Orar sin cesar, por la Lic. Liliana D. Gonzále

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Estoy convencida de que si queremos ver milagros diarios en nuestras vidas necesitamos orar persistentemente. Sin embargo, orar sin cesar parece una tarea imposible, pues tenemos numerosas obligaciones por cumplir y la sola idea de permanecer de rodillas con la cabeza inclinada y las manos entrelazadas se torna absurda. Empero, no podemos olvidar que la Biblia dice que los creyentes somos templo y morada del Espíritu Santo, en nuestros cuerpos habita el Señor, razón por la cual nosotros mismos somos el lugar de oración. Esto quiere decir que podemos hablar con Dios mientras cumplimos con nuestras actividades habituales.

En la agenda de un cristiano genuino siempre hay un tiempo especial para cerrar la puerta e ir en busca de Dios, leer la Biblia y meditar en ella. Un creyente inicia y concluye su día orando a su Señor; y para cumplir el precepto bíblico de orar sin cesar hace oraciones breves durante todo el día. Estas cortas oraciones lo mantienen enganchado a Cristo: «Padre, acompáñame»; «Señor, dame fuerzas»; «oh, Dios mío, ayúdame»; «Señor, líbrame del mal».

Hay otro tipo de oraciones que yo llamo S.O.S, son súplicas de auxilio como la que hizo Pedro cuando estuvo a punto de ahogarse en el embravecido mar de Galilea: «¡Señor, sálvame!» gritó, el apóstol. Enseguida Jesucristo extendió su mano y lo salvó.

Si hoy tienes el agua al cuello y sientes que te hundes en un mar de problemas, quiero que sepas que nunca es demasiado tarde para elevar una plegaria al Señor. Clama por un matrimonio en dificultad, por hijos con adicciones, por tu salud o la de un familiar enfermo, por un esposo alcohólico, por un padre desentendido, por penurias económicas, por un país en crisis… Siempre que implores con sinceridad, en espíritu y verdad, Dios extenderá su mano para salvarte.

No es necesario hacer oraciones que rimen y suenen bonito. Las genuinas oraciones son voces de súplica que no se planean, salen espontáneamente; basta con que te acerques a Dios con el corazón arrepentido y humillado para decirle: «Ten misericordia de mí, oh, Señor, debido a tu amor inagotable; a causa de tu gran compasión, borra la mancha de mis pecados» (Salmos 51:1 NTV).

Hoy toma la trascendente decisión de llevar una vida devocional más profunda y consagrada a Cristo.

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