¡Sal a ayudar a otros!, por la Lic. Liliana D. González

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¿Recuerdas a las personas que te han ayudado a lo largo de tu vida? Tal vez justo cuando más lo necesitaste recibiste el socorro financiero de un amigo, quizás un profesor te ayudó a encontrar trabajo, o en los momentos desesperados encontraste unos oídos atentos y unos brazos cálidos donde descansar. En mi caso, ha sido mi madre. Su amor incondicional y su fe en Jesucristo me animan y fortalecen en los momentos críticos de mi vida.

“Nada trajimos al nacer y nada nos llevamos al morir. La gente trabaja duro para conseguir cosas, pero cuando muere no puede llevarse nada” (Ecl. 5:15). Después de reflexionar en la banalidad de la vida, el rey Salomón concluyó que lo mejor que un ser humano puede hacer es temer a Dios y obedecer sus mandatos, porque Dios conoce todo lo que hace la gente, lo bueno y lo malo, hasta lo más secreto; y Él será quien juzgue (Ecl. 12:12-14).

Los creyentes deberíamos vivir el día de hoy a la luz del día final. El día cuando Cristo venga a juzgar a vivos y muertos (Hch 17:31; 2 Ti. 4:1). Solo así podremos enfocarnos en las cosas del cielo, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios.

La vida es un rato. Es absurdo perder los cortos días de nuestra existencia yendo tras el éxito y la fama, acumulando cosas materias, hiriendo, rechazando, traicionando, y poniendo zancadillas a otros para alcanzar metas y ambiciones fútiles. Dejémosle esa conducta a los que no conocen a Dios. Nosotros, los hijos verdaderos, los escogidos de Dios, debemos vivir esperando la venida de nuestro glorioso Salvador.

“Cuando Cristo venga en su gloria, y todos los ángeles con Él, se sentará en su trono de gloria, y dirá a los de su derecha: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí» (Mt.25: 31; 34-35).

Si vivimos con la mente enfocada en el día final, cuando Cristo vuelva a juzgar a vivos y a muertos, nada de lo que ofrece este mundo llamará nuestra atención. Ya no viviremos para complacernos a nosotros mismos, sino para Jesús, quien murió y resucitó por nosotros.

“Esta es la religión pura y sin mácula delante de nuestro Dios y Padre: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Stg. 1:27).

Cuando obedecemos la Palabra de Dios nos convertimos en las manos y en los pies de Jesucristo; damos testimonio de Él y de Su misericordia con cada acto de bondad a favor de nuestros semejantes, y exaltamos Su nombre y Su grandeza. Jesús dijo: «Dejen que sus buenas acciones brillen a la vista de todos, para que todos alaben a su Padre celestial» (Mt. 5: 16).

Hace algún tiempo un amigo de mi esposo afrontó una de la circunstancia más dolorosa de la vida. Su hijito de dos años murió en la sala de emergencia de un hospital. En medio de su desgracia, aquel buen hombre llamó a mi esposo, quien fue para él en esas terribles horas un roble donde apoyarse. La Biblia dice: «En todo tiempo ama el amigo, y es un hermano en tiempos de angustia» (Prov. 17:17).

Mi exhortación es que vivamos nuestra corta existencia a la luz del día final. Tal vez no somos bueno para aconsejar, pero podemos escuchar; puede que no conozcamos la Biblia de tapa a tapa, pero podemos ser hospitalarios, generosos y consoladores. Ejercitemos la empatía. Perdonemos con facilidad; seamos tolerantes; mostrémonos pacientes y humildes.

Vivamos este día a la luz de ese día: cuando Cristo venga por los Suyos. Mientras esperamos Su gloriosa venida, seamos el reflejo de Su gloria y una extensión de Su Hijo Jesucristo. Cuando se le preguntó a Teresa de Calcuta cómo podía ayudarse a sí misma, ella respondió: ¡sal a ayudar a otros!

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