Renato Cisneros: “Hoy estoy totalmente involucrado en la literatura”

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Después de Vargas Llosa y Bryce, sin duda el escritor peruano que más vende, que más público congrega hoy en día, es Renato Cisneros (Lima, 1976). La publicación de La distancia que nos separa (Planeta, 2015) fue un éxito y ha tenido sucesivas reimpresiones. No solo eso, pues a las ediciones latinoamericanas, se han sumado traducciones al francés y, próximamente, saldrá una inglés. Esta historia personal sobre su padre, el general Luis Cisneros Vizquerra (1926-1995), recibió no solo mucha atención sino que incluso fue leída como un testimonio histórico si bien, en tiempos como este, la franja entre ficción y no ficción hay una pequeñísima distancia, a veces imperceptible.

La primera vez que conversamos fue en 2012 cuando publicaste Raro, una novela a la que la crítica y algunos lectores le dieron con palo

Sí, mi sensación fue que esa como la anterior, Nunca confíes en mí, pasaron como desapercibidas y aunque tuvieron lectores están como invisibilizadas y, en general, no fueron especialmente bienvenidas ni bien recibidas.

Por eso, siendo tu tercera novela, La distancia que nos separa, marca un antes y un después para ti como escritor por la atención que recibió

Tiene que ver también con la actitud detrás de la escritura de cada libro. Los dos libros anteriores —esto suena casi a pedido de disculpas, pero no lo es—, pues fueron libros que quise escribir en ese momento y me conectaron con lectores, algunos de los cuales conservo hasta ahora. Fueron libros que escribí pensando en Internet y escribía los fines de semana. Ya con La distancia que nos separa lo que hice fue plantearme un tema que me urgía escribir y que quizás no hubiese podido escribir si no escribía esas primeras novelas. Claro, hubo un cambio de registro, de temática, pero también de actitud: renuncié a un trabajo, me dediqué exclusivamente a escribirla y la novela fue el resultado también de esa preocupación y de esa actitud.

¿Qué lleva a un escritor, a una persona, a un lector que consume historias empezar a hurgar en su historia familiar? ¿Tiene que ver con la llegada a la adultez, con la proximidad a la edad de ser padre?

Bueno, a mí el tema de mi padre me había obsesionado desde siempre, supongo que incluso desde antes de que él muera, y su muerte terminó de convertir mi experiencia de hijo que pensaba que algún día se convertiría en algún material literario y, de hecho, ya en varios de mis poemas aparecía la figura de mi padre, pero nunca tan explícitamente. Luego, escribí estos libros que comentábamos, donde no había ninguna alusión a la relación padre-hijo, hay por ahí un padre que está como un personaje de segunda o tercera línea, pero en todos esos años sabía que la historia de mi padre, por el tipo de persona que había sido —un tipo complejo—, tenía que ser contada, tenía que ser narrada. No como un texto panegírico, no como un homenaje, sino como una novela y supongo que también fue el hecho de estar leyendo otras novelas sobre el padre lo que me hizo pensar que ya había llegado el momento de quitarme ese tema de encima y escribirlo lo mejor que pudiera.

Una pregunta de abogado del diablo podría ser ¿por qué escribir estas novelas y, mas aun, por qué publicarlas?

