Gervasio Fulgencio Ortiz Irizarry sentíase fastidiado de la vida y no era para menos.

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Soñar no Cuesta Mucho …es gratis

Tenía problemas con el azúcar y el hígado, desafortunada glándula, ya no era capaz de procesarla debido a un cuadro patológico denominado diabetes que ya era conocido en los tiempos de El Quijote con el nombre de hidropesia.

¡Y con lo que le gustaban los flanes, mantecados de vainilla y el arroz dulce, además del pan dulce, las rosquillas de DD y otras delicias de los gordos golosos!

Sus dedos mayor, índice y anular tenían más hoyos que un colador oxidado y solamente el escuchar la palabra “insulina” le producía escalofríos tenebrosos en la esparda, y “retorcijones en el alma” como decía su abuelo Genaro que estaba descansando y retirado en Ponce, pero en el cementerio Merceditas de los veteranos.

Pero eso no era todo porque también el médico le había dicho que tenía que evitar la sal por el problema de la hipertensión.“Brother, si no te dejas del arroz con gandules, el lechón, el pan del Espíritu Santo, los mofongos salerosos, los cochifritos y otras delicias del paladar caribeño, te expones a un derrame cerebral, coágulos en la sangre, trombosis y otras calamidades.Puedes comerte un trozo pequeño de pizza una vez al año y te vas en coche,” le advirtió el Dr. Melcocha, su médico de cabecera que ya la está poniendo en estado de alerta acerca de ciertas cosas en el intestino grueso, próximo al recto; y unos líos con la próstata.Huyyyyyyy.

“Ni salado ni dulce, ahora sí que estoy salado” se decía Gervasio Fulgencio lamentándose de la efímera existencia con sus amistades más cercanas, entre ellas Cunio, Salomon y Batioca.Jugaban domino para pasar las penas y compartir los rumores de la bancarrota de Hartford y los chistes acerca de Trump.

¡Ah!Y para hacer las cosas más tétricas no se podía dar el palo con la frecuencia acostumbrada, salvo que fuera el desagradable vino de arroz de los chinos que era más amargo que el día lunes, y una famélica fría de vez en cuando.

Hablaba esa noche tibia de junio en el restaurante “Los Pedreros Ausentes” con sus amigos acerca del tema común de sus males y de lo triste que era la vida pasados los cincuenta.Repentinamente y cómo viniendo desde la nada, se les acercó un señor calvito que al parecer había escuchado el triste diálogo y las penurias de Gervasio.Después de excusarse cortésmente, les pidió hablarles de unas ideas que probablemente ayudarían al señor Gervasio Fulgencio a sentirse mejor en este torbellino llamado vida y extender su quehacer respiratorio y cardiaco por al menos cuarenta años más.

Al principio los tipos le miraron con desconfianza pensando que era un Testigo o un vendedor de la pirámide mágica donde usted pone quinientos y no gana ná.Finalmente y después de consultarse con las miradas, le permitieron sentarse y he aquí lo que les dijo.

“Señores mi nombre es Orosemo Sigfrido Hoffman.Yo no vengo a vender nada, solo vengo a regalar,” dijo sacando de su cartapacio la fotografía ampliada y a color de una lengua humana, cuestión que Gervasio y sus acompañantes interpretaron como algo pecaminoso.

“Les sorprenderá mis hermanos que les muestre esta reproducción de uno de los músculos más extraordinarios del cuerpo humano que aunque no es de la misma importancia fisiológica que el motorcito, usualmente llamado corazón; tieneque ver con uno de los sentidos que permite saborear diferenciando lo helado de lo caliente, lo ácido de lo dulce, la hiel de la miel, y lo pútrido de lo fresco, entre otros usos que ustedes conocen quizás mejor que yo.Sí señores, es la lengua, la sagrada lengua que también nos permite expresarnos a través de las palabras que modulamos y que incluso muchos usan como burla sacándola y mostrándosela al prójimo… ¿me puedo servir una fría?” pregunto Orosemo Hoffman que era el nombre que ostentaba una elegante tarjeta de presentación que había distribuido entre los oyentes y donde aparecía el título del sujeto: “Doctor en Lengua PhD.”

Orosemo dirigió su atención hacia el diagrama de la sin hueso explicando que en un lado de la misma se ésta sentía el sabor dulce y al otro lado el salado.“De una paloma las dos alas,” manifestó el calvito en una metáfora que los que le escuchaban no entendieron mucho.

