Ideales -II, por Jorge L. Limeres Gregory

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La vez pasada definimos lo ideal como algo imaginario, que no tiene existencia física, que es inalcanzable, que solamente existe en la mente humana. También prometimos discutir el “ideal” de la independencia de Puerto Rico explicando por qué es este el estatus político legítimo para todos los puertorriqueños.

La independencia es ser libre, es poder tomar las decisiones que uno entienda son las mejores, ya sea a nivel personal o como una nación. El “ideal” de ser libre contrario a la definición dada tiene existencia física, es alcanzable, es real, pero no es perfecto.

La libertad sirve para darle sentido a la vida misma. Cuando vives la libertad las responsabilidades que tu contraes son tuyas, son de tu propio hacer, son las que tu controlas. Seguramente que en el mundo en que vivimos siempre existe una relación con elementos ajenos a tus circunstancias que trataran de imponer sus criterios sobre los mejores intereses tuyos. Pero como persona libre, tendrás en tus manos la decisión final. Busquemos ejemplos sencillos donde teniendo la libertad de decidir podríamos tener farmacias nacionales ya sea en forma de cooperativas o con capital local que le provean al pueblo en forma efectiva los servicios necesarios. Las ganancias se quedarían en el país, los productos en venta podrían ser de nuestra propia manufactura o comprados en el exterior a precios más baratos. Los puertorriqueños determinaríamos que y quienes les conviene más en tan competitivo mercado mundial. No estaríamos sometidos a la imposición estadounidense, en el que ellos deciden qué, quién y dónde se venden los productos de compañías estadounidenses y dónde las ganancias de las ventas van a parar al extranjero y no a la economía local. Los puertorriqueños, siendo independiente tendrían control sobre el costo de los fletes marítimos, de los productos que se transportan desde el exterior o que se exportan al exterior. A los puertorriqueños nos cuesta alrededor de $500 millones de dólares adicionales anualmente, pues estamos obligados a utilizar la marina mercante más cara y peor que existe en el mundo: la estadounidense. Otro ejemplo sencillo de esta imposición fue cuando un tiempo atrás un país vecino ofreció intercambiar productos farmacéuticos elaborados en Puerto Rico en cambio de petróleo a un precio por debajo del precio en el mercado. El gobierno de los EEUUAA denegó el permiso para esta oferta efectiva para los puertorriqueños.

Los EEUUAA desde la invasión a Puerto Rico han tenido poder absoluto sobre las leyes de inmigración determinando quien entra y sale del país. Tienen un tribunal federal que enjuicia a los puertorriqueños bajo leyes estadounidenses prevaleciendo estas sobre leyes locales. Uno de los   ejemplos absurdos de este poder colonial ha sido que esas cortes determinen desde el precio de la leche que se consume hasta las peleas de gallo. Temas más serios como la pena de muerte para ciertos criminales, han sido rechazados por el pueblo en general, pero el gobierno extranjero insiste en esta abominación. Las agencias federales investigativas y represivas imponen sus criterios y poder sobre todo el país. Los EEUUAA controla los medios de comunicación censurando lo que ellos entiendan es perjudicial para ellos. Ese país controla nuestras costas y el espacio aéreo del archipiélago, aunque han fallado desastrosamente controlando la entrada de drogas y armas ilegales, permitiendo una crisis con la situación criminal del país. Los puertorriqueños no tienen control sobre el establecimiento de empresas, tampoco controlan las leyes ambientales que muchas veces tienen efectos nocivos a la ciudadanía. Los EEUUAA determinan las pautas y normas en la educación pública del país, aunque esos criterios sean en detrimento de una niñez con una formación educativa diferente. Las leyes de salud pública están sujetas a los caprichos extranjeros y mantenemos corporaciones aseguradoras privadas que controlan los precios y la calidad de los fármacos. Lo que recete un médico depende del costo del producto determinado por un burócrata en una oficina.

Puerto Rico lucha por su propia existencia, por sobrevivir como pueblo ante el canibalismo de unos grupos poco escrupulosos. La realidad impone que los puertorriqueños elijan el ideal de la independencia. Ser libre no es una utopía inalcanzable, nunca lo ha sido. De hecho, ser libre es la culminación, la realización de cualquier ser humano, que tenga un grado mínimo de auto estima, ya sea a nivel individual o colectivo. Ese es el proyecto de vida de todo ser humano desde que nace. Hacer lo contrario viola su propia naturaleza, compromete su salud mental y espiritual. Solamente los incapacitados mentales, los ignorantes, los que tienen una grave condición mental que los impulsa a cometer barbaridades, a negar su humanidad, a mentir descaradamente sin el pudor que parece reservado para la gente decente, son los que repudian su propia naturaleza.

El ideal independentista hay que transformarlo en esa fuerza contundente que existe en cada uno de nosotros. Hay que sacudirse de los temores creados por esos elementos negativos que solo existen con el único propósito de controlar y manipularnos a todos nosotros. Tenemos que rescatar a nuestro pueblo de los fraudulentos y asqueantes apostatas de la humanidad. No necesitamos escuchar ni traidores ni mentirosos.

Luis Muñoz Marín, antes de vender su conciencia, le advirtió a su pueblo que: “No se puede observar de cerca la vida de Puerto Rico sin llegar a la conclusión de que todo tutelaje es degradante en el sentido moral. Mientras la soberanía no resida en nosotros, habrá genuflexiones y degradaciones ante aquellos en quien resida. Esta es la enfermedad política del Puerto Rico colonial y no tiene más cura que una dosis de soberanía sin adulterar”.

Al tiempo a Muñoz le temblaron las piernas, pero hoy los puertorriqueños hemos despertado y reconocemos la necesidad de sacudirnos de esa indiferencia.

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