El espectáculo es tan solo comparable a lo que se observa después de una cruenta batalla en la que el enemigo inmisericorde ha arrasado sin piedad pueblos y ciudades, quebrantó puentes y carreteras, fracturó el vital sistema de comunicaciones, infectó el agua, abrió horrendas grietas en el terreno, causó bajas humanas, y cambió el perfil geográfico como si hubiese estallado una bomba atómica, o seres humanos, animales, y viviendas hubiesen recibido el ataque fulminante de bombarderos.
La imagen de ciudades y pueblos como Concepción, Talca, Chillán, Constitución, Curanilahue, Talcahuano y balnearios como Dichato entre muchos más, no difieren de aquellos mostrados en fatídicos documentales cinematográficos de la segunda guerra mundial, Vietnam, o Irak.Lo espeluznante es que este enemigo es en este caso la naturaleza típica de Chile que desde antes de la llegada de los españoles, asestó golpes de perfiles apocalípticos que hacían desaparecer islas, crecer montañas, o crearon archipiélagos que quizás alguna vez fueron masa de tierra firme.
Terremotos y temblores han caracterizado la historia de esta larga y angosta faja de tierra con una costa totalmente abierta a las aguas del océano Pacifico y cuyo extremo sur como que se desintegra en miles de islas e islotes, producto talvez de antiguas convulsiones telúricas.
Con ellos, los maremotos son los enemigos imprevisibles que atacan en forma sorpresiva y artera, sin aviso previo, e interrumpiendo la vida de cientos de miles de personas que se enfrentan sin defensa a estos antagonistas que componen el otro rostro de la naturaleza, el del caos.
Eran las 3 de la mañana y 34 minutos de la madrugada del pasado sábado 27 de febrero cuando un violento terremoto de grado 8.8 en la escala internacional de Richter sacudió con inusitada fuerza la zona central y sur de Chile.
De acuerdo a testimonios y a los exactos instrumentos de medición de los institutos sismológicos del mundo; el fenómeno duró más de tres minutos y se debió al desplazamiento de gigantescas capas tectónicas a 35 kilómetros de profundidad. En la superficie y de acuerdo a video de aficionados que usaron sus teléfonos celulares, las víctimas sintieron que la tierra brincaba y era imposible mantenerse en pie.
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Aturdidos por el inusitado movimiento, las aterradas víctimas quedaron pronto en la total oscuridad ya que se fue la energía eléctrica, y escuchaban el rumor sordo del terremoto que se asemeja al paso de enormes trenes subterráneos ó truenos desbocados en las profundidades de la tierra. Observaron con terror como mesas, sillas y muebles se movían como con vida propia y que ventanas y vitrinas explotaban con un sonido ensordecedor.
En los populares balnearios veraniegos del sur de Chile que esa noche de luna llena habían celebrado el fin de un hermoso verano en playas paradisíacas; había cesado ya la música y la población dormía. Los espectadores del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar se iban retirando y se preparaban para asistir a la noche final del sábado en la que se repartirían los premios a los mejores autores y compositores.
Despertados por la conmoción del violento fenómeno telúrico, cientos de veraneantes provenientes de Concepción, Santiago, Talca o Chillán; no hicieron lo que los lugareños y habitantes de aldeas de pescadores aprenden desde niños: escapar de inmediato a los cerros ya que después del «terremoto viene el maremoto.»
Y esa madrugada no fue la excepción. Abrumados por el terror, sin comunicaciones ni sirenas de alerta ya que la energía eléctrica se interrumpió; muchos no huyeron y fueron alcanzados por olas gigantes que penetraron muy al interior de pueblos y ciudades. «Todo era oscuridad, caos y gritos de personas pidiendo ayuda,» dicen los testigos sobrevivientes de una de las noches más largas de sus vidas.
Tres horas más tarde, la luz incipiente del día dejaría al descubierto el daño provocado por el tenebroso enemigo. Ya no había balnearios, mansiones de veraneo, locales comerciales. El mar lo había destruido y llevado todo.
«Gracias a la luz de la luna pudimos orientarnos y subimos al cerro desde donde vimos la entrada del mar y el destrozo,» diría después un pescador que siguiendo los consejos de sus antepasados, escapó sin dudarlo con su familia con lo que tenían puesto para buscar refugio en los cerros y colinas cercanas. Otros, desorientados y confusos fueron recogidos para siempre por el mar.
