La Voz Hispana

La chica que rezaba por mí, por Carlos Riveros

La chica que rezaba por mí, por Carlos Riveros
April 12
16:19 2017

“En el cielo, todos los santos son de mi bando y rezan por mí”

Christina Rosenvinge.

Lima. 2000.

Cuando me dijo “vamos a la iglesia, te hará bien”, pensé: esta chica está loca. Éramos -y, sospecho, somos- totalmente diferentes. El día que me invitó a su iglesia, yo tenía una semana cumplida en depresión. No había salido de casa en toda esa semana. Me la había pasado leyendo a Cortázar y viendo las luchas libres en televisión. No comía, no me bañaba, no me afeitaba. Una semana así. Hasta que sonó el teléfono y era ella. Me dijo que me había estado llamando desde hace días, que le preocupaba que no apareciera por la universidad. No le dije nada.

– ¿Estás bien? – fue lo siguiente que preguntó.

– No – mi respuesta, genuina, la calló por varios segundos. Es evidente que uno no sabe qué decir cuando le dicen que no se está bien.

– Si hay algo en lo que pueda ayudarte…

– Gracias por tu preocupación, pero por ahora estoy bien así.

– Ya, entiendo. Pero sabes, tenemos un trabajo pendiente. ¿Recuerdas? Tenemos que presentarlo pasado mañana.

– Geraldine, hoy no es un buen momento para llamarme. Créeme.

– Estás… ¿deprimido? ¿Te sientes solo? Vamos a la iglesia. Te hará bien.

Entonces me reí. Esta chica está loca, pensé.

– De verdad. Yo sé que suena raro, pero créeme a mí, te ayudará – continuó ella.

– Mañana iré a la universidad.

– ¿Me lo prometes?

– No.

 

Al día siguiente me desperté decidido a ir a clases. Y fui. Tardísimo, a la última clase, pero fui. Desaliñado, con una barba de varios días, no supe si todos me miraban por verme así o porque, finalmente, había regresado.

– ¡Carlos! – se levantó de su asiento Geraldine y corrió a abrazarme.

Me estremecí.

– Geraldine, dos cosas: uno, explícame qué parte me toca en el trabajo que tenemos que hacer, y, dos, si me vas a abrazar, avísame antes.

Me miró extrañísimo. Pero sonrió.

– Todo lo tengo en mis apuntes. Antes, ¿de verdad no quieres ir a mi iglesia? Yo pienso ir saliendo de clases.

– ¿Qué clase tenemos ahora?

– Estadística II, y, por cierto, tenemos examen.

– Vamos a tu iglesia, pero ahora mismo.

– ¿Qué? Te acabo de decir que tenemos examen. ¡No puedo faltar!

– Sí puedes… Vamos, antes de que venga el profesor.

Me miró. Dudó. Se mordió los labios. Por primera vez, la vi guapa.

– Vamos – insistí.

 

– ¿Eres muy creyente? – le pregunté camino a la iglesia.

– Sí, mucho. Mis padres me inculcaron la fe. Tú no, ¿verdad?

– Mis padres me inculcaron la fe, pero hoy por hoy tengo muchísimas dudas.

– Es natural. Todos pasamos por eso. Se nota que estás en una etapa difícil de tu vida.

– ¿Se nota? – repetí, levantando la ceja.

– ¡Pero claro! ¡Mírate! Tienes todo para ser feliz, pero prefieres actuar como si tu mundo se cayera a pedazos.

Me paré en seco. La quedé mirando. Ella, asustada quizá, me preguntó qué pasaba. No le respondí. Di media vuelta y empecé a caminar, sin despedirme ni nada.

– Carlos… ¿adónde vas? ¿Qué te pasa? – corrió para alcanzarme. – No fue mi intención herirte.

Me abrazó. Me abrazó como nadie lo había hecho, con una calidez que no había conocido hasta ese momento.

– Dentro de esta coraza -me dijo, tocándome el pecho-, estás tan desamparado que tienes miedo hasta de los abrazos. Yo soy tu amiga.

Sentí ganas de abrazarla también y romper a llorar sin motivo alguno, sólo para desahogarme y sacar todo el enredo que tenía dentro de mí. Debí decirle gracias por su sinceridad y por sus muestras de cariño y preocupación por mí. Pero me contuve y callé. No le dije nada.

– No es necesario que digas nada – me leyó el pensamiento. – Ya sé cómo eres. El chico frío que se viste de negro.

Le hice un gesto punk, con una media sonrisa.

– Anda a casita, Carlos. Mañana veremos lo del trabajo. Y te prometo que rezaré por ti cada noche.

Al día siguiente fue viernes y me quedé viendo luchas en la televisión. No fui a la universidad. Nunca más regresé.

West Hartford. 2012. Hace dos días llamé a Geraldine a su casa. Luego de tanto tiempo, no sabía si continuaría siendo su mismo número.

Aun así me aventuré a hacerlo. Me contestó su mamá. Obviamente no me conocía, pero le dije que su hija y yo fuimos amigos en la universidad.

La señora agradeció mi interés en comunicarme, y añadió que Geraldine había fallecido hacía poco más de un año, víctima de cáncer.

Me quedé helado, con todas las palabras de gratitud que tenía para ella atragantadas en la garganta, y entonces comprendí que la vida no da segundas oportunidades.

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