Herederos del Cielo

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“Cierto día, algunos padres llevaron a sus hijitos a Jesús para que los tocara y los bendijera, pero los discípulos los reprendieron por molestar al Maestro. De inmediato, Jesús llamó a los niños y les dijo a sus discípulos: «Dejen que los niños vengan a mí. ¡No los detengan! Pues el reino de Dios pertenece a los que son como estos niños. Les digo la verdad, el que no reciba el reino de Dios como un niño nunca entrará en él»” (Lucas 18:15-17 NTV).

Es como si Jesús nos dijera: “Si quieres entrar al cielo saca el niño o la niña que llevas dentro”. Todos alguna vez fuimos niños, no obstante, a medida que vamos creciendo y socializando con las personas de nuestro entorno olvidamos las virtudes que poseen esas pequeñas personitas.

“Mami, no quiero crecer”, exclamaba mi hija con apenas cuatro años. Parece que intuía que los adultos nos complicamos la vida cuando nos vamos haciendo viejos. Mi mayor deseo no es que ella tenga fortuna, diplomas y reconocimientos, sino que sea feliz.

El deseo de algunos padres de que sus hijos crezcan precozmente hace que aceleren su educación. Los niños se ven forzados a aprender a leer y a escribir antes de la edad requerida. Son reprendidos porque juegan mientras comen y pierden mucho tiempo desayunando. Son castigados porque se ensucian la ropa o porque no paran de reír y divertirse. Son obligados a caminar erguidos, a sostener la mirada durante una conversación y a hablar con buena pronunciación. Lo cierto es que la infancia es la etapa más corta del ser humano y debería disfrutarse a plenitud. Ya habrá tiempo de sobra para asumir las grandes responsabilidades de los adultos. A los padres, abuelos, tíos, maestros y representantes nos conviene estar más interesados en aprender de los niños que en forzarlos a crecer. Ellos poseen las cualidades que nosotros necesitamos desarrollar para heredar el cielo.

A Jesús le encantaba estar cerca de los niños y jugar con ellos porque son inocentes, limpios y puros de corazón. En el sermón del monte, Cristo declaro: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8). Los adultos creemos que la ingenuidad nos pone en desventaja en una sociedad donde se necesita ser malicioso y precavido. Sin embargo, los niños alcanzan el favor de Dios porque no tienen prejuicios ni malicia. Ellos dan amor sin fingimiento y no cultivan el rencor. Dos niños pueden pelearse por un juguete y al poco rato estar jugando como si nada. Nosotros necesitamos cultivar el perdón, aprender a pasar la página y volver a comenzar sin importar el número de veces que necesitemos hacerlo.

Algunas personas, a medida que avanzan en edad, se vuelven gruñonas y quejumbrosas. Se les hace difícil divertirse. Los niños, en cambio, no pierden oportunidad para pasar un buen rato. Basta con degustar un helado de su sabor favorito, un paseo en bicicleta o un simple juego de mesa para que la alegría llegue a sus corazones de manera instantánea.

Hoy es un buen día para que abras tu corazón y le des la bienvenida a tu niño interior. No importa la edad que tengas; diviértete, disfruta de un rico helado, chorréate la corbata, ríete de cualquier cosa, juega, cree y ama como un niño. Ellos poseen la fe como virtud, la misma que necesitamos nosotros para creer en Dios y esperar sin dudar en sus promesas.

ORA LA PALABRA

“Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos, y les dijo: —Les aseguro que para entrar en el reino de Dios, ustedes tienen que cambiar su manera de vivir y ser como niños” (Mateo 18:2-3 TLA).

Señor, necesito de ti para cambiar mi manera de vivir. Dame el poder de tu Santo Espíritu para lograrlo. Circuncida mi corazón y hazme ser como un(a) niño(a) que recibe con gozo tus mandamientos y aprende de ti que eres manso y humilde de corazón. A partir de hoy me esforzaré para aprender de ti cada día. Daré siempre gracias por todo, perdonaré fácilmente, me sujetaré a mis autoridades, me disculparé por las faltas que cometa, seré irreprensible y sencillo(a), hijo(a) de Dios sin mancha en medio de esta generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandeceré como lumbrera en el mundo (Filipenses 2:15). Amén.

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Lic. Liliana Daymar González

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