Fue un ataque feroz y desde ese mismo sábado las autoridades de gobierno dirigidas por la presidenta Michelle Bachelet iniciaron la labor de evaluación de los daños y perjuicios provocados por uno de los terremotos más grandes en la historia del mundo, casi semejante al otro cataclismo que afectó las ciudades de Valdivia y también Concepción el 21 de mayo de 1960 donde otra vez la naturaleza que tiene un rostro maternal, pero otro que nos enseña lo minúsculos que somos ante ella; clavó nuevamente su flecha en este territorio. En esa oportunidad el terremoto alcanzo una inusual magnitud de 9.5 puntos en la escala Richter.
En mi caso, una inusual llamada de mi hermana a las 5 de la mañana me despertó y me puso en estado de alerta. Llamadas nocturnas o de madrugada pueden ser el presagio de enfermedades o crisis.
«Hubo un terremoto en Santiago, todos estamos bien hasta ahora aunque sigue templando, la casa está en buenas condiciones, pero ya no hay luz…» y allí se cortó la comunicación. De inmediato prendí el computador y busque el canal 437 del canal de Televisión Nacional de Chile en la que unos locutores pálidos, ansiosos y también impactados por el terremoto que también afectó violentamente a Santiago, daban las primeras noticias.
Después de esa providencial llamada de alerta, llamé a chilenos conocidos y hablé con ellos o les deje mensajes acerca de lo sucedido. Por las próximas 48 horas, me fui imposible comunicarme con mi familia, pero a diferencia de cientos de miles de chilenos en el extranjero, había recibido al menos la noticia de que habían sobrevivido.
El sábado y domingo y observando las imágenes traídas por los valientes reporteros del Canal Nacional que de inmediato fueron a las zonas afectadas, pudimos cerciorarnos de la violencia del terremoto/maremoto que marcó nuevamente la historia de Chile de ese día sábado 28 de febrero.
De acuerdo a expertos internacionales y a solos unas semanas del acontecido el terremoto en Haití, se ha dicho que la suma de 799 muertos que podría aumentar en los próximos días, pero que no ha llegado a la cantidad de pérdidas humanas de este país hermano del Caribe víctima también de un terremoto. Se ha dicho que Chile estaba mejor preparado para enfrentar este cataclismo, sin embargo, nadie estará jamás preparado para un terremoto y maremoto. La ciencia que nos lleva a explorar otros planetas, aun no comprende a cabalidad el funcionamiento del nuestro.
Hay en la actualidad dos millones de personas que han perdido sus viviendas, y aunque el gobierno regularizó recientemente la entrega de alimentos, agua y ropa de emergencia para los cientos de miles de victimas y damnificados, el ejército ha tenido que intervenir en ciudades donde el pillaje provocado por antisociales ha hecho más difícil aun las labores de recuperación que ahora se inicia.
El gobierno solicitó la ayuda internacional, y en Connecticut han surgido espontáneamente iniciativas para dirigir la ayuda hacia los sectores que más lo necesitan y a través de organismos como la Cruz Roja Internacional.
El hecho de que bancos y cajeros automáticos hayan comenzado a funcionar, que la luz eléctrica esté llegando a pueblos y ciudades, permite que nuestras familias reciban ayuda, pero como en Haití, aun hay mucho más que hacer.
A diferencia del terremoto de 1960, habemos en la actualidad más de un millón de chilenos en el exterior y nuestras familias sienten un apoyo extra que no tenían las victimas del cataclismo acaecido hace medio siglo. La comunidad internacional, incluido los Estados Unidos, Cuba, Perú, Bolivia, la comunidad europea, Rusia, China, entre otras, están haciendo llegar su ayuda; pero la reconstrucción de ciudades y pueblos será una batalla larga en contra de un enemigo que puede darnos tantas cosas positivas, pero que en tres minutos puede acabar con las cosas materiales que son símbolos de felicidad.
Cualesquier campaña que se inicie en el exterior a favor de Chile y Haití, no es cuestión de meses. Tomará años o décadas recuperar lo perdido, pero por ahora hay que tener presente que en dos meses más comienza el crudo e inclemente invierno chileno caracterizado por lluvias, temporales de viento e inundaciones.
En esta nueva batalla para defendernos de la naturaleza, somos nosotros, los que a veces en contra de nuestra voluntad tuvimos que emigrar; una pieza clave de la recuperación de nuestra patria. ¡Fuerza Chile!












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