El SÍNDROME DEL ÁNGEL DE LUZ, por la Lic. Liliana D. González

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En los momentos más desesperados, cuando la angustia consumía su alma y la tristeza agotaba sus fuerzas, el salmista clamaba: “Mas yo en ti confío, oh Señor… Tú eres mi Dios. En tu mano están mis tiempos” (Salmos 31:14-15).

Hay veces en las que nos hallamos esperando algo o a alguien, una llamada, un mensaje, una oportunidad, un regreso, una reconciliación, un resultado, una respuesta. En ese tiempo de espera los que no saben de dónde sostenerse tienden a desesperarse; la impaciencia les causa estrés y una angustia insoportable. Pero los que confiamos en Dios nos aferramos a la “Roca protectora” (Salmos 31:3). Aunque las circunstancias arrecien en nuestra contra y todo parece salirse de control, tenemos la certeza de que Aquel que nos ama más que nadie vendrá a socorrernos.

No te desanimes cuando tus oraciones no hayan sido respondidas. El libro de Apocalipsis 5:8 afirma que nuestras oraciones están guardadas en copas de oro que permanecen selladas delante del trono del Señor hasta que Él mismo rompe el sello y las responde. Dios no se adelanta ni se atrasa, su tiempo es perfecto. El tiempo es un recurso del cual Dios se vale para enseñarnos a esperar con paciencia por sus promesas. Abraham y Sara esperaron veinticinco años para que Dios les diera el hijo que les había ofrecido. El pueblo de Israel esperó cuarenta años para entrar a la tierra prometida. Daniel oró y la respuesta llegó después de veintiún días. No sabemos cuánto tiempo debemos esperar. Usa los momentos de espera para orar, adorar y alabar el santo nombre del Señor.

David encomendó a Dios sus tiempos. Puso en la mano del Señor su vida entera. El tiempo es un bien no renovable; podemos invertirlo, gastarlo, malbaratarlo, pero nunca atesorarlo. El apóstol Pablo nos exhorta a aprovechar bien los tiempos, porque los días son malos (Efesios 5:16). No podemos regresar al pasado para cambiar las cosas que no debimos haber hecho, ni viajar al futuro para conocer nuestro destino, contamos con el presente: el aquí y ahora es el tiempo del cual Pablo nos habla. La forma sabia de aprovecharlo es bebiendo de la Palabra de Dios sorbo a sorbo, minuto a minuto, y permitiendo que circule por nuestro cuerpo, alma, mente y corazón hasta que se vuelva acción en nuestras vidas.

Salomón, el sabio de Israel, escribió que hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo. Hay tiempo para nacer, morir, plantar, cosechar, llorar, reír, hablar, callar, odiar, amar… Nuestro problema es que no sabemos aprovechar los tiempos, lloramos cuando debemos reír, hablamos cuando debemos callar, odiamos cuando debemos amar, morimos cuando debemos vivir. ¡Aprovecha tu presente, celebra la vida, mira que Dios está al control de todas las cosas!

Si hoy te encuentras en un periodo de espera, descansa en Dios. Aunque parezca que no hay cambios positivos en tus circunstancias, el Espíritu Santo se mueve a tu favor. Y ten en cuenta que, si las cosas ocurren de modo diferente a como lo esperas, de igual manera se habrá cumplido la perfecta y soberana voluntad del Señor. 

ORA LA PALABRA“¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío” (Salmos 42:11).Padre, tú eres mi esperanza. Dichosos los que esperan en ti, porque eres un Dios de justicia. Sé que hay un tiempo para cada cosa y para cada obra (Eclesiastés 3:17). De nada me sirve impacientarme, porque no está en mis manos retroceder ni adelantar un solo día. Con mis ojos puestos en ti, esperaré con paciencia el tiempo oportuno en el que se cumpla tu voluntad. Concédeme sabiduría para aprovechar bien cada etapa de mi vida y discernimiento para no desperdiciar ninguna. Mientras tu aliento me sustente esperaré en ti.

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