No te canses de hacer el bien, Lic. Liliana D. González

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Cuando nos devuelven mal por bien es normal sentirnos decepcionados, incluso, puede que agotados de la ingratitud, lleguemos a pensar: ¿vale la pena seguir haciendo el bien? Con toda honestidad declaro que sí vale la pena perseverar en el servicio al prójimo. La Biblia enseña: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís” (Col 3:23-24).

El apóstol Pablo sabía por propia experiencia que hacer el bien puede llegar a cansarnos, debido al egoísmo y la mediocridad espiritual que anida en el corazón del hombre, por esa razón nos exhorta a vencer esa debilidad apoyados en Jesucristo. Entendiendo que no debemos esperar recompensa humana por nuestras buenas acciones, pues todo el bien que hacemos es por amor a Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable.

Ahora bien, nadie puede burlarse de la justicia de Dios. Siempre se cosecha lo que se siembra. Es imposible sembrar maíz y cosechar auyama. Si siembras maldad, cosecharás desgracia; con el palo que pegues, serás golpeado (Pr 22:8 TLA). El bien y el mal son semillas espirituales y, como todas las semillas, tienen un tiempo para crecer, desarrollarse y dar frutos. “Así que no nos cansemos de hacer el bien. A su debido tiempo, cosecharemos numerosas bendiciones si no nos damos por vencidos. Por lo tanto, siempre que tengamos la oportunidad, hagamos el bien a todos, en especial a los de la familia de la fe” (Gl 6:9 NTV).

Los actos de bondad siempre retornan a uno mismo y se expanden como la luz hacia nuestros seres queridos. Es tan gratificante hacer el bien; mira cuánta necesidad hay a tu alrededor: ofrécele pan a un niño hambriento, cede tu asiento a un anciano, visita a un enfermo, consuela a los enlutados, abriga al desnudo, tiende una mano. Es más, “si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Actuando así, harás que se avergüence de su conducta” (Ro 12:20).

Años después de que los hermanos de José lo vendieron como esclavo, él les dijo: “Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo tornó en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente. Ahora pues, no temáis; yo proveeré para vosotros y para vuestros hijos. Y los consoló y les habló cariñosamente” (Gn 50:19-21).

No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos numerosas bendiciones si no nos damos por vencidos.

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