La búsqueda de la bruja, por Carlos Riveros

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A Micca, la bruja más linda y tierna.

Cuando Micaela volteó la esquina se cruzó con su Otra Mitad. Pudo ver el punto luminoso sobre el hombro derecho que su Maestro le había explicado llevamos todos pero que sólo vemos en nuestra Otra Mitad. Azorada, lo siguió con la mirada hasta que éste cruzó a la otra acera y se perdió entre el gentío. Micaela siguió camino a su trabajo, como cada mañana, pero algo distinto había en ella: la felicidad de saber que su Otra Mitad existía y la estaba esperando en algún lugar de la ciudad. No bien llegó a su oficina, llamó a su Maestro. Quería contarle que todo el aprendizaje a su lado había dado frutos, que había visto el punto luminoso en un hombre, que estaba dispuesta a aprender más de la Magia, que quería convertirse en una bruja como él.

-Mañana háblale- le ordenó el Maestro, con esa voz ronca que a veces asustaba a Micaela.

-No podría, me daría mucha vergüenza. ¿Qué le diría?

-Si no lo haces, no me llames otra vez.

Al día siguiente, dispuesta a hablar con su Otra Mitad, Micaela caminó por las mismas calles que el día anterior y casi a la misma hora, pero no vio al hombre que llevaba el punto luminoso. Sintió una pena terrible. No entendía por qué el destino le jugaba esa mala pasada.

-No culpes al destino por algo en lo que sólo tú tienes la culpa- le dijo el Maestro esa mañana, en su departamento. -Ayer encontraste lo que tanto buscabas y lo dejaste ir sin hacer nada.

-¡No supe qué hacer!

-Micaela, viniste a mí para aprender Magia, para desarrollar tus poderes. He visto los progresos que has ido dando, pero hoy me siento decepcionado de ti. Ya no puedo seguir siendo tu maestro.

A solas, Micaela rompió a llorar y no sabía si era por la pena de no ver otra vez a su Otra Mitad, por el abandono de su maestro o por el sentimiento de fracaso que la embargaba al saber que la Magia le era esquiva. Sólo le quedaba continuar con su vida, seguir en un trabajo que no la llenaba pero que necesitaba; alimentar a Lucca, su perro y su única compañía; escuchar por teléfono, alguna que otra vez, los reproches que le hacía su madre. Se consoló pensando que hay personas que la pasan peor que ella. Secó sus lágrimas y se dijo que trataría de recorrer sola el camino de la Magia.

Fue así como llegó a la vieja librería esotérica de Zamira, una mujer ya mayor. Iba casi a diario saliendo de su trabajo y rebuscaba entre los libros más viejos y olvidados. Los leía todos ahí mismo y los que no podía los compraba y se los llevaba. En esos libros descubrió la Tradición de la Luna y la Tradición del Sol, conoció secretos rituales, aprendió a leer mensajes en sus sueños, y, lo más importante, entendió, por fin, que la Magia no era ese mito sobrenatural que vemos en las películas sino una fuerza íntima que todos tenemos dentro. Estaba contenta consigo misma y tan ensimismada leyendo esas cosas que no vio cuando un muchacho pasó por su costado buscando algunos libros. Si hubiese reparado en él, habría visto el punto luminoso sobre su hombro. No fue sino hasta que se acercó a la caja a pagar cuando vio al muchacho, su Otra Mitad, que era sospechosamente demorado por la vieja Zamira. Micaela casi se paralizó. El sonido de su celular la despabiló y lo buscó dentro de su bolso. Era el Maestro.

-¡Háblale!- escuchó por toda orden.

“El destino y la fuerza del mundo se conjugan para que dos personas realicen su amor porque es el Amor de todos los seres humanos”, recordó que le había dicho su Maestro. Micaela se decidió a dar el siguiente paso.

-Hola- le dijo, tímida y algo roja por la vergüenza.

El muchacho la miró y le regaló una sonrisa.

-Hola, Micaela.

Sorprendida por el hecho de que él supiera su nombre, pero tratando de no aparentarlo, inició una conversación que se prolongó por varios minutos.

-Es increíble, llevamos sólo un rato conversando y siento que te conozco de toda la vida- dijo Theo, y se sintió un idiota al usar una frase tan trillada.

-Tal vez nos conozcamos de otras vidas- bromeó Micaela. Se sentía feliz. Luego añadió: -¿Te interesa la Magia?

-No- fue sincero él-, hoy vine a esta librería porque te vi entrar y quise conocerte, aunque no supe cómo hablarte.

-¿Y cómo supiste mi nombre?

-Lo leí en el gafete que llevas prendido en tu uniforme. Descuida, no soy mago.

-Yo soy bruja, pero descuida, no te convertiré en sapo- dijo ella, y se rieron juntos.

Desde un rincón de la librería, la vieja Zamira sonreía al ver que, una vez más, el Amor se manifestaba en el mundo.

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