladaban los damnificados a lugares seguros en Connecticut, Maine y Vermont.

  Por las noches no había luz en los lujosos Penthouses desde donde los adultos de la tercera edad con chavos miraban el triste espectáculo.  “Este huracán Sessions supera al Pence que atacó las costas de las Carolinas y Massachusetts,” comentaba uno de los roommates de Tico que lamentaba los daños en las bibliotecas, aunque las autoridades universitarias previendo lo que venía, habían logrado transportar con la ayuda de los estudiantes cientos de miles de volúmenes a los pisos más elevados. Sin embargo muchas computadoras se habían chavado y las memorias virtuales estaban condenadas al silencio.

  De acuerdo a lo que habían informado los rescatistas y apenas amainara el viento huracanado; se les iría trasladando desde las costas de Long Island hacia puertos en Connecticut donde se les relocalizaría pa’rapido en residencias universitarias.  Las autoridades de la Universidad de Connecticut habían ofrecido albergue a diez mil estudiantes y lo mismo hizo la Universidad de Yale.

  “Ustedes no tienen que preocuparse de los pagos ya que esta ayuda es humanitaria y países como China, Corea, Rusia, Canadá y México están abriendo sus puertas para las víctimas de estas sucesivas catástrofes,” decía un comunicado efectuado por poderosos altoparlantes semejantes en su potencia a las trompetas de los últimos días.

  Las famosas torres Trump estaban anegadas y se decía que el ex presidente había viajado con su familia a la casa de sus suegros en Eslovenia donde pronto inauguraría un campo de golf y dos torres.

  “¡Oh las galerías de arte y los museos!” decía entre lágrimas Glorima, estudiante de arte que había perdido sus portafolios, mientras que un muchacho apodado “Chinaco” se alegraba del salvamento de mascotas y animales del zoológico del Bronx transportados en una embarcación semejante al arca de Noé hacia otros lugares del continente.

  Manhattan era otra isla rodeada de agua, mucha agua.

  La barcaza de la Cruz Roja se acercó al edificio donde estaba Tico. Este y sus amigos, además de otros damnificados; se prepararon para abordar el navío con dos motores en la borda.

Ya sentado en la gran barcaza, escuchó lejana la voz de alguien que recitaba, “y a los pecadores les sobrevinieron los castigos no sin el previo aviso de retumbantes truenos; justamente sufrían por sus propios delitos, por haber odiado cruelmente a los extranjeros…”

 “Eso es parte del libro de la Sabiduría,” dijo Glorima y Tico se puso triste cuando se separaron de lo que había sido su albergue, temporero como serían muchos otros.  “Adiós, adiós,” dijo Tico.

II

“¡Adiós, adiós!” repetía Tico cuando despertó y se alegró de estar en un lecho que no estaba rodeado de aguas pútridas y sin el aullido constante de un huracán racista.

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