“¿Y esto qué tiene que ver con la diabetes brother?” preguntóGervasio que no sabía mucho de comparaciones poéticas, metáforas, métrica, octosílabos ni todas esas jodiendas dominadas y explotadas en talleres literarios por Valleno, un tipo que se hacía llamar “el profesor.”

“Allá voy, allá voy mi hermano,” manifestó Orosemo que extrajo de uno de los bolsillos de su chaqueta dos minúsculas tabletas, una roja y otra verde.

“Mi amigo la buena noticia es que ya se puede despedir de la diabetes y de los pinchazos, ayunos, abstinencias y la rabia que le azota como una ola Tsunami cuando ve la jeringa.Lo que le ofrezco es la solución a su problema y en el futuro cercano o lejano, al de sus amigos porque todos somos de la especie humana y tan vulnerables cómo la crisis internacional interpretada por Donald.Estas tabletas tienen su origen en el jugo extraído de la corteza de un árbol del amazonas llamado Kulokonao que crece cerca de un poblado descubierto en el 2016 por el antropólogo Dionet Caramboliño, doctor brasileño que las manufacturó, escapando por un pelo de que los nativos le achicaran la cabeza en el rito del humito.Ahora bien Don Gervasio, si usted fuera a comerse en estos instantes frágiles como una chiringa un sabroso flan de vainilla con mantecado de chocolate, ¿qué le pasaría?” preguntó el calvo con una sonrisa rayana en el sarcasmo que acentuaba su cara de mosca.

“¿Me lo dice o me lo pregunta?” respondió Gervasio un poco amoscado por ese discurso.“Pues me sube el azúcar a 645, me darían tiritones, y me iría a acompañar a mi abuelo al cementerio Merceditas,” terminó de responder.

“Mire, pídase ahora mismo un ron barrilito con un flan de manzanas y crema, pero antes de saborearlos, masque esta pildorita roja y veamos los resultados,” ordenó Orosemo Hoffman.

Con el alma impregnada de dudas y temiendo maleficios; Gervasio hizo lo que le decían.Mascó con cierta desconfianza arquetípica la tableta milagrosa, luego se bebió de un trago el vaso con ron, y finalmente saboreo el flan, persignándose y despidiéndose de la vida.

Observado por la mirada ansiosa de susamigos y la sonrisa inescrutable de Orosemo, esperaron los resultados por unos eternos diez minutos.Una sensación de paz había sobrecogido al diabético que sintió que el alma le regresaba a su cuerpo y que la luz del restaurante aumentaba y pajarillos invisibles entonaban el Himno de la Alegría de Ludwig.

“¡Coño trabajó, coño trabajó!” gritó Gervasio que de inmediato pidió al sabio la otra tableta y solicitó un pescado chillo con los ojos abiertos y el más salado que hubiese en la cocina de Cristóbal.Después de la primera experiencia de trascendencia telúrica acompañada por algunos gases, por allí apareció una máquina de medir la presión arterial y después de haberse comido un pescado más salado que el presupuesto de Connecticut, los resultados fueron abismantes: 120|68.¡Un nene de 18 años!

“¡Trabajó, trabajó!” gritó nuevamente Gervasio dándose golpes en el pecho, moviéndose como un poseído y aprestando su ánimo para trasladarse a Montreal, ciudad en la que vendían las tabletas a un precio genérico ya que según Orosemo el secreto todavía había escapado de las fauces hambrientas de avaricia de las farmacéuticas estadounidenses aliadas con Trump y que representaban una de las nueve plagas mencionadas en la Biblia y en el Libro de Siete Escalofríos de Kajakch Bayamonto.

Así, contento y excitado, lo despertó su esposa quien atribuyó los movimientos espasmódicos de su esposo Gervasio como esa nueva dolenciaa los nervios que le hacía dar patadas y bailar merengue dormido.

“Si al menos fueras sonámbulo y salieras al patio…” le dijo Anadina, la sacrificada esposa.

“No te olvides de tomar tus píldoras para la presión” le dijo, mientras Gervasio regresaba al taller de automóviles.Fue un sueño feliz ese de las tabletitas y se prometió ir a Montreal por si las moscas para inquirir acerca de las pastillas de Kulokonao y lo de la lengua, hummmmmm.

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