La chica triste que me hacía feliz, por Carlos Riveros

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La canción terminó y todos aplaudieron. Todos, menos ella, que miraba para cualquier lado, desentendida del espectáculo.

– ¿Qué te pasa? – le pregunté, mientras tomaba lo último de cerveza que quedaba en mi vaso.

– Necesito pintar. ¿Nos vamos?

– Pero el concierto está casi por acabar.

– Necesito pintar. En serio.

Yo conocía su interés por el arte y por la pintura, y ya en otras ocasiones había presenciado esa urgencia por pintar. Dejaba todo, donde estuviera, y se ponía a pintar, incontrolable.

– Dame una servilleta, por favor.

Se la acerqué con la esperanza de que se mantenga entretenida por un momento. La vi sacar de su bolso un lapicero y ponerse a garabatear algunas cosas.

El concierto continuó. El cantante, arriba del escenario, estaba encendido, cantando sus mejores temas, poniendo lo mejor de sí.

– Y ahora, para cerrar esta noche, una canción tranquilita. ¡Demolición! – gritó.

Todos ovacionaron.

– ¡Quiero ver ese pogo! – nos azuzó, y todos salimos a poguear, es decir, a lanzarnos unos contra otros, frenéticamente, descargando toda nuestra energía contenida, toda nuestra violencia acumulada.

Echemos abajo la estación del tren, echemos abajo la estación del tren, sonaba la canción, mientras abajo del escenario todos, sudorosos, embriagados por el punk, nos empujábamos, nos pateábamos. Hasta que, casi sin querer (o quizá inconscientemente la vigilaba), la vi a ella pararse y dirigirse a la puerta de salida, apresurada.

A empujones (de qué otra forma, si no), me abrí camino y logré alcanzarla antes de que saliera.

– ¿Adónde vas? – le pregunté, agarrándola de la mano.

– Necesito pintar. Lo siento, pero no puedo quedarme más – me dijo, casi llorando en su disculpa.

– Está bien, tranquila. Ya nos vamos. El concierto ya casi terminó – pero ella no esperó a escuchar eso. Ya estaba camino a la calle, impaciente.

Fuera del local, la noche recién empezaba. El boulevard estaba despierto, como siempre. Bares, cantinas, restaurantes, gente riendo y perdiendo el tiempo. En medio de todo esto, el parque, siempre lleno de muchachos, hippies, rockeros, artistas confundidos.

Hacia allá la seguí. Se sentó en una banca, callada, serena.

– ¿Tienes un cigarro? – me preguntó.

– Sabes que no fumo.

– Consígueme uno, por favor – me dijo, mientras sacaba algunas cosas de su bolso.

Conseguir un cigarro en Barranco no es difícil. La noche y el alcohol crean camaradería. Por eso, cuando me acerqué a un grupo de muchachos para pedirles un cigarro, me lo dieron sin problema, e incluso me invitaron a una copa de ron, que bebían sentados en la plaza. La acepté y me quedé conversando con ellos un  buen rato.

Cuando regresé a verla a ella, me encontré con un tumulto de gente rodeándola. Todos observaban, asombrados. Cuando al fin pude llegar hasta ella, la vi pintando en el piso un dibujo increíblemente hermoso. Me miró, me sonrió y continuó en lo suyo, casi en trance.

– Es muy buena – dijo alguien, por ahí.

Al terminar el dibujo, puso sus iniciales, y se levantó. Era otra; lucía un aspecto diferente. Muchos la felicitaron, mientras otros tomaban fotos con sus teléfonos celulares. Ella, ausente, casi sin darle importancia a los comentarios, sólo sonreía.

– ¿Te gusta? – me preguntó.

– ¡Es hermoso!

– Es para ti. Es por ti. – Nos abrazamos. Luego encendió el cigarrillo que le había conseguido y nos fuimos caminando, ella aliviada por el arte, yo feliz por su compañía.

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