¿Eres un Lavapiés?, por la Lic. Liliana D. González

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Rememoro aquel día especial con entera claridad, comenzaron a suceder cambios significativos en mi vida espiritual. Me asaltó la sorpresa, mas no me halló desprevenida. Recibí la noticia con la misma emoción de una niña al abrir el regalo más deseado. Pasé muchos días con la misma necesidad en el corazón, le pedí en oración al Señor que me usara según su voluntad para servirle. Y si hay algo que no desprecia Dios es un siervo dispuesto a agradarle.

¿Qué significa ser un siervo de Dios? La vida de nuestro Maestro ofrece el mejor ejemplo, a pesar de que Jesús nunca pecó, vivió con un corazón contrito y un espíritu quebrantado. La actitud de nosotros debe ser como la de Jesús, «aunque era Dios, no consideró que el ser igual a Dios fuera algo a lo cual aferrarse. En cambio, renunció a sus privilegios divinos; adoptó la humilde posición de un esclavo y nació como un ser humano. Cuando apareció en forma de hombre, se humilló a sí mismo en obediencia a Dios y murió en una cruz como morían los criminales» (Filipenses 2:5-8 NTV). En su último suspiro, Él dijo: «consumado es» (Juan 19:30). Jesús cumplió el propósito por el cual vino al mundo: «He descendido del cielo para hacer la voluntad de Dios, quien me envió, no para hacer mi propia voluntad» (Juan 6:38 NTV).

Tú también has nacido con un propósito. Tienes una tarea por delante, una misión, un llamado, una vocación, dile como quieras, lo importante es cumplir la voluntad de Dios. Imagina el glorioso momento en el que estarás frente al Salvador del mundo y mirándolo a los ojos podrás decirle: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Timoteo 4:7). 

Yo veo la vida como un viaje en tren. En alguna estación a ti y a mí nos tocará bajar para nunca regresar; lo curioso es que no sabemos el día ni la hora en la que descenderemos de la locomotora. De lo que si estamos seguros es de que bajaremos sin equipaje, sin nada de lo que acumulamos en este mundo, desnudos; ni el cuerpo que nos sirvió de morada nos pertenece. Por esa razón, Jesús nos insta a no acumular bienes materiales en la tierra, pues se desgastan o se corroen, más bien nos alienta a depositar nuestro corazón en el cielo (Mateo 6:19-20).

Obedezcamos, pues, a Dios como sus hijos amados; cultivemos la humildad, dejemos de vivir de las apariencias, no acumulemos deudas para vestir ropa lujosa, joyas costosas, dejemos de suspirar por el carro del año o por el móvil de última generación. Renunciemos a los placeres mundanos que solo dejan vacía el alma y esforcémonos por obedecer la ley de Cristo. «Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo» (Gálatas 6:2).

Socorre al pobre, comparte lo que tienes, enseña el evangelio, ora por las necesidades ajenas. ¡Sé un Lavapiés! Haz como Jesús, que siendo Dios, lavó los pies de sus discípulos. Hemos sido llamados a ser lámparas del mundo: «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 4:16).

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