“Por que de tal manera amó Dios al mundo”, por Waldemar Gracia

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Desde la creación el mundo ha sido trastornado por crímenes, guerras, asesinatos y asaltos. Cada día parece más violento. Si no hemos experimentado estos males personalmente, los vemos en las noticias todos los días. Los políticos intentan resolver los problemas que enfrenta la sociedad, pero por más sinceros que sean, no son capaces de hallar una solución. Esto es porque la raíz de los problemas no está en los sistemas políticos.

La causa del problema es el hombre mismo. Cada cual tiende a hacer lo que más le agrada, sin importarle las consecuencias para los otros. Un ejemplo de esto es el narcotráfico. Los que producen y venden las drogas sólo se preocupan por enriquecerse y no les importa el tremendo daño que resulta de sus acciones. El estado del mundo actual testifica cuán graves son las consecuencias de la maldad humana, es decir, del pecado. Así como el mundo está trastornado por el pecado, así también ocurrirá con cada uno de nosotros si el pecado nos domina.

Si somos llevados por el odio, la envidia, el enojo y demás emociones destructivas, nuestra vida será una pesadilla. Así leemos en Isaías:

“Pero los impíos son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo. No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos.” (Isaías 57:20, 21)

¿Acaso se ha sentido deprimido algunas veces por las cosas malas que ha hecho en su vida? ¿No siente que de vez en cuando angustia por su propia forma de vida? Todo el mundo está cargado de pecado y las amargas consecuencias de él. Aun el apóstol Pablo dijo:

“¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24)

Ni el mismo Pablo podía vencer el pecado, aunque era apóstol de Dios. El necesitaba ayuda tanto como nosotros la necesitamos. Cuando Dios creó la tierra, no había pecado ni sufrimiento. El hombre disfrutaba de una estrecha relación con Dios. Pero esta relación fue rota cuando Adán y Eva desobedecieron a su Creador. Dios los echó del paraíso y los sentenció a morir, advirtiéndoles que su vida ya no sería fácil; tendrían que luchar y sufrir. Supieron cuán amargo era el pecado cuando su primogénito Caín mató a su hermano Abel (Génesis 4). Entonces comprendieron la verdad de lo que Dios había dicho:

“Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres y al polvo volverás.” (Génesis 3:19)

Estamos destinados a sufrir mientras seguimos en el pecado. Y no podemos librarnos de él por nuestros propios esfuerzos. Puesto que “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23), tampoco podemos evitar la muerte. La buena noticia (el evangelio) es que sí existe una solución al problema. Aunque nosotros no podemos salvarnos, Dios sí puede. Envió a su Hijo al mundo para este mismo propósito:

“Por que de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.” (Juan 3:16)

Aunque somos pecadores, Dios perdonará nuestros pecados si creemos en Jesucristo y le servimos. Él es la solución divina al problema del pecado y sufrimiento. El Señor Jesucristo puede librarnos de la muerte eterna y darnos descanso en la vida actual. El mismo dijo:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” (Mateo 11:28)

“En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.” (1 Juan 4:9, 10)

Ningún padre humano estaría dispuesto a sacrificar a su único hijo para ayudar a personas malas. Pero esto fue lo que Dios hizo cuando él envió a Jesucristo al mundo a fin de que nosotros pudiéramos tener la esperanza de vida eterna. Al meditar en lo que Dios ha hecho por nosotros, empezamos a comprender lo que significa la Escritura que dice: “Dios es amor” (1 Juan 4:8).

Dios nos ha mostrado su amor no sólo para que lo recibamos sino también para que lo reflejemos a nuestros vecinos, amigos, familiares y aun a nuestros enemigos. El apóstol Juan explica nuestra responsabilidad:

“Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también amarnos unos a otros.” (1 Juan 4:11)

¿Qué es amar a los otros? No es sólo afirmar “yo quiero a todo el mundo.” Tenemos que reflejar el amor de Dios amando como Dios ama, por nuestras acciones:

“Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.” (1 Juan 3:17, 18)

Dios ha mostrado su amor para con nosotros enviando a su unigénito Hijo al mundo para que tengamos la esperanza de ser salvos. Si respondemos a su amor sólo con palabras y no con nuestros corazones y acciones, no debemos contar con recibir la gracia de Dios. Más bien tendremos que rendir cuentas a Jesucristo en el día del juicio por haber estado dispuestos a recibir el amor de Dios sin manifestarlo a los otros.

En su primera carta a los corintios, el apóstol Pablo describe en forma inolvidable este amor divino que debemos manifestar:

“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.” (1 Corintios 13:4-7).

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