Loco, por Carlos Riveros

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Soy un artista. Hago esculturas. En serio, esculturas. Podría citarte, por ejemplo, El Pensador, y La Piedad, pero quizá  aún no las conozcas, y es que de ésas sólo yo sé su existencia. Ya las esculpirán, a su debido tiempo. Bueno, pero te hablaba de mis esculturas. Las mías son mejores. Mucho mejores. Porque las mías tienen vida, movimiento. ¿Qué artista ha podido darle el toque de vida a su obra, de tal forma que ésta adquiera el poder de moverse? ¡Ninguno! Yo, sin embargo, lo he logrado. Y la sociedad me ha ignorado y olvidado ignominiosamente. Sí, estoy dolido con mis contemporáneos. Pero también los entiendo. ¿No dicen, acaso, que todo gran genio está adelantado a su época, y es, por lo tanto, incomprendido? Lo dicen, lo dicen. Lo he escuchado muchas veces. Pues bien, los perdono. Llegará el tiempo en que mi nombre y mi obra sean resaltados. Ya no estaré en este mundo, pero no importa. Mi arte me hará inmortal. Y mis esculturas, todas ellas, hablarán por mí, poblarán este mundo.

¿Quieres que te hable de mi proceso creativo? Es sencillísimo. Y bastante básico para el arte. De hecho, no he inventado nada nuevo, lo reconozco. Agua y barro, y con eso formar las figuras según tu buen gusto y talento. Porque, claro, hay que tener talento para darle forma a los brazos, a las piernas. Y simetría. He hecho muchas esculturas, pero reconozco que al inicio no eran lo que yo esperaba. La práctica hace al maestro, dicen, o dirán, ya no sé. Pues bien, al inicio todo fue un poco asimétrico, feo, tosco. Grosero. Pero perseveré. A pesar de mis críticos y adversarios. Un gran artista es, básicamente, un estupendo obrero que suda talento. Ese soy yo. Tengo talento. Mucho talento. Pero no me lo reconocen. Aún no. Ya llegará el día, sé que llegará. Soy paciente. A veces pienso que tiempo es lo que me sobra.

Precisamente por cuestión de tiempo es que decidí meterme de lleno en esto. Tenía mucho, muchísimo tiempo y pocos intereses en qué emplearlo. Porque eso sí, lo reconozco, mi arte no viene de cuna. Quiero decir con esto que no siempre tuve en mente ser el estupendo escultor que ahora soy. No. Básicamente, siempre fui un aburrido y desinteresado por todo. Bueno, tampoco había mucho de dónde escoger, tú sabes, sólo basta mirar para un lado y para otro y darse cuenta que prácticamente no existe nada. Pues bien, esa fue mi inspiración: la nada. Qué contradictorio, ¿no? Crear tanto de la nada. ¡Por eso me reconozco como genio! Porque vi eso que nadie más pudo ver.

Y ahora mira alrededor. ¿Ves? ¿Logras ver mis esculturas en movimiento? ¿Las ves, como yo, caminando, corriendo, abrazándose? Dime que las ves, por favor. No estoy loco. ¿O sí? No me hagas dudar. No estoy loco, aunque hable solo y, algunas veces, yo mismo me contradiga. Yo no debería estar encerrado en este lugar, limitado a visitas por horas, porque no soy un peligro para nadie ni un desquiciado. Sólo soy un genio creador, un artista que ha creado mundos, universos, que están ahí, a pesar de que nadie los vea. Soy un virtuoso, no obstante nadie me dé esa categoría por ahora. Pero soy paciente, ya te lo dije. Y llegará el tiempo en que todos sin excepción me reconozcan, y mis esculturas, todas ellas, hablarán por mí. Y entonces, sólo entonces, seré llamado Dios.

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