“El triunfo no autoriza a ser canalla” Por Joaquín Dicenta

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Los seres humanos tenemos que determinar el rumbo de nuestra existencia. Las opciones son nuestras: vivimos a plenitud o meramente existimos.

No podemos seguir guardando silencio porque nos vamos a convertir en cómplices de la violencia que nos rodea y del abuso al que estamos sometidos. Tenemos que indignarnos y rechazar con toda la fuerza de nuestro espíritu la barbarie en que vivimos.

Las voces que se escuchan, las palabras que se leen, las escenas que se ven son espejos de las realidades que se viven y nos imponen una mediocridad que nos está tragando. Nos amedrentan, nos aterrorizan, nos engañan para que nos hundamos en las tinieblas, para que no salgamos de la alegórica caverna, ocultando las verdaderas intenciones de los servidores del obscurantismo, alejándonos del más tenue destello de la verdad. El ser humano dócil, callado, ignorante, es al que quieren para que se multiplique y así poder ser útil a los trogloditas que gobiernan al mundo.

En esa monótona batalla muchas veces uno se siente perdido contra las cosas que nos indignan. El continuo bombardeo de provocantes conferencias de prensa, de comentarios o artículos viciados de mentiras, obligan a uno a responder con toda la fuerza en defensa de lo justo. Razones hay de sobra para hacerlo.

Tratar de hacernos creer con burdos engaños que las violaciones a la humanidad son actos de justicia es la mofa más descarada a la dignidad y al respeto del ser humano, una afrenta a la inteligencia de todos.

Ya es hora de confrontar a los que se escandalizan cuando los palestinos defienden su nación o cuando los puertorriqueños reclaman su inalienable derecho a su independencia. Sin olvidar que en Puerto Rico siempre se han celebrado elecciones con tropas estadounidense y agencias represivas (federales) presentes desde el 1898 en suelo puertorriqueño. Todos enmudecen cuando la corrupción de los serviles puertorriqueños y explotadores estadounidenses nos roban el patrimonio nacional, como lo han hecho en otras partes del mundo. Hay quien se atreve a poner el grito en el cielo cuando se celebran elecciones en Venezuela, pero sufren de un mutismo selectivo cuando se violan los derechos humanos en otras naciones que permiten las políticas criminales favorables a los intereses estadounidenses.

No podemos callar cuando escuchamos como el hambre y las enfermedades consumen a cientos de nuestros hermanos. Guardamos silencio cuando cubiertos por fraudulentas banderas democráticas o religiosas permitimos que nos roben la esperanza a una educación adecuada y los servicios de salud tengan como único propósito satisfacer las cuentas bancarias de unos depredadores. Es inmoral tolerar a los que se creen todopoderosos dueños del mundo a seguir actuando como si realmente lo fueran.

Ya no podemos seguir escuchando a unos charlatanes que con falsa retórica intentan destruir el balance ecológico de la Madre Tierra, con la finalidad de llenarse los bolsillos con unas mugrosas monedas de plata. Escuchamos aturdidos como se asesinan en todas partes del mundo a inocentes, pero no decimos que las armas vienen de la poderosa industria estadounidense. Nadie se escandaliza porque el mercado de drogas más grande sean los EEUUAA y nos traten de hacer creer que el problema no es estadounidense No nos indigna que los mercaderes del mundo impongan las más severas exigencias económicas a la explotada población mundial mientras ellos disfrutan de privilegios que el sudor de los menos afortunados les ha provisto.

No nos indignamos porque en nuestro aturdimiento hemos perdido el norte del verdadero sentido de la vida. Nos hemos deshumanizado, acobardados por un vil materialismo. Vivimos la contradicción de buscar en el fanatismo religioso la solución de nuestros problemas, pero en desprecio y menoscabo de los más elementales valores humanos.

¡Sí, yo me indigno ante tanta mentira! Estoy harto de la retórica inservible, de diálogos inútiles y del menosprecio que expresan los líderes mundiales por los no privilegiados, como si vivieran en otro mundo que no es el nuestro.

Pero parece que solamente a un puñado le importa. En el desenfreno cotidiano parece que no tenemos tiempo a pensar y a entender el porqué de nuestra situación. Para la manada resulta menos irritante vivir en la obscuridad de las cavernas, temerosos a buscar la luz de la verdad.

Los quejosos se lo achacan a la economía, a las drogas, a las armas, a los valores.

Tenemos miedo a pensar, a buscar la razón. Nos aterroriza ser libres y buscamos todas las maneras de explicar, aun cuando sean estas las más inverosímiles excusas para entregarnos a la sin razón.

La esperanza está en que todos nos indignemos. Pero más importante es que nos comprometamos a actuar. Tenemos que liberarnos de los temores inculcados por el pasar del tiempo. Tenemos que romper con ese miedo que nos inmoviliza o seguiremos viviendo como los desterrados de la tierra. Está en nuestras manos escoger.

¡Todos tenemos derecho a romper el silencio!

¡No podemos callar! Tenemos que luchar por lo justo o jamás viviremos en paz.

 

Sr. presidente de los Estados Unidos:

Amparado en la cobarde justificación de cumplir con la ley, usted está dispuesto a arrebatarle a madres indefensas a sus hijos en momentos de extremo dolor para ellos. Nunca pensé que un acto tan infame podría ocurrir en este país. Mucho menos de un individuo que tanto se ufana de su hombría. Desconocer las razones históricas de los que se ven obligados a cruzar la frontera resalta su extrema ignorancia o demuestra definitivamente que esta abrazado a doctrinas racistas de exterminio.

Nuevamente recordándole que los que hemos tenido que emigrar no venimos de naciones de mierda y que de la única letrina que sale excremento es de aquellos que no respetan a los seres humanos.

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