Nuestra Herencia Latina, por Waldemar Gracia

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En dias en que se celebra el mes de la Hispanidad, creo que es importante recordar la aportacionde nuestros ancestros (abuelos/bisabuelos/tatarabuelos) y como ellos mantenian nustras tradiciones y forklore a pesar de que muchos de ellos no sabian ni leer ni escribir. Siempre que tengo la oportunidad me gusta recordar aquellos tiempos en que nos hacian cuentos antes de dormir.

Hace unos días vino a verme mi amigo el pintor, y para mi sorpresa me trajo un librito de cuentos que había comprado por 5¢ en un “Tag sale” en el barrio. Al hojear sus ya teñidas y curtidas páginas pude leer algunos de los cuentos o leyendas de nuestro de nuestro país. Son cuentos y leyendas anónimas que han sido transmitidas de generación en generación. De inmediato me vino a la memoria aquellos tiempos en que mi abuela nos sentaba después de la cena (pues no había televisión) y nos contaba “cuentos”. Tal vez producto de su propia imaginación, pero al fin, nos entretenían, nos enseñaban una lesión y todavía las recordamos. El libro se titula” Cuentos folklóricos de Puerto Rico”.

He aquí uno de esos cuentos de nuestro folklore boricua. ¡Tal vez te lo hayan contado alguna vez! A mí me enseño que toda avaricia tiene un precio, y después de todo, no trae la felicidad. La verdadera facilidad es reconocer lo que tenemos y ser agradecido por ello. Veamos: 

Los Tres Deseos:

Hace ya muchos años, en la época en que Dios y los Santos andaban por el mundo, había un matrimonio muy pobre, pero muy feliz. Vivía en una casita en medio del bosque, donde se mantenían con el trabajo del esposo, que era leñador.

Aunque el matrimonio era muy pobre, siempre estaba dispuesto a brindarle ayuda a los que llamaban a su puerta, y a compartir con ellos lo poco que tenían. Los esposos se querían mucho y se sentían felices con la vida que llevaban. Todas las noches, antes de comer, daban gracias a Dios por la felicidad que dentro de su pobreza gozaban.

Un día, mientras el leñador trabajaba en lo más remoto del bosque , apareció en la casa un viejito 11que dijo que se había perdido en el bosque y hacía días que no probaba bocado. La mujer del leñador tenía muy poco para comer pero siguiendo su  costumbre, le dio al viejito gran parte de su comida.  El viejito comió todo lo que le sirvieron, y al terminar le dijo a la mujer que él era un enviado de Dios y que la había visitado para probar su bondad y que en premio a su bondad les concedería una gracia  especial”. Por eso desde este momento se les concederán tres deseos. Las tres cosas que ustedes pidan les serán concedidas. “

Al escuchar las palabras del viejito, la mujer del leñador, llena de alegría dijo: “¡Ay, si mi marido pudiera estar aquí, para escuchar lo que usted dice!”  No había terminado la mujer de pronunciar estas palabras, cuando se apareció en la casa el leñador, todavía con el hacha en las manos. Se había cumplido el primer deseo.  El leñador no comprendía lo que había sucedido; cómo era que, estando en el bosque cortando un árbol se encontraba ahora de pronto en su casa.

La mujer al verlo le abrazó y le contó lo que había ocurrido. El leñador se quedó un rato pensando en lo que su mujer le había dicho, mientras miraba al viejito, que seguía allí sin decir palabra.

Muy pronto el leñador se dio cuenta de que su mujer, sin quererlo, había expresado uno de los tres deseos, y pensando en las otras cosas que hubieran podido pedir en el primer deseo, se puso furioso con ella. Era la primera vez que se enojaba con su esposa y eso a causa de que ella había malgastado uno de  los tres deseos. La ambición de poseer riquezas lo trastornó de pronto, e insultando a su esposa, entre otras cosas le dijo:

“¡Parece mentira que seas tan estúpida. Hemos perdido uno de los tres deseos y ahora no podremos pedir nada más que dos cosas! ¡Eres una idiota! ¡Ojalá te salgan orejas de burro!”

Tan pronto dijo estas palabras, las orejas de su esposa comenzaron a crecer hasta convertirse en  unas orejas puntiagudas y peludas, como las de los burros.

Cuando la mujer se tocó las orejas y comprendió lo que había pasado, se puso a llorar. El leñador al darse cuenta de que su maldición se había cumplido, avergonzado y arrepentido de su actitud, se abrazó a su esposa.

El viejito, que hasta entonces había observado todo sin hablar, se les acecó y les dijo:  “Hasta el presente ustedes habían sido felices y nunca se pelearon; sin embargo, ahora, de solo saber  que podían adquirir riquezas y poder, han cambiado. Pues bien, solo les queda un deseo por expresar. ¿Cuál es?”

El leñador miró al viejito y le dijo: “Sólo queremos la felicidad que teníamos antes de que a mi esposa le salieran esas orejas de burro”.  No bien había dicho estas palabras, cuando todo regresó a la normalidad.

Antes de irse y en prueba del arrepentimiento que el matrimonio había tenido el viejito les concedió La dicha de tener un hijo que les nacería pronto. Meses después nació el niño y la familia vivió feliz por el resto de sus vidas.

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