La Belleza de ser Mujer, por la Lic. Liliana D. González

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Hace poco, mientras hacía algunas compras, tropecé con un buen amigo al que no veía desde hacía algún tiempo. Muy entusiasmado me presentó a su esposa. La primera impresión que tuve de ella fue favorable, pero después de escucharla hablar mi percepción cambió por completo. Se expresó con tal vulgaridad que en una corta oración demostró su mala educación. El libro de la sabiduría enseña: “Una mujer hermosa sin discreción es como un anillo de oro en el hocico de un cerdo” (Proverbios 11:22 NVI). De esa manera caricaturesca compara Dios a una dama que se conduce con insensatez.

Es lamentable que un sinnúmero de mujeres se exprese con groserías y se vista de forma vulgar e insinuante. Son semejantes a un cerdo maloliente. Se exponen a la desestimación y al ridículo. Recuerdo que, cuando era niña, mi madre me aconsejaba sobre la sobriedad en el vestir, en el maquillaje y en el carácter de una mujer prudente. Me tomaba de la mano y me iba mostrando la manera vergonzosa como se comportaban algunas jovencitas en la calle. Las madres y las abuelas tienen el deber de enseñarles a las mujeres jóvenes a ser sensatas y puras (Tito 2:4-5).

Las hijas de Dios somos llamadas a la pureza; tarea ardua, especialmente en un mundo donde predomina el sexo libre, el descaro y la vulgaridad. No es raro toparse a cada rato con mujeres alocadas que se ríen de cualquier cosa, emplean un lenguaje soez, disfrutan de chistes subidos de tono, usan exceso de maquillaje, compiten entre ellas con vestuarios exhibicionistas, son lujuriosas, coquetean con hombres casados y dedican demasiado tiempo a la diversión y a la frivolidad.

Las hijas de Dios somos llamadas a ser sabias. Es triste mirar a mujeres cristianas conducirse con imprudencia, porque se supone que deben dar el ejemplo y actuar según el conocimiento que han recibido de Dios. Como embajadoras ante el mundo del carácter de Cristo debemos ser un espejo que refleje la gloria de Dios e irnos transformando a su semejanza por el poder del Espíritu Santo (2 Corintios 3:18). Pablo nos instruye al respecto: “Compórtense sabiamente con los no creyentes, y aprovechen bien el tiempo. Su conversación debe ser siempre agradable y de buen gusto, y deben saber también cómo contestar a cada uno” (Colosenses 4:5-6 DHH).

Contrariamente a los que muchos creen, la mujer cristiana no está destinada a vestir falda larga y cuello tortuga. Tampoco es aburrida. Mantiene un espíritu alegre incluso en los momentos difíciles. Es refinada, sabe escoger prendas de buen gusto para lucir elegante y bella sin mostrar desnudez. Se expresa con agudeza, ingenio y sentido de la oportunidad, no pierde el tiempo en novelas ni chismeando en casa de la vecina. Es una mujer laboriosa, prudente y bondadosa; está dedicada al cuidado de su hogar, de su marido y de sus hijos, dando siempre buen testimonio de la Palabra de Dios.

Únicamente el amor que sentimos hacia nuestro Señor Jesucristo nos hace preferir las cosas que lo glorifican a Él y que nos transforman a nosotras en las mujeres sabias que Dios quiere que seamos.

ORA LA PALABRA

 “El encanto es engañoso, y la belleza no perdura, pero la mujer que teme al Señor será sumamente alabada”

(Proverbios 31:30 NTV).

“Vístanse con la belleza interior, la que no se desvanece, la belleza de un espíritu tierno y sereno, que es tan precioso a los ojos de Dios”

(1 Pedro 3:4 NTV).

Señor, haz de mí una mujer pura y de entrañable misericordia. Ayúdame a cultivar un espíritu afable y apacible como el que tú estimas. Gracias por enseñarme que la belleza no depende de las apariencias, de la ropa sensual o costosa, sino de cultivar un corazón que te honre. Declaro que a partir de hoy buscaré la santidad por sobre todas las cosas, me comportaré de manera decente, mi conversación será recatada, mi vestuario sencillo y decoroso, dando siempre la gloria debida a tu nombre. De ese modo, muchos serán ganados por mi conducta casta y respetuosa.

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