A ver, ¿por qué escribirlas? Porque en la operación de la escritura y la posterior publicación hay, primero, una cuestión de riesgo, de poder contarte a ti mismo primero la historia, que es un primer movimiento bien importante para quien tiene tormentos y preguntas sobre la identidad, sobre la procedencia que para mí siempre han sido temas que me han interesado muchísimo. La escribo primero para mí y después la publico para quitarme de encima ese asunto y no tener la tentación de seguir escribiendo el libro. De hecho, tenía muchísimas más entrevistas que hacer, pues me había planteado conversar con todas las personas vivas que habían conocido a mi padre a las que podía acceder, pero en algún punto renuncié a eso porque no quería que terminara pareciéndose mucho a un reportaje, pero sí me interesaban las lagunas y los espacios en blanco para rellenarlos con ficción o con mis propios recuerdos tergiversados. Pero si no la publicaba iba a tener la tentación de corregirla todo el tiempo y de escribir infinitamente toda esta novela nunca publicada sobre mi padre. Entonces, creo que la publicación cumple la función de cerrar un ciclo creativo y de verte a ti mismo como un autor que quizás ya está en otro momento para escribir sobre otros temas. Eso, y sobre todo porque existía la posibilidad de publicarla. Por otro lado, coincidió con que en ese momento el que se convirtió en mi editor y amigo, Jerónimo Pimentel, me dijo “vamos a publicarla”. Y entonces fue la suma de las dos cosas: mi urgencia por escribirla y el interés de una editorial por publicarla.

¿Crees que en las ediciones extranjeras de tu novela la lectura haya sido más literaria, a diferencia de la lectura que se ha hecho del libro en el Perú, donde el foco de atención estaba en el Gaucho Cisneros?

Claro, en otros países les interesaba más la relación padre e hijo que es quizás como el tema más universal del libro. En otros, como en México y Argentina, las preguntas que me hacían iban por el tema de la dictadura. Es curioso porque en Argentina todos sabemos que hubo una junta militar que afectó la vida de los argentinos, y en México donde no había una dictadura como tal, a pesar del PRI, hay un interés por las relaciones de poder autoritario. En Colombia y España el interés iba más por el lado sentimental.

¿Y en el Perú cuál ha sido el principal “reclamo” que te han hecho sobre el libro?

¿Reclamo? Yo no he sentido ningún reclamo directamente. A ver, ha tenido lectores de izquierda, lectores de derecha, lo cual es bien interesante porque las lecturas enriquecen muchísimo el libro que uno escribe. Uno no es muy consciente de los libros que escribe, uno no escribe con un discurso, este se va configurando después con las lecturas luminosas de lectores inteligentes y con las propias observaciones que hace el autor con aquello que se ha puesto en discusión con el libro. Aquí surgió como una suerte de desconcierto con el tema de la autoficción. Que no sé si fue desconcierto, o como haberle puesto a la novela que era una novela de autoficción generó algunas dudas, supongo. Pero más allá de eso del tema del género no he sentido ningún tipo de reclamo o reproche. Ha habido críticas y siempre las he recibido bien.

Es curioso que hayas incluido este epígrafe de Los hijos, de Gay Talese, donde hace alusión a cómo la base de una familia próspera e ilustre muchas veces parte de la miseria. Y que hay como un retorno nuevamente.

A mí me interesaba poner esa cita como epígrafe porque la historia tiene un poco de eso. Cómo uno crece escuchando sobre una serie de antepasados que son ilustres por una serie de razones, pero que han estado involucrados en la vida intelectual y política del país, pero que por otra parte tienen vidas íntimas caóticas y contrariadas y a mí me correspondería por generación, o siento que me corresponde conocer toda la historia y poner en evidencia todas sus enormes contradicciones y complejidades.

Y luego de esta gran recepción que tuvo La distancia que nos separa ¿cómo ha cambiado tu percepción de la escritura?

Bueno, yo ahora me dedico exclusivamente a escribir. Hablábamos hace un rato de mis primeras dos novelas y allí entonces sentía que la escritura me interesaba, pero la ejecutaba como un pasatiempo, escribiendo en fines de semana. Mis trabajos alimenticios eran otros, el periodismo me copaba todo el tiempo. Ahora no, vivo en España de algunas columnas que escribo y actualmente me dedico la mayor parte del tiempo a leer y escribir. Hoy la literatura tiene todo mi involucramiento. Espero que los libros que vengan también sean el resultado de ese ejercicio de interiorizar una vocación y de tratar de deberme exclusivamente a ella.

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Agradecimiento: Jaime Cabrera Junco.

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