La Voz Hispana

Ese loco lugar que llaman cocina, por Carlos Riveros

Ese loco lugar que llaman cocina, por Carlos Riveros
March 07
11:59 2017

El lugar donde trabajo es un restaurante pero podría ser un manicomio. Si el restaurante es un manicomio, la cocina es el pabellón de enfermos mentales más graves y peligrosos. Y si todos los cocineros están locos y se van a los pocos meses, debo deducir que yo, que llevo más de un año ahí metido, debo estar aun más loco que ellos.

I

El boricua tiene cerca de cincuenta años pero aparenta más aunque él jura que luce como de treinta. Es bastante zalamero y divertido, aunque también un poco vago. Pero se hace entretenido y fácil trabajar con él. El problema con él son sus idas al baño. O, para ser más exactos, sus regresos. Y es que el boricua, cada vez que va al baño, regresa con la nariz sospechosamente blanca. Cuando se lo ha visto así, él, suelto de huesos, se ha defendido diciendo que ese polvillo blanco que adorna su nariz es la harina con la que hace las pizzas, que seguro, debido al apuro y la presión por sacar la comida de forma rápida, manchó su rostro sin que se percatara. Obviamente, nadie le cree, pero todos asentimos con una sonrisa benévola. Cuando el boricua está con esas manchas en la nariz, es otro, se acelera al máximo, grita, gesticula, manda, hasta que se le acaban las pilas y se queda sentando en algún lugar. Todos sabemos que el boricua aspira algo más que harina, pero a nadie parece importarle. Tampoco al jefe, quien alguna vez regresó con las mismas manchas en la nariz. Probablemente estuvo en el baño haciendo pizzas con el boricua.

II

Un día nos mandan a otro cocinero. Es un muchacho delgado, esmirriado, que se toma todo con una tranquilidad exasperante. Nada parece preocuparle. A los pocos días de llegar al trabajo, comienza a poner sus propias reglas y su propio ritmo. La comida sale cuando a él le da la gana y no cuando debería salir. Nadie le dice nada. Está bien así porque la cocina es tierra de nadie y los únicos habitantes somos unos locos redomados. Un domingo este muchacho llega voladísimo al restaurante. La mirada perdida, la boca abierta, el pensamiento en blanco, el cocinero se pasea de un lado para otro sin saber bien lo que hace. Es evidente que la noche anterior estuvo en una gran juerga y que ha consumido algunas sustancias dudosas. Mi amigo y yo nos reímos al verlo caminar despacio, perdido. Nos reímos más cuando le dice a la gerente general que está muy guapa y que le gustaría hacerle ciertas travesuras a solas. La gerente es una mujer madura y de escultural cuerpo que no está dispuesta a soportar esos comentarios. Decide suspender una semana al cocinero atrevido y calenturiento. Cuando pasa una semana y el castigo es levantado, el cocinero aparece otra vez en el restaurante con los ojos rojísimos y la misma mirada perdida, dispuesto a trabajar. Pero es evidente que en ese estado es imposible. Le dicen, entonces, que no necesitan sus servicios. Al cocinero parece no importarle. Más tiempo para mí, dice. Antes de salir del restaurante, pregunta si alguien podría freirle una docena de alitas para llevar.

III

Es viernes en la noche. El restaurante está lleno de gente ávida por comer, beber y divertirse. El gerente de cocina no ha aparecido en todo el día. Se dicen algunas cosas tremendas sobre él. Los cocineros estamos un poco desorganizados, perdidos. Nos hace falta, evidentemente, el jefe que nos dirija. Los pedidos siguen llegando y la cocina está a punto de colapsar. Y ya cuando estamos a punto de tirar la toalla, hace su aparición el jefe. Con una sonrisa en los labios, en pantalones cortos, y con una cerveza en la mano, nos da la noticia que ha renunciado, que se cansó de que no le pagaran. Todos nos quedamos helados. Sin duda escogió el peor momento para renunciar. De pronto el ex jefe deja la cerveza a un lado y comienza a dirigir la cocina. Poco a poco todo vuelve a la calma, al orden. Al acabarse los pedidos, coge su botella de cerveza y con una sonrisa brinda con nosotros. Dice que fue un honor trabajar con ese equipo de cocineros, sin duda el mejor que ha tenido el restaurante desde que abrió. Luego lo vemos irse al almacén de licores y escoger dos botellas de vino tinto, sin duda las más caras. A cuenta, nos dice, y se va.

IV

El peor cocinero del mundo no soy yo. Es M. De edad indefinida, la piel oscura, y ojitos traviesos, M. llegó al restaurante sin que nadie lo esperara. Y aunque al inicio demostró, si no talento para la cocina, al menos deseos de hacer las cosas, no duró mucho tiempo. Las hamburguesas se le quemaron no pocas veces, las pizzas le salían cuadradas o con formas indefinidas, el horno era su peor enemigo porque se quemaba tres veces por día. Un desastre. Pero el día que decidió ir al baño y dejó su mandil cerca a las hornillas encendidas, escribió su sentencia. Al regresar encontró un fuego peligrosísimo y creciente que amenazaba con incendiar la cocina. Salió pidiendo auxilio, en busca de algo que apague el fuego. Hasta el sol de hoy no regresa.

V

El peruano no sabe nada de cocina y no se explica por qué le han ofrecido el puesto de cocinero. Pero es una oferta tentadora. Le dicen que le van a enseñar a hacer todo y que tendrá más horas de trabajo. El peruano acepta callado, pensando que quizá, después de todo, no sea tan buena idea. Pero algo que nunca hace es retirarse ante los retos. Entonces comienza a cocinar y se da cuenta que no es nada del otro jueves. Al inicio le dan una pequeña estación pero pronto lo cambian a otra, y al final el peruano aprende más de lo que esperaba. Conforme pasa el tiempo, y al entrar y salir cocineros, el peruano, increíblemente, va adquiriendo más experiencia y responsabilidades. Pronto es ascendido. El peruano, al verse en el espejo, no puede creer que tenga el puesto que tiene sin saber mucho de cocina y con un inglés lamentable. O tiene mucha suerte o los gringos no saben nada del arte culinario. Es una cosa de locos, piensa. Aunque se siente un poco estafador, el peruano sigue adelante y desoye las críticas arteras. Solo frente al espejo, el peruano piensa que algún día escribirá sobre las locuras que pasan en el restaurante donde trabaja.

